Una vez que se fueron las tropas de Napoleón III con el rabo entre las patas, la caída de Maximiliano fue inevitable y Benito Juárez pudo regresar al Palacio Nacional. Se procedió entonces a enjuiciar con la mayor dureza a los colaboracionistas y traidores, mientras que había un orgullo legítimo entre quienes actuaron en defensa de la patria.
Fue entonces cuando Juárez anunció que para los enemigos habría justicia, ciertamente dura, y para los amigos, justicia y gracia. Don Benito dijo aquello después de la llamada Guerra de los Tres Años y de cinco años de combatir la invasión francesa. Es explicable que en esas condiciones se estableciera un trato para los enemigos y otro, benevolente, para el propio bando.
Lo malo es que aquello se quedó como una regla no escrita que perdura y se aplica de manera ostensible. De otra manera no sería explicable la inmunidad de que ha gozado Ignacio Ovalle, quien como director general de Segalmex nada hizo para evitar el saqueo de ese organismo estatal, aunque después algunos de sus colaboradores acabaron en chirona.
Un caso muy actual es el de algunos gobernadores mexicanos, todos ellos de Morena, que están en la mira del gobierno gringo, mientras que acá se mantiene encarcelado al panista Ernesto Ruffo bajo las más peregrinas acusaciones, entre otras la que lo involucra en el tema del huachicol cometido por una empresa de la que es accionista, pero no ejecutivo.
En Baja California, la gobernadora morenista Marina del Pilar Ávila, de acuerdo con una grabación que difundió Héctor de Mauleón, ofreció a Estados Unidos brindarle información privilegiada sobre lo que se dice en las mesas de seguridad entre representantes de las agencias mexicanas, las que tienen como deber el combate a las organizaciones criminales y determina lo que hacen al respecto las autoridades. Sobra decir que la oferta de doña Marina nos recuerda a una tocaya suya conocida como La Malinche. Se trata de una traición a su cargo y a la República, pero hasta ahora no se ha procedido contra ella. Justicia y gracia, pues.
Más escandaloso es el caso de Mara Lezama, la gobernadora morenista de Quintana Roo, quien llegó a ese cargo con recursos ciertamente modestos para alguien que se mueve en las grandes ligas de la política mexicana. En su declaración de bienes presentada en 2023, la más reciente que se ha dado a conocer, doña Mara, quien asumió el cargo en septiembre de 2022, declaró tener un patrimonio valuado en tres millones 444 mil pesos e ingresos anuales por 585 mil 452 pesos, los que, sumados a los de su marido, dan un total de un millón 91 mil 441 pesos.
Lo curioso es que en su declaración de 2021 dijo tener ingresos netos por dos millones 450 mil pesos, los que en 2022 cayeron a un millón 783 mil 113 pesos. Ahora su ingreso neto mensual como gobernadora es de 102 mil 598 pesos, para sumar cada año un millón 231 mil 176 pesos, lo que implica que ganaba más como alcaldesa del municipio de Benito Juárez (donde está Cancún) que de gobernadora, algo ciertamente extraño.
La baja en sus ingresos no le ha impedido darse ciertos lujos, por ejemplo, suele viajar a Orlando, Florida, y a Vail, Colorado. Pero no se crea que se traslada en primera clase ni mucho menos en clase turista o en camión guajolotero. No, ella y su familia prefieren los vuelos en avión particular, lo que cuesta algo así como seis mil dólares la hora, lo que multiplicado por 97 viajes realizados en sus años de Ejecutiva de Quintana Roo suma unos tres millones y medio de dólares, si cada viaje fuera de sólo una hora.
No faltará quien considere lo anterior como una bicoca, sobre todo si se tiene presente que la firma Seguritech, empresa ligada a la firma Pabe-Tax, que le proporciona los aviones a doña Mara, ha recibido de ella, por adjudicación directa, contratos “por servicios de videovigilancia” que suman un total de mil 800 millones de pesos.
Claudia Sheinbaum dice que Mara Lezama viaja “con su dinero” (el de Mara, no el de la Presidenta). Quizás es un caso de justicia y gracia, pero, desde luego, aunque la quintanarroense no gana mal, de ningún modo le alcanzaría para sostener ese tren de vida. Por eso dicen que Mara nos quiere marear. Y, por lo visto, lo consigue.
