El tremendo par
Los enredos que urdieron tanto Trump como Johnson exigen una minuciosa arquitectura de compromisos con círculos cada vez mayores de turbios entendimientos.
Ayer conmemoramos la entrada en 1821 a la ciudad de México del Ejército Trigarante de Agustín de Iturbide, que marcó la consumación de la Independencia de México, hecho que la historia oficial relega a un intencionado olvido.
Tenemos que tener presente que la historia de la humanidad se ha hecho con personajes reales. Los acontecimientos son simples episodios.
En medio de tanta confusión, contradicciones y sorpresas que están sumiendo al mundo en la incredulidad, de repente brotan personajes sui generis en Washington y Londres que nos mantienen cada vez más entretenidos. Como si se hubieran puesto de acuerdo, Trump y Johnson se combinan en pareja, actúan sin ensayos previos, para que a diario le sirvan a su azorado público una inverosímil obra de teatro de final imprevisible.
Todo lo que estamos viendo se desenvuelve en famosos escenarios: la Casa Blanca, el Parlamento o la ONU, donde los muy experimentados actores, montan sus teatralidades políticas, se apoderan de nuestra atención un día tras otro y nos envuelven con sus desplantes, irreverencias y audacias, se burlan de los sistemas de gobierno perfeccionados y luego copiados por todos los países como las muy acreditadas instituciones de la democracia en su forma parlamentaria, que mantiene la tradición monárquica o el sistema presidencial, armado de tantos mecanismos de control tripartito del ejercicio del poder.
Los episodios de los últimos días son apenas los primeros capítulos de dos novelas fascinantes de vericuetos internacionales y misterios que, escena tras escena, nos sorprenden, con alardes y presunciones, debates, juegos de palabras, datos falsos y eso sí, vanidades que, alimentadas por dos personajes que rompen todo antecedente, convencidos de su innata superioridad sobre el resto de los mortales, es decir, sus electores.
La osadía de Boris Johnson que, mediante una mentira, extrajo el asentimiento real para su estrafalario recurso de silenciar al Parlamento por casi un mes y así evitar todo debate que haría peligrar su obsesiva meta de sacar al Reino Unido de la Unión Europea sin ningún acuerdo. La treta se compara con los múltiples chantajes uno tras otro, que Donald Trump utiliza, como su arma favorita, para intimidar a presidentes y gobiernos extranjeros con el simple objeto de amarrar negocios personales y ahora, su reelección.
Los enredados senderos que cada una de esas maquiavélicas estrategias diseñadas para engañar con sus maniobras, no sólo al electorado incauto, sino peor aún, a las instituciones creadas desde hace siglos, para encauzar los pasos de la política. Los enredos que urdieron cada uno de estos líderes exige una minuciosa arquitectura de compromisos con círculos cada vez mayores de turbios entendimientos.
Desde que asumió el poder, Trump, aprovechando el poder de su país, ha querido comprometer y utilizar las lealtades de figuras poderosas en países donde despliega sus intereses personales. Por su parte, Johnson, centrado en Brexit, no ha tenido escrúpulo para proseguir una vanidosa campaña de engaños.
Ambos están atrapados en el torbellino de sus maniobras que desgastan las instituciones más indispensables y augustas de sus naciones. La brecha entre el papel de innovadores y valientes ejecutores de los mandatos de sus pueblos y la realidad de sus actos que han dividido e injertado caos en sus países.
Es una funesta distorsión valerse de órganos públicos para servir los intereses personales del jefe de la nación, pero es mucho más grave que incongruencia política entre lo que el líder propone pero no cumple. Todo jefe de Estado, sin importar el sistema político, tiene que despojarse de toda incongruencia entre su discurso y su actuación real.
Es de notar que en la presente coyuntura, mientras se escenifican en el Reino Unido y Estados Unidos los lamentables sainetes mencionados que mucho debilitan sus estructuras democráticas, a miles de kilómetros de distancia, el Senado de México también debilita nuestra democracia desperdiciando su gran potencial al examinar la engañosa propuesta de la revocación de mandato que ha presentado Morena y que sería un mecanismo altamente desestabilizador de la vida política de México.
Bastante asombro le regala al mundo la pareja Johnson-Trump para que aquí en México los complementemos con las frecuentes incongruencias que el presidente López Obrador a diario nos receta.
Desorientar al electorado utilizando el poder hasta el grado de caricaturizarlo es lo peor, como le está pasando a Estados Unidos y Gran Bretaña, que le puede acontecer a un líder.
