Centralización versus democracia

La ciudadanía, donde está el 37 por ciento del electorado que llevó al poder a la coalición de izquierda, tendrá que decidir si quiere que continúe el metódico proceso centralizador de recursos y decisiones públicas

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador como Presidente de la República apenas ha empezado. Faltan cinco años para que su sexenio termine, pero sus primeros nueve meses ya generaron mucha confusión. El primer Informe de Gobierno confirmó decisiones de cuestionable acierto y notorias omisiones cuando el “sentido común” demandaba una posición clara.

En él se describieron las medidas específicas, como los recortes draconianos que afectan salud y educación, el cierre de estancias infantiles, el control de reparto de medicamentos o de insecticidas, el despido masivo de burócratas, y se anunciaron muchas más. La Cuarta Transformación está en marcha, dicen, para rescatar al país de todas las injusticias de los regímenes políticos anteriores.

La reacción de López Obrador a sus críticos y opositores ha sido cerrada. La respuesta puede llevarlo a una soledad autoritaria que para sobrevivir dependerá cada vez más de un obediente respaldo parlamentario o militar. Hay quienes creen en la posibilidad de que el Presidente ceda en sus planteamientos más radicales y que, atemperado por las realidades, acabe por allanarse a encabezar una gestión más de pactos y convenciones como las de sus antecesores.

López Obrador, que se ufana de ser un hombre terco, podría continuar con las toscas decisiones de su Cuarta Transformación sin importarle las crecientes resistencias. Su apoyo estará en las dádivas repartidas a los estratos populares más necesitados, la nueva providencia que aporta para casa, vestido, sustento, educación y seguridad. Esos bienes tienen que provenir de productos y servicios internos, del sector privado y social. 

Pero lo que Andrés Manuel López Obrador sí tiene en mente es seguir centralizando en el gobierno ciertas funciones económicas y administrativas, así como numerosas políticas sociales para extirparles resabios del “perverso” neoliberalismo.

La centralización indiscriminada de decisiones económicas, sin embargo, no ayudaría a ocupar a más de 60 millones de mexicanos que conforman nuestra población económicamente activa. Tampoco alentaría la inversión, ni nacional ni extranjera. En comercio exterior se pide diversificación y no centralización burocrática.

En la esfera de las actividades políticas la situación es diferente: la dispersión no funciona. Lo centrífugo resulta dañino. El poder siempre buscará control y disciplina y respaldará figuras que se definan por sus propuestas compactas, simples, válidas para todo público desde una central compacta.

En México no hay, por ahora, en lo político, una respuesta de la sociedad civil a la Cuarta Transformación. La falta de claridad, quizá la imposibilidad, para responder al río revuelto de intereses donde convergen demandas generalmente incompatibles explica la confusa política actual. La drástica baja en la actividad económica es una evidente reacción, pero las múltiples piezas del panorama nacional aún no se han cohesionado.

No dudamos de que Andrés Manuel López Obrador perseverará en su plan, pero la ciudadanía, donde está el 37 por ciento del electorado que llevó al poder a la coalición de izquierda, tendrá que decidir si quiere que continúe el metódico proceso centralizador de recursos y decisiones públicas.

La opción es clara. La cultura de la democracia en nuestro país está en juego. Dejar que avance el proceso sin ruido, sin sentirse, con silenciosos actos del Ejecutivo o con ruidosas sesiones legislativas, es más fácil pero sus resultados finales serán costosos.

Están a la vista los ejemplos como Baja California, donde un gobernador electo de Morena pretende alargar su gestión a cinco años, o el intento, también de Morena, de prolongar su presidencia de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados.

Está la engañosa propuesta de Revocación de Mandato, generadora de un caos político, que ahora se reitera y que hay que rechazar con fuerza sin discusión alguna.

La ruta de la democracia es ardua y requiere una firme consciencia de responsabilidad cívica. El compromiso ciudadano es el de no permitir que el poder político se adueñe de su voluntad convirtiéndolo en instrumento inconsulto en ventaja de fines indignos. La etapa que vivimos es crítica. Se necesita valentía personal.

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