Nuestro superávit con Estados Unidos

El superávit en nuestro comercio con Estados Unidos 
de América, más de 60 mil millones de dólares al año, 
sugiere varias consideraciones: La primera es que este hecho prueba que somos sobradamente competitivos en el mercado norteamericano, donde las reglas son rudas. 
Debemos preocuparnos por no ceder nuestra bien ganada posición frente a la competencia de China y de otros países asiáticos, que también tienen sus ojos puestos en ese vasto mercado.

En segundo lugar, cada año que pasa nos asentamos más en el mercado norteamericano. Al irse afinando el conocimiento de los clientes y articularnos mejor con la agricultura, la industria y tecnología de nuestro vecino, se vuelve menos atractivo, en términos de costos de exploración y aprendizaje, intentar diversificar mercados.

Desde siempre, las exportaciones mexicanas se han concentrado en el país vecino. En 1970, absorbió el 70% de nuestras ventas. En 1976, ese índice bajó a 60%, reflejando los esfuerzos que en esos años se desplegaron por ampliar el abanico de exportación.  El TLCAN firmado en 1994 relegó ese objetivo. Hoy en día, 85% de nuestras ventas se va a ese mercado, donde la creciente presencia mexicana llega a 13.4%, después de China y Canadá.  Nuestras exportaciones a otros países han crecido, pero Estados Unidos sigue siendo el destino principal.

El hecho anterior consolida una realidad que se autoalimenta y en la que México y Estados Unidos van tejiendo una red de intereses económicos que se articula entre unidades de producción físicamente localizadas, a diferencia de otras como la financiera o la tecnológica que se comunican sin requerir de ubicación fija.

Tercero, todo lo anterior se traduce en que México está unciendo, conscientemente, su desarrollo económico a la suerte de Estados Unidos. La gradual identificación con este país que ello implica, avanza sin precaución, alentado por simples inercias mercantiles. De continuar así, pronto escucharemos argumentos en favor de una relación binacional más estrecha, incluso, hasta la de una formal “asociación” con el vecino, para así remachar el creciente entramado de intereses empresariales. Ya hay académicos y hasta experimentados políticos mexicanos que van más allá, proponiendo formalizar lo que ven como una comunidad binacional.

Otra consideración alude a lo vulnerable que son las relaciones comerciales entre países. Nuestro actual superávit con Estados Unidos podría desaparecer por cualquier razón, dejando sin seguro arribo a la inmensa variedad de productos que hoy gozan el cómodo acceso al mercado norteamericano.

La angustiosa búsqueda de mercados alternativos de los que temen las medidas del presidente Trump es un anticipo de lo que tendríamos que hacer si una inescapable realidad, un cambio de señales norteamericanas nos obligara a vender a nuevos clientes, atraer más inversionistas extranjeros, endeudarnos con el exterior, atenernos a remesas de mexicanos en el exterior y, desde luego, ampliar la industria del turismo.

La única forma que México tiene de prevenir cualquier tipo de eventualidad está en llevar a  la práctica políticas socioeconómicas de vasto campo y largo aliento en las que el comercio exterior es eje central.

Los cambios y ajustes en nuestros entendidos internos básicos son inaplazables para atender a las tensiones sociales que vivimos. Esos cambios modificarán relaciones entre el gobierno y la sociedad civil y las que enlazan los sectores agropecuario, industrial y terciario como creadores de empleo. Tendrán que hacer efectiva la vinculación entre la economía y las metas del sistema de educación.

Pero, ¿cómo emprender éstos y otros pasos, algunos de hondo calado, si desde antes nos hemos incorporado, haciéndolos nuestros, a paradigmas ajenos? ¿Cómo considerar siquiera políticas que requerimos para alentar la producción y elevar niveles sociales si algunas estrategias, como las de establecer prioridades y facilidades a empresas nuevas, están formalmente prohibidas por nuestro eventual socio a quien deberíamos consultar?

Mientras más nos integremos a Estados Unidos por la vía del comercio, más tendremos que ser precavidos en cuanto a su compatibilidad y respeto a nuestro propio camino.

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