Disidencias y represión

La melancolía nos encadena a lo que habría podido ser; el resentimiento, a la animadversión y a la rabia hacia quien ha impedido que sea (…) son las patologías de la promesa incumplida.

Mariana Garcés

Ni modo. No nos queda más remedio que ser felices. Quien se sienta triste es un masoquista empedernido. Quien se queje es un necio que no agradece el denodado esfuerzo de nuestros gobernantes que no roban ni traicionan ni mienten. Quienes disienten se niegan a admitir que ya no padecemos carencias. Dicho de otro modo, hemos arribado al paraíso de la 4T. Sólo faltan algunos detalles del segundo piso. Aún más, la líder de Morena ya designó incluso a los jóvenes como los herederos. Como se suele decir: “¡Habrase visto!”.

El oficialismo se pregunta cómo acallar a los inconformes. Ideas no hay. Las dádivas se agotaron en el dispendio. Alguien recordó una interrogante crucial: “cómo restaurar un régimen de terror si se detiene ante la ley”. Ahí está la clave: infundir miedo. El lawfare ya mencionado en este espacio, entendido como guerra jurídica o judicialización de la política. No constituye ninguna novedad. 

Antonio Scurati relata cómo se fue consolidando la dictadura de Mussolini: “El poder, la ley, el derecho (…) será sólo nuestro poder, nuestra ley, nuestro derecho contra los de quienes son parásitos desde que el hombre se constituyó en consorcio civil (…) no queremos discutir con nuestros enemigos, queremos abatirlos”.

El populismo aborrece la deliberación sensata y civilizada. Aquello de “prohibido prohibir” era un simple garlito. Hoy está claro: cerrar espacios, impedir la injerencia en asuntos que, según ellos, son de su exclusiva incumbencia. Legislar con dedicatoria. Esa perversa técnica que olvida el principio básico: la generalidad de la norma.

Se podría clasificar a nuestros gobernantes en quienes convencieron y quienes anularon. En el primer caso, los oaxaqueños Juárez y Díaz, a base de habilidosas cualidades en relaciones humanas, impulsaron una red de personajes relevantes en todo el país con fuertes lazos de lealtad y amistad. Eso explica los largos periodos en que gobernaron. Los sonorenses Obregón y Calles se fueron al otro extremo, resultaron eficaces para extinguir voces discordantes.

Lázaro Cárdenas fue el primero en resolver un conflicto sin sangre. Con la discreta operación de Manuel Ávila Camacho consolidó su autoridad en el Ejército y fortaleció la institución presidencial. El PRI entendió una añeja lección, la “resistencia que apoya”, la cual explica también su larga permanencia con estabilidad en el siglo XX. 

La tendencia es clara hoy. En este surrealismo que nos caracteriza, quienes exigían apertura son los impulsores de la concentración del poder, retrocediendo a lo que ingenuamente dábamos por cancelado. 

En México, los últimos a quienes en realidad podríamos considerar de izquierda y derecha fueron Vicente Lombardo Toledano y Juan Sánchez Navarro. Después de ellos, sólo hemos vivido una gran confusión, simulación, incongruencia y oportunismo que en años recientes llega a los extremos del paroxismo y la esquizofrenia.

La democracia tiene prerrequisitos. Son acuerdos en lo fundamental. Lo dicen los teóricos: conciencia cívica para hacer una vida pública de respeto y tolerancia, y bien común, para darle preeminencia al interés nacional. En esta tarea debemos empeñarnos.

Hemos tenido dos procesos electorales muy cuestionados: 1988 y 2006. El primero se manejó con un total desaseo que sembró dudas nunca aclaradas. En el segundo, lo cerrado de la votación detonó una maniobra que, sin sustento, hizo que muchos sospecharan de su legalidad.

Todos los indicadores son preocupantes. Lo más alarmante es la actitud (corroborada a diario) del partido oficial para, a como dé lugar, preservar su aplastante mayoría. Acude a lo que sea. Entre más se acerca la elección, mayor su desacato. 

Es evidente que estamos en momentos de alto riesgo. Ojalá, cuando menos coincidamos en esto.