La semana pasada en el Hospital General de México un brote de gastroenteritis asociado al comedor institucional afectó a 135 médicos residentes y de alta especialidad; 41 requirieron hospitalización. Los análisis confirmaron salmonela y, en algunos casos, coinfección con E. coli enterotoxigénica.
El comedor fue suspendido y la investigación continúa. Este episodio abre una pregunta mucho más amplia: ¿qué son en realidad los médicos residentes en México?, ¿estudiantes que reciben una beca para continuar su formación o trabajadores de la salud que todos los días atienden pacientes y sostienen una parte fundamental de la operación hospitalaria? La respuesta no es simple, porque un residente habita simultáneamente ambos mundos. Se está formando, pero también es un profesional titulado que prescribe, participa en cirugías, cubre urgencias y sostiene buena parte del sistema de salud.
Confluyen entonces dos enormes sistemas: educación y salud. Ambos heterogéneos, fragmentados y todavía lejos de ofrecer criterios homologados de calidad y condiciones de formación. Una universidad avala el programa académico mientras un hospital proporciona el campo clínico donde ocurre buena parte del aprendizaje y del trabajo asistencial. En teoría parece un buen matrimonio. En la práctica no siempre lo es.
México cuenta con facultades de medicina públicas y privadas de enorme historia, prestigio y calidad académica. Pero conviven con una expansión acelerada de la oferta educativa cuya calidad no es necesariamente uniforme. Y después, al llegar a la residencia, las diferencias continúan: infraestructura, supervisión, carga asistencial, tecnología, alimentación, descanso, remuneración y cultura de enseñanza pueden cambiar radicalmente entre un hospital y otro.
Los números ayudan a dimensionar el fenómeno. En 2001 se inscribieron al ENARM 18,762 médicos y fueron seleccionados apenas 3,374. Para 2024 hubo 50,675 aspirantes y 18,180 seleccionados. En poco más de dos décadas, los aspirantes se multiplicaron 2.7 veces, pero los seleccionados para realizar una especialidad lo hicieron 5.4 veces. La tasa de selección prácticamente se duplicó: de 18.7% a 36.9 por ciento.
Las escuelas y facultades de medicina representadas en el ENARM pasaron de 63 a 153 en ese mismo periodo, pero la heterogeneidad en la calidad sigue siendo un reto: el Consejo Mexicano para la Acreditación de la Educación Médica, Comaem, reporta actualmente 109 programas acreditados, además de programas con acreditación vencida, no acreditados o todavía en proceso de autoevaluación.
Mientras la jornada laboral ordinaria en México es actualmente de 48 horas semanales y se encuentra en un proceso de reducción gradual que llegará a 40 horas en 2030, la NOM que regula las residencias médicas permite hasta dos guardias semanales, con al menos tres días entre ellas y, en esquemas distintos, establece un promedio anual que no debe exceder las 80 horas semanales, incluyendo la jornada.
A nivel salarial un residente en México recibe en promedio entre 18 y 20 mil pesos mensuales, dependiendo de la institución y el grado. En Estados Unidos, la Association of American Medical Colleges reportó para 2025 un ingreso promedio de 68,166 dólares anuales para un residente de primer año y 73,301 para uno de tercero.
Las economías y costos de vida son diferentes y una conversión directa sería simplista. Pero la brecha es muy grande para evidenciar algo fundamental: mientras ambos sistemas exigen años de preparación y una enorme responsabilidad asistencial, los salarios son radicalmente distintos. Un residente en México gana en todo un año aproximadamente el equivalente a dos meses de ingreso de un residente de primer año en EU.
Aumentar el número de especialistas es indispensable. Garantizar la calidad de quienes los forman y las condiciones en las que aprenden deben serlo también.
Lo ocurrido en el Hospital General importa más allá de la salmonela. Puso bajo los reflectores a miles de médicos que ocupan una posición extraña dentro de nuestro sistema: suficientemente médicos para asumir enormes responsabilidades frente a los pacientes, pero cuando de sus condiciones laborales se trata, siguen siendo tratados más como estudiantes que como trabajadores.
