La madrugada del miércoles pude seguir en vivo el debate en la Cámara de los Comunes del Parlamento británico, correspondiente a la primera sesión de control que enfrentaba ayer el nuevo primer ministro del Reino Unido, el laborista Andy Burnham.
La jornada marcaba el regreso de Burnham al podio de oradores de Westminster, conocido como la despatch box, por primera vez en 16 años. Existía una enorme expectación en la opinión pública por verlo medir fuerzas con la oposición, especialmente con la lideresa del Partido Conservador, Kemi Badenoch. Las sesiones de preguntas al primer ministro —mecanismo de rendición de cuentas que existe formalmente desde 1961 para que los miembros del Parlamento cuestionen en vivo al jefe de Gobierno sobre su gestión— suelen ser ejercicios fascinantes de agilidad mental, y la de ayer no fue la excepción.
Badenoch abrió la confrontación cuestionando el costo de las promesas de gasto del nuevo gobierno y acusó a Burnham de ser un líder dispuesto a complacer a todos sin explicar de dónde saldrá el dinero, rematando con que un primer ministro debe ejercer el liderazgo y no buscar caer bien a todo el mundo. Burnham, por su parte, defendió su plan de crecimiento, prometió elevar el gasto en defensa y se negó rotundamente a descartar ajustes fiscales en el próximo presupuesto, invitando a la oposición a abandonar el reproche partidista para enfocarse en la resolución de problemas reales. La discusión alcanzó tal nivel de elocuencia, ironía sutil y agilidad que ambos líderes se permitieron intercambiar bromas y sonrisas a mitad del pulso político, demostrando que la firmeza ideológica y el contraste no están peleados con la cortesía, el respeto y el sentido del humor.
Tras atestiguar este intercambio, me puse a pensar, con inevitable amargura, en la pobre calidad del debate parlamentario que tenemos en México. Apenas el martes se abrió un nuevo periodo ordinario de sesiones en el Congreso de la Unión con la correspondiente sesión de Congreso General. Si bien la jornada tuvo un tono ligeramente más alto al de costumbre, las participaciones en tribuna no lograron sacudirse el carácter histriónico al que nos tienen acostumbrados los legisladores mexicanos, siempre preocupados por el cálculo mediático inmediato, a costa de la sustancia de los grandes temas.
Resulta desolador constatar la enorme distancia que separa la solidez argumentativa, la velocidad y la concreción de las discusiones en Westminster frente a la indigencia discursiva y la superficialidad de nuestras cámaras. Es verdad que México cuenta con un sistema presidencialista y no uno parlamentario, lo cual modifica la dinámica institucional, pero es una verdadera lástima que nuestro marco republicano no contemple un espacio regular para el intercambio de ideas cara a cara entre quien encabeza el Ejecutivo y la oposición legislativa. Quizá la ausencia de un ejercicio de esa naturaleza responda a que sencillamente no existe la madurez política necesaria entre la mayoría de los actores nacionales para sostener un debate de altura, a pesar de que un contraste riguroso, directo y transparente sobre los asuntos públicos resultaría inmensamente constructivo y pedagógico para el ciudadano.
Lo que tenemos hoy en el país, por desgracia, se reduce a un monólogo anual por parte del Ejecutivo y a dos periodos de sesiones en el Congreso de la Unión caracterizados por el espectáculo de tipo circense. En lugar de contrapuntear argumentos con rigor técnico y firmeza doctrinal, la tribuna nacional se ha convertido en un escenario degradado donde predominan gritos estridentes, insultos personales, despliegue de pancartas folclóricas, uso ridículo de megáfonos, y las habituales tomas de tribuna y hasta los golpes. Cuando uno observa la agudeza intelectual, el rigor verbal y la elegancia con la que se confrontan las posturas políticas en el Parlamento británico, la altura de esos debates da verdadera envidia.
México merece una clase política madura, capaz de sostener argumentos sólidos sin recurrir al sombrerazo, y parlamentarios que entiendan, de una vez, que la tribuna se honra con la fuerza de las ideas y no con utilería de teatro de carpa.
