Réquiem por una pesadilla

La islamofobia, la discriminación y la exclusión de los musulmanes continúa generando violencia que escala rápidamente a un odio irracional.

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe-cabezas

Simultáneamente en que Reino Unido y la Unión Europea inician el proceso del Brexit, las calles de Londres se tiñen de sangre y miedo ante el cobarde ataque de un extremista enajenado con una interpretación perversa del Corán.

A un año de los atentados en Bélgica, estos ataques han evolucionado de complejos planes, cada vez más fáciles de desmantelar a acciones individuales que en algunos casos ni siquiera tienen vinculación con grupos terroristas, sino que se trata de fanáticos que llenan de veneno sus mentes, básicamente a través de las redes sociales, y juran lealtad al mal llamado Estado Islámico (insisto el nombre correcto es DAESH, lo otro es publicidad a su causa).

Como sucedió en el atentado en Niza, Berlín, Bélgica y, muy probablemente, en el de esta semana, se trata de uno o dos ciudadanos del país al que agreden en un intento inexcusable de causar terror y pánico, alejado de las enseñanzas de una fe que predica el amor y una cultura de las más ricas e importantes del mundo.

La capacidad de hacer daño va mucho más allá de las muertes que producen en el momento o los daños permanentes para las personas que directa o indirectamente son víctimas de estos atentados.

El gran daño que causan este tipo de actos cobardes está dado en la generación de odio entre las culturas judeo-cristianas y las derivadas del Islam. Para la gente cada vez es más difícil distinguir entre un musulmán y un terrorista. Los ataques ya no provienen de los estados dominados por DAESH, sino por ciudadanos locales que atentan en contra de sus vecinos y amigos, de quienes fueron sus compañeros de escuela.

Este tipo de acciones sirven de excusa para implementar políticas absurdas y discriminatorias como elegir que nacionales pueden o no abordar vuelos con dispositivos electrónicos o, simplemente, denegar el ingreso de una selección de países a Estados Unidos.

CONSECUENCIAS

EN LA SEGURIDAD NACIONAL

El Brexit no es, como pudiera pensarse, un acto en contra del libre comercio o en favor del proteccionismo. No es, tampoco, un acto racista, sino un acto mínimo de protección en el que la mayoría de los habitantes de Reino Unido toman la decisión de proteger sus fronteras en contra de la migración que, consideran, es la raíz de todos sus miedos y la causa de todos sus males. Una idea tan corrosiva y peligrosa que permea la sique de un amplio sector de los ciudadanos de las naciones desarrolladas. 

La coincidencia de que un británico convertido al Islam, pero seguidor de las prácticas equivocadas, cometa un atentado frente al Parlamento mientras se discutía el Brexit puede tener cualquier cantidad de interpretaciones.

Si nos atenemos a las primeras versiones sobre quienes conocieron a Khalid Masood lo describen como un hombre amable, agradable y que se convirtió en una persona profundamente religiosa. Llama poderosamente la atención que se trata de un británico de 52 años y no de un adulto joven como ha sido tradicionalmente.

DAESH se adjudicó el atentado en el que, según parece, la única vinculación tiene que ver con la propaganda que difunden a través de redes sociales y no con una presencia cercana a los hombres, lo que los hace doblemente peligrosos.

En tanto, la islamofobia, la discriminación y la exclusión de los musulmanes continúa generando violencia que escala rápidamente a un odio irracional.

Desde 2011, el encuestador de YouGov arrojaba que 75 por ciento de los británicos aseguraba que es el Islam es una religión violenta y que 43 por ciento de los musulmanes son fanáticos… hasta naciones con neutralidad diplomática como Suiza tienen problemas ideológicos con el Islam.

POST SCRIPTUM

El gobierno de Enrique Peña Nieto tomó la correcta decisión de levantar la voz en favor del pueblo de Venezuela en el marco de una declaración conjunta de la Organización de los Estados Americanos.

Difícilmente puede calificarse como un acto injerencista, sino una posición clara en favor de la democracia y la libertad. La Cancillería mexicana está obligada a enviar este tipo de señales que no buscan apoyar a un determinado gobierno, sino que las decisiones sean tomadas por la vía democrática, la forma más justa de llegar a acuerdos. Un cambio notorio en una política exterior que se basaba en principios y hoy tiende a lo pragmático.

Twitter: @kimarmengol

Temas: