Cuentas por pagar

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe-cabezas

Como si no fuera suficiente el frente que se tiene abierto por más de 180 días contra Irán, Washington decide que a 70 días de las elecciones de medio término es el momento ideal para abrir una nueva confrontación, ahora con Canadá.

Trump amenazó con elevar a 50% los aranceles sobre camionetas, automóviles y autopartes canadienses a partir de enero. Ottawa respondió con la misma moneda. Durante algún tiempo pensamos que la animadversión de Trump hacia Canadá tenía algo de química personal con Justin Trudeau, como ocurre con el francés Emmanuel Macron. Pero Trudeau se fue y el conflicto continúa. Por su parte Mark Carney parece haberse cansado de que su principal socio comercial lo trate más como adversario que como aliado.

No estamos hablando de dos economías que puedan separarse con una firma presidencial. Las cadenas automotrices cruzan la frontera varias veces antes de que un vehículo llegue al concesionario. Gravar una pieza canadiense que termina dentro de un automóvil estadunidense no castiga exclusivamente a Canadá: encarece la producción estadunidense.

La disputa resulta desconcertante porque Washington ha llevado las negociaciones a temas relacionados con la política interna, la soberanía política y cultural de Canadá. La protección del idioma francés en Quebec es uno de los puntos de fricción. Y Trump tuvo hasta la ocurrencia de cambiar el nombre del Lago Ontario por “Lake America”.

Un pleito entre las dos economías más integradas del planeta y, de paso, vecinas. ¿Qué puede importarle al obrero en Michigan la lengua que utilicen en Quebec? ¿Al camionero texano le importa cómo se llama un lago que ni sabe dónde se localiza? Lo que sí les interesa es que gravar una refacción canadiense que termina dentro de un automóvil estadunidense encarece la producción y los costos. Al estadunidense de a pie cada día le cuesta más trabajo entender por qué no le alcanza el dinero o por qué la inflación llega a 3.4 por ciento. Las cifras están ahí por más que se quieran endulzar con discursos grandilocuentes: en Estados Unidos, los alimentos subieron 3%; la energía 14.7%; la gasolina, 24.6 por ciento.

También se habla de expulsar a “millones de migrantes que roban los trabajos”, pero el mercado laboral tampoco responde y no vive su época dorada prometida. Estados Unidos perdió 23 mil empleos en julio, el primer retroceso en cinco meses. Las cifras de mayo y junio fueron revisadas a la baja con 103 mil puestos y 264 mil personas abandonaron la fuerza laboral.

El presidente Trump puede discutir sobre ideología, grandeza ancestral, culpables y hasta nostalgia, pero la gente paga la gasolina en dólares. Por ello, no es difícil entender que su nivel de popularidad es el más bajo de su presidencia, con apenas 33 por ciento. El dato más incómodo para quien se presentó como el único talento económico capaz de conquistar el mundo es que, por primera vez en una década, los demócratas tienen una ligera ventaja en la percepción pública sobre los republicanos cuando se pregunta quien manejaría mejor la economía.

La política exterior reproduce la misma lógica. Anuncia el “Día D económico” para asfixiar a Irán y, por lo pronto, China ya reaccionó con rechazo a la simple mención.

La promesa era reconstruir la grandeza y prosperidad estadunidense, pero el resultado es una colección de enemigos, amistades rotas, liderazgo a prueba, precios altos y empleos que no llegan. Ningún discurso puede borrar las cuentas por pagar y ésas van a cobrar la factura.