A la memoria de Emilio Carrillo Gamboa.
Estamos en el otoño del gobierno. Terminó el confuso verano. Aún no empieza un crudo invierno. No hay rumbo. Ni para el ambicioso partido en el poder, que no ha podido con el complejo paquete de un México al que todo prometió sin más sustento que un discurso de odio social. El escenario está a oscuras. Sólo el parpadeo de estadísticas que se estrellan contra las realidades. Y cada día hay más pobres subsidiados por una tesorería en quiebra.
Viene el día de Todos Santos con las sardónicas muecas de calacas festivas que tiñen alegría al fúnebre paso de la acosada Cuatroté. Llegará el invierno de intensos preparativos para la gran gesta electoral del año 27.
No todo se mueve en tinieblas. Puede despuntar una repentina primavera. Pueden aparecer personalidades que todos esperan portando las brillantes chispas que como sucedió hace años, enciendan el ánimo nacional hasta ahora aparentemente dormido. Se daría un espléndido renacimiento de aquel vigor patrio que enderezó las perspectivas del país antes de que las sofocara la primitiva jornada de Morena, que aún no termina.
La prescripción salvadora está en formulación. Hay una inmensa mayoría ciudadana que sí quiere reaccionar y que busca la oportunidad de hacerlo. El otoño no tiene por qué seguir. Pero nada será posible si nos resignamos o si creemos que nuestro electorado está tan aclimatado al programa de apoyos oficiales que ya aceptó librar su cotidiana batalla de repetidas carencias de toda clase por simple lealtad al sistema. Porque eso no sería vida
El secreto está en tener confianza en nuestra propia capacidad de acción. Se trata de dar un primer paso, de una dimensión suficiente, de titánico importe. Los escaños que se conquisten en las elecciones de junio del 27 deberán servir para privar a Morena de su capacidad para hacer reformas constitucionales, lo cual revelará que la autoridad que parecía perdida finalmente se ha podido rescatar.
Hay que entender que el momento ha llegado. Los hechos se imponen. Lo equivocado del camino que Morena ha tomado se evidencia a cada instante en la costosa ineptitud con la que ha maltratado los valiosos recursos que el triunfo de AMLO puso a su disposición en 2018. No tanto en los icónicos proyectos y los imperdonables fiascos en el desastre que ha hecho del petróleo orgullo de nuestra independencia o en el sector transporte terrestre o aéreo, por mencionar sólo esos. El imperdonable engaño de la megafarmacia universal, la irresponsable dizque venta o rifa de aquel avión presidencial o la increíble desaparición de miles de millones de pesos en el desaparecido Segalmex o la callada extinta Megafarmacia.
Más que la interminable narrativa de los desperdicios anteriores está la lamentable equivocación de política para llegar a la meta de bienestar que Morena se propuso. La teoría de resolver la pobreza y demás carencias que padece el pueblo que tanto invoca la administración de López Obrador, consistente en subsidiar el consumo en lugar de apoyar la producción, desgastó hasta sus límites las finanzas que han llegado a su tope en estos días, lo que patentiza la absoluta falta de todo concepto de la más elemental sensatez y conocimiento de la administración pública. Este terrible error de estrategia está costando al país la tan cantada soberanía que la Presidenta insiste en proteger, pero que ha puesto a México en la mira que nos humilla a diario el ególatra socio estadunidense.
La situación en que nos encontramos parece haber llegado a su punto de no retorno. Lo será efectivamente si no se le pone remedio, lo que depende de que las fuerzas cívicas tomen, como lo han hecho en otras ocasiones, el reto de tomar al toro por los cuernos imponiendo sensatez en el manejo del destino del país.
La historia está repleta de ejemplos de sociedades que han sucumbido bajo los más fuertes de su momento. Las elecciones del año entrante para la renovación de la Cámara de Diputados son el momento de emprender la reconquista de la dignidad cívica y enderezar lo torcido, recobrar la capacidad renovadora y reponer lo que la sociedad ha abandonado. Hay que recordar que el abuso sigue hasta que el ofendido lo acepte.
