Reconstituir la República

Para nosotros la utopía no es resultado de haber puesto a prueba un juego de la imaginación, sino respuesta a la barbarie

Gastón García Cantú

Pemex no es México. Pemex es corrupción, ineptitud, botín. Desde su origen hay una falacia reiterada: el heroísmo de la expropiación petrolera. Lo he dicho en este espacio: la decisión del presidente Lázaro Cárdenas fue en respuesta a un conflicto obrero patronal, no con el propósito de rescatar el patrimonio nacional.

En enero de 1986, el líder petrolero José Sosa Martínez le dijo al presidente Miguel de la Madrid: “Si se hunde Pemex, se hunde usted, nos hundimos todos”. La frase sonó a intimidación, a ofensa, pero es un “mantra” reafirmado por los gobiernos de la cacareada 4T. 

El Estado es el rector de la economía, no su dueño. No es necesario asomarse a las cifras para confirmar su inmenso fracaso como empresario. No hay un solo caso en que se pueda presumir un resultado exitoso.

El Ejecutivo federal tiene pánico de corregir, de hacer algo que altere una política encajonada en dogmas. Hasta para autorizar el fracking, que desde hace años debió emplearse, se monta una gran farsa de consulta para justificar el desacato a la orden de “ya sabes quién”.

Entendamos lo elemental. Requerimos soluciones de cirugía mayor con el propósito de evitar que México se deshaga, no seguir obstinados con la idea fantasiosa de un segundo piso en una depauperada ciudad perdida. 

Estamos presenciando una errática conducción del poder público. En la política exterior se apoya a dictadores y no a quienes luchan en defensa de los derechos humanos; rehuimos ser solidarios con ese pequeño gigante que defiende los valores de la humanidad, Ucrania, pero nos juntamos con personajes señalados como líderes populistas en decadencia.

La Revolución Mexicana creó un sistema que en el transcurso del siglo XX dio estabilidad y desarrollo. Arribamos a la alternancia del poder, pero no a la democracia ni a la consolidación de nuestra vida institucional. La gran pregunta es, en lenguaje coloquial, ¿quién va a recoger los platos rotos?

Ya estamos inmersos en una profunda crisis político-cultural. No dejaré de machacar en la necesidad de debatir ideas. Desde luego, hay una clase política mexicana. Ningún sistema puede prescindir de las élites. Éstas a su vez son consecuencia del concatenamiento de generaciones. Nos anteceden estudios de ilustres mexicanos. Admiro a quienes en las primeras décadas del siglo pasado conformaron el Ateneo, grupo de Los siete sabios, el vasconcelismo. Fue un periodo de ebullición del pensamiento. En la década de los 30 y los 40, Luis Cabrera, Jesús Silva Herzog y Daniel Cosío Villegas señalaron un desvío de la Revolución Mexicana. Abrevar de ese acervo sería un buen inicio.

El escabroso asunto trasciende fronteras. El derecho internacional está pulverizado. La economía globalizada se tambalea. La justicia se desvanece. Sobran razones para ser alarmistas. Los grandes desafíos lo exigen, desde el crimen organizado hasta el cambio climático.

Cuatro temas son de previo y especial pronunciamiento. Nuestra vida parlamentaria (en todos los niveles y no tan sólo en los órganos colegiados) es paupérrima y discordante; el desprecio de la ciudadanía a la política es profundo; la incongruencia carcome la confianza empezando por la más elemental, la que debe darse entre leyes y conductas. La impunidad es el veneno más letal para un auténtico Estado de derecho.

No puede haber entendimiento sin una comunicación franca y sincera. El discurso debe materializarse, disminuir su grado de abstracción para poder palparlo y asimilarlo. Atender y respetar al otro es la esencia de la democracia. El derecho es el consenso y el punto de convergencia que no admite excepciones por muy encumbrado que sea el funcionario público.

Mi generación nació con el Movimiento del 68, el aldabonazo de que algo estaba mal. Pues ahora estamos peor. El deber es el mismo: participar y corregir.