La semana pasada, desde este Arco, hablamos de la lamentable tendencia a normalizar el dolor que sólo hace más complejos y menos exitosos los tratamientos cuando finalmente debemos atendernos. Del mismo modo, solemos postergar la prevención, tanto a nivel personal como sistémico, pues, salvo algunas acciones concretas que empiezan a mostrar francas mejoras, como la vacunación o el incremento de infraestructura para realizar mastografías, en general, no existen ni los recursos suficientes ni una cultura del checkup periódico y la adopción de estilos de vida más saludables en la población, sigue siendo un reto sin resolver.
Pero, eso sí, hemos empezado a “inyectarnos bienestar”. La escena es conocida: una silla reclinable, una bolsa transparente que gotea “energía líquida” compuesta por vitaminas, suplementos, antioxidantes y más. La promesa es seductora: desde una cruda resuelta hasta inmunidad reforzada, piel luminosa, detener el envejecimiento y, con ello, ¡una vida optimizada! Todo en 45 minutos, sin esfuerzo y —aparentemente— sin riesgo. Hasta que la realidad irrumpe. En Hermosillo, Sonora, ocho personas murieron tras recibir sueroterapia intravenosa. Las investigaciones apuntan a una posible contaminación bacteriana en las soluciones administradas, con una progresión clínica rápida y, lamentablemente, letal.
Ocho vidas que desnudan una verdad incómoda: el wellness también puede matar. Este tipo de “sueroterapia” —popularizada en Estados Unidos como IV therapy o vitamin drips— no es nueva. Nació hace décadas, pero encontró su auge en la cultura del rendimiento inmediato: ejecutivos agotados, celebridades hiperproductivas, cuerpos que deben funcionar siempre al 100% y el deseo de detener el proceso natural de envejecimiento.
El argumento parece lógico: si las vitaminas son buenas por vía oral, deben ser mejores directo a la vena. Pero la medicina no funciona por intuición, sino por evidencia. Y aquí hay un vacío. Diversos especialistas coinciden en que no existe evidencia científica sólida que respalde beneficios superiores de estas terapias en personas sanas. Lo que sí existe es marketing.
Sería irresponsable negar que la terapia intravenosa tiene un lugar legítimo en la medicina y claros beneficios cuando se trata de pacientes con deshidratación severa, la atención de enfermedades que impiden la absorción intestinal, tratamientos hospitalarios controlados y situaciones críticas donde la vía intravenosa es necesaria. En estos casos, el suero no es una moda, sino soporte vital.
El problema es cuando se traslada este acto médico complejo, invasivo y regulado a una lógica de consumo. El wellness intravenoso se sostiene en tres narrativas peligrosas: la inmediatez como sinónimo de eficacia, cuando, en medicina, rara vez lo es; la personalización sin diagnóstico, lo que resulta una total contradicción, ofreciendo “cocteles” diseñados sin estudios clínicos ni indicación médica real, y la medicalización de la vida cotidiana que mañosamente convierten cansancio o estrés en “condiciones tratables” por vía intravenosa.
A diferencia de una crema o un suplemento oral, la sueroterapia rompe una barrera crítica: la piel. Por ello no es gratuito que exista una regulación tanto para los productos (medicamentos y dispositivos empleados) como para las personas habilitadas para aplicarlas. Los riesgos pueden afectar la salud o incluso cobrar vidas: infecciones bacterianas, reacciones adversas, sustancias mal dosificadas, sobrecarga de vitaminas (sí, también existe), flebitis, daño vascular y errores en la preparación o almacenamiento de los productos.
Además, muchas de estas prácticas operan en un limbo regulatorio, con supervisión insuficiente o intermitente y, en muchos casos, con personal no acreditado. Se vende como lujo lo que en realidad es un procedimiento médico de alto riesgo, y lo peor es que la gente está dispuesta a pagarlo.
Lo ocurrido en Sonora no es un accidente aislado. Es un síntoma de un sistema que sigue tolerando vacíos regulatorios y que tampoco cuenta con los recursos suficientes para supervisar y termina respondiendo tarde, después de la tragedia.
Pero también es un síntoma social. Queremos resultados sin proceso. Energía sin descanso. Salud sin hábitos. Y, en ese deseo, abrimos la puerta —y la vena— a soluciones que prometen mucho y prueban poco. La medicina no es un servicio a domicilio con filtro de Instagram. Es una práctica altamente regulada para controlar los riesgos, basada en evidencia científica y ejercida por profesionales de la salud certificados.
Ocho personas en Sonora nos recuerdan que el cuerpo no es un lienzo para experimentar con promesas líquidas. Cuando el wellness se convierte en negocio sin ciencia, sólo es una sofisticada forma más de negligencia.
