*La historia está hecha de encuentros fallidos y oportunidades perdidas que dejan el sabor amargo de la melancolía.
Enzo Traverso
El añorado Jorge Ibargüengoitia escribió: “Todas las revoluciones tienen elementos comunes con los bailes de máscaras”. Viene a cuento la frase porque el libro de Julio Scherer, al igual que las memorias de Gonzalo N. Santos hace más de 40 años, cumple con la tarea de desenmascarar a nuestros personajes de la vida pública.
Ambos textos describen, obviamente en diferentes periodos, la tremenda irresponsabilidad, frivolidad e indolencia de las elites mexicanas para gobernar. El potosino es más osado para dar su versión. Scherer, con el auxilio de Jorge Fernández Menéndez, relata sus vivencias, pero ocultando mucha información. Procura, infructuosamente, proteger la imagen de Andrés Manuel López Obrador y, aunque en el título anuncia que no hay venganza, en el contenido hay ajustes de cuentas, claros o vedados.
En el libro del famoso “Alazán tostado, primero muerto que cansado”, con desparpajo, buen sabor y afán protagónico, da testimonio de su desempeño en el periodo posrevolucionario. Son narraciones de acontecimientos relevantes.
Pero focalizo mis comentarios en el que más nos importa. Scherer se suma al ya crecido número de críticos que, por haber conocido más de cerca al tabasqueño, somos severos para juzgarlo. En el afán de dar una apariencia de lealtad y gratitud, habla de atributos de su exjefe que, francamente, rayan en la fantasía. Dice, por ejemplo, que siempre, al decidir los asuntos, pensaba en la gente. ¿Lo hizo cuando suspendió el Seguro Popular? ¿Cuándo, contra viento y marea, sostuvo en su cargo a Hugo López-Gatell sin importarle que su desempeño en el sector salud fue pésimo? ¿Hubo una reflexión sensata para designar a funcionarios en áreas delicadas como la educación? La lista no tiene fin.
Hay en el libro tres citas imprescindibles: “Estamos bien, estamos trabajando contentos, estamos haciendo muchas cosas buenas, va bien el país” (p. 247). El más sencillo ejercicio para calificar un gobierno es comparar los indicadores del país al inicio y en su culminación. En ninguno se puede presumir de una palpable mejoría. Sus palabras, según su cercano colaborador, o bien reflejan una enorme capacidad de autoengaño o una perversa y reiterada actitud para mentir. Para su perjuicio, en el veredicto de la historia, me parece que encaja en lo segundo.
Casi al final, confiesa, sin escrúpulo alguno: “Julio, me voy a cerrar más, voy a necesitar ayuda (…) no puedo hacer nada tratando de negociar” (p. 248). Y así lo hizo. Violó la Constitución y cercenó el Estado de derecho.
En la campaña, Scherer lo había diagnosticado: “Era el pragmatismo absoluto, no importaban los ideales, lo importante es que ganáramos las elecciones (…) había que ganar a como diera lugar y había que tener la mayor cantidad de aliados” (p. 111).
Al leer la obra completa, uno se pregunta, ¿en realidad hubo la intención de hacer un buen gobierno? ¿La presuntuosamente denominada Cuarta Transformación significa algo o fue un simple garlito en el que cayó la ciudadanía ansiosa de aferrarse a una esperanza? ¿Son los elegidos en los diversos cargos de gobierno los idóneos o forman parte de la “servidumbre de la obediencia” que hemos padecido tradicionalmente?
Sobre el personaje que está y seguirá estando en las pesquisas de los mexicanos, manifiesto mi personal juicio: la mejor forma de conocer a López Obrador es por sus tremendas animadversiones: la ley, el orden y la concordia.
Este libro plantea un desafío para la presidenta Claudia Sheinbaum. El asunto, para no variar, es nuestro profundo contraste entre ética y política.
Testimonio de lo que fue un gobierno fallido, desafío para la actual gobernanta que no puede permanecer en la incertidumbre, en la ambigüedad y queriendo cubrir las apariencias en lugar de cuidar el contenido. Sólo queda la cruda realidad.
