Hay que lanzarse al fondo del pozo para llegar a ver las estrellas.
Vaclac Havel
No me canso de citar a don Adolfo Ruiz Cortines. Su sabiduría es siempre un referente obligado. Él decía: “No es suficiente iniciar bien, hay que continuar bien y hay que terminar bien”. Lo anterior viene a cuento porque me encuentro en la tercera etapa. Desde hace algunos años me endilgaron la peor definición que se puede aplicar a un político: no es confiable. Equivale a decir que no es sumiso, cuestiona lo que se le ordena, no tiene capacidad de adaptación, es rebelde. Se me fueron cerrando las puertas. La situación se me complicó.
Descubrí entonces lo valioso de la amistad en la política, una circunstancia desafiante. Paladeé la disposición de sembrar afectos. Eso y continuar siendo útil son buenos propósitos de toda la vida. Al tener cada vez más tiempo libre, intenté ser intelectual, pero antes tenía que ser un mantenido. Hice acopio de conchudez y, para mi reiterada fortuna, emergieron quienes se encargaron de esos horrorosos asuntos mundanos que en otros tiempos tanto me afligieron.
Lo siguiente ha sido algo muy placentero: leer. Era un adicto irredento de la lectura, ahora lo soy más. Leo con un gran desorden, abordando indiscriminadamente todas las materias. Algo permanece: mi anhelo de encontrar remedios y recomendar soluciones concretas a nuestra situación actual.
Tanta teoría me llevó a una conclusión: tenemos que regresar a lo elemental. La humanidad está extraviada en la hiperreflexión. Por eso me siento un intelectual frustrado. Pero, entonces, ¿qué es lo elemental? Les presumo mis hallazgos.
Obviamente, siendo estudioso del derecho, concluí que la juridicidad (el respeto a la ley) no puede ponerse en duda. El gran triunfo es de los iusnaturalistas. Vaya usted a saber cuál es la causa, pero hay un intrínseco sentido espiritual para percibir lo bueno y lo malo. Es una evidencia indubitable. Lo anterior implica también el necesario respeto a la verdad; no tolerar ni permitir la mentira y la corrupción.
Reitero tres ideas señeras: congruencia con los hechos, espíritu de transición democrática y trabajo minucioso. Sin ánimos de originalidad, creo que la transición fracasó porque nunca hubo en la clase política una auténtica voluntad para darle vigencia a la preeminencia del interés nacional.
Los cambios exitosos han partido de acuerdos con los diversos actores de poder para asumir las consecuencias de los cambios. Desde el gobierno de Vicente Fox, se manifestó una concertada oposición para evitar que se consolidaran las reformas. Había conciencia de la necesidad de crear un ambiente propicio a la inversión, pero también la posibilidad de que ese logro se atribuyera al partido gobernante. Por lo tanto, nunca hubo la mínima apertura para alcanzar consensos. La pequeñez ética no podía permitirse el lujo de que el adversario tuviera razón. La frase de que el Ejecutivo propone y el Legislativo dispone cayó en el vacío.
No se reconocieron los hechos ni se asumió el compromiso de decidir lo más conveniente. Hoy, ante nuestra cruda verdad, la mejor sugerencia nos la da un disidente estadunidense: “Me siento avergonzado (…) nunca creí que llegaríamos a este extremo (…) o crees lo que te dicen, o te fías a tus ojos (…) y si eres de los que se fían en lo que ven, sólo tienes una opción: salir a protestar”. Tenemos el deber de proteger a las próximas generaciones.
¿Qué sucedería si cada uno de nosotros se esmerara con total entrega a hacer lo mejor posible nuestro deber cotidiano, eso que algunos denominan “el trabajo minucioso”? Nuestros males son resultado, invariablemente, de que alguien con frivolidad, indolencia o indiferencia incurrió en una falla. Una inmensa concientización para vincular responsabilidad y libertad ha de ser empeño comunitario.
Lo dicho son obviedades. Por eso me alejé de las profundidades e inescrutables meditaciones en mi último trayecto: las respuestas están en lo elemental.
