Se inicia Biden

La diferencia entre la suavidad de estilo del presidente que el 20 de enero se inaugurará en las escalinatas del Capitolio de Washington, comparada con el modelo del rudo cuatrienio de Donald Trump, resulta diametral

Al terminarse las extenuantes jornadas electorales en EU, que han durado más de cuatro días, cabe especular sobre algunos aspectos que pueden esperarse de la gestión de Joe Biden en la presidencia de ese país vecino, socio nuestro en el renovado tratado trilateral norteamericano del que somos socios.

La diferencia entre la suavidad de estilo del presidente que el 20 de enero se inaugurará en las escalinatas del Capitolio de Washington, comparada con el modelo del rudo cuatrienio de Donald Trump, resulta diametral. De cumplirse las expectativas, habrá un viraje que será fundamental en la visión política de ese país, dando nuevo carisma a la imagen de Estados Unidos que Trump deterioró sistemáticamente, retirándose de instituciones internacionales que consideró inútiles o perjudiciales como instrumentos de paz del mundo.

Muchas facetas de las políticas de Estados Unidos afectan, en algún sentido, la facilidad con que se realiza la agenda de México, la cual tiene por objeto mejorar el nivel de vida de todos los mexicanos. Entre ellas se cuentan las de migración decretadas por el presidente Trump y que trasladan a México el peso de atender el resultado de su discriminatorio trato a los miles que huyen de las míseras condiciones de sus países.  

Siendo que México ya no es un fuerte exportador de migrantes, sino vía de tránsito hacia los Estados Unidos de los que llegan desde el sur latinoamericano, África y Asia, es indispensable entrar en nuevos acuerdos para atender con humanismo y realismo este fenómeno de carácter mundial. Hasta ahora han prevalecido las decisiones de Washington y no las mexicanas. Es de esperarse soluciones convenidas y no impuestas.

El presidente Trump, con su retiro del Acuerdo de París, impidió una acción concertada para enfrentar cuestiones de índole ecológica. El nuevo presidente está llamado a reconsiderar esa negativa respuesta a un asunto que ya es de urgencia, de carácter nacional, y hasta personal, lo que restituirá el marco en que debe extenderse una posición ecológica mexicana que hasta ahora se ve negativamente afectada por proyectos oficiales como la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya.

Estos asuntos, junto con la constante agresión y violencia del crimen organizado y el tráfico de armas y personas no pueden ser manejados por México sin la cooperación disciplinada y el compromiso serio de Estados Unidos para extirpar la dispersión de criminales de cualquier origen que trabajan en ese país. La coordinación de medios militares y policiales tiene que depurarse, junto a la decisión firme del nuevo presidente norteamericano para evitar el tráfico de armas hacia nuestro país, así como la de detener en su país el incremento constante del consumo de drogas.

Con el nuevo tratado trilateral de comercio, T-MEC, se ha extendido la dimensión nacional del mercado para nuestros productos del campo y de la industria y hemos alcanzado economías de escala que permiten presentarnos con éxito a nuestros socios y en otros mercados que urge aprovechar para acelerar nuestro desarrollo.

La solidez de nuestro comercio exterior tiene que basarse en una producción variada y eficiente de alto contenido nacional. Con este respaldo económico podremos atender, sin endeudamientos, los problemas de nuestro desarrollo integral en salud, educación e investigación científica. Para lo anterior, la política de America First de Donald Trump tiene que ceder, cuando sea necesario, a acuerdos equilibrados entre productores y exportadores de ambos países que el nuevo gobierno norteamericano debe propiciar. De igual manera, hay que ajustar las cláusulas del T-MEC para realizar el propósito común de mejorar niveles salariales en las empresas exportadoras.

En el ancho horizonte de colaboración entre los dos gobiernos hace falta una disposición para impulsar la mayor interacción entre legisladores de ambos países, cuya representatividad popular permite que sus encuentros sirvan para proponer y llevar a cabo la aprobación de medidas de intereses mancomunados.

En un caldo efervescente de insatisfacciones populares en el mundo, la influencia conciliadora de la Asamblea General de la ONU, con sus 198 países miembros, es patentemente débil salvo para aprobar declaraciones abstractas. El Consejo de Seguridad se encuentra, como siempre, maniatado por los cinco miembros permanentes en una realidad que estrangula un cambio en sus reglas actuales de operación.

La participación de México en todos los diversos organismos internacionales que sea posible, sean o no de la ONU, ha de contribuir a un clima de concordia mundial que termine con el feroz aniquilamiento humano que hoy presenciamos. En vías de hecho, esas entidades especializadas en salud, ecología, justicia, derechos humanos, entre otros, pueden influir más que la por ahora debilitada ONU.

Para que esta contribución de México funcione, tenemos necesidad de más fichas económicas,  comerciales, científicas y financieras que hacer valer en el gran ajedrez. A AMLO le toca entender esto para aprovechar la apertura que el nuevo presidente norteamericano podría significar.

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