Todas las acciones en favor del libro siempre serán apreciadas.
Son bienvenidos los remates, las ventas nocturnas, el medio tanque de oxígeno que le brindan a la editorial en crisis y la promesa de apoyo a las ferias libreras de los estados. Se valora la sesuda convocatoria en puerta —anunciada por Claudia Curiel y Paco Taibo II— para la “compra masiva de libros mexicanos por 50 millones de pesos” que, ojalá, sea anual y no derive en desencanto, inconformidad y una lucha encarnizada entre editoriales independientes.
Se estima, por supuesto, la iniciativa en pañales que a paso de tortuga buscará la tasa cero para pequeñas librerías, aunque luego se les olvide el obligado reglamento, como ocurre con el precio único del libro. Claro que todo suma y muy pocos se opondrían a implementar estos paliativos para el ecosistema editorial, aunque algunos amigos miran todo esto con desconfianza porque “es una forma de maicear a las editoriales para que abandonen la queja y la discrepancia”.
Ojalá esos funcionarios que proponen con entusiasmo feroz también entendieran que el otro gran problema es la falta de lectores. Tenemos librerías, autores, libros, editoriales (comerciales e independientes)… pero el índice de lectura es desolador y, aunque muchos imaginan que la cantera natural para este ejercicio está en preparatorias y universidades, valdría la pena darse una vuelta para descubrir qué tanto ha crecido la alergia por la lectura.
Sé que no hay fórmulas para crear lectores por generación espontánea. Desearía que existieran. Pero ¿es tan difícil hacer que los niños se tropiecen con los libros en el salón de clase? Estoy seguro de que muchos comenzamos a leer por accidente o bajo la influencia de algún familiar directo. Yo pertenezco al primer club, el de quienes encontraron un libro tirado y descubrieron un refugio que, hoy, muchos encuentran en el teléfono celular.
Pese a todo, me niego a creer, como recién dijo Ian McEwan, que la literatura volverá a ser una actividad de nicho. Quizá ya lo es, pero me niego a aceptarlo. ¿Ustedes han visto cómo se ilumina el rostro de un niño cuando abre un libro por primera vez? ¿En qué momento dejamos de alimentar esa curiosidad, ese asombro?
¿Por qué en los departamentos no hay espacio para libreros?, ¿por qué en guarderías y escuelas de educación básica no hay cuentacuentos?, ¿por qué los libros de las bibliotecas no visitan a los niños en la escuela o se incentiva la posibilidad de que los adultos acudan a la biblioteca en fin de semana?
¿Por qué no hay libros en los parques, cafeterías ni códigos QR para descargar un cuento distinto en cada parada de autobús, microbús, trolebús o en la sala de espera del hospital? ¿Por qué no celebrar a cada autor mexicano sin esperar la próxima feria del libro?
¿Por qué no hay cápsulas de libros en las plazas comerciales y en las pantallas del Metro, o la escucha de audiolibros en voz de sus autores —que ya tiene la UNAM en la colección Voz Viva— transmitiéndose por los altavoces de sus andenes?
¿No sería distinto el viaje de regreso a casa mientras escuchamos un poema de Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Octavio Paz, Alejandra Pizarnik o Wisława Szymborska? Imaginemos un transporte público donde se reciten versos de Efraín Huerta, como aquel que dice: “Ciudad que lloras, mía,/ maternal, dolorosa,/ bella como camelia/ y triste como lágrima,/ mírame con tus ojos/ de tezontle y granito,/ caminar por tus calles/ como sombra o neblina”. ¿No sería ideal recuperar los 500 poemas sobre la ciudad que ya compiló Claudia Kerik en su muestrario La ciudad de los poemas (Ediciones del Lirio)?
Debemos entender que acciones aisladas, los Vientos del Pueblo o las colecciones especiales, como 25 para el 25, no son y no serán suficientes para encender la llama de la lectura.
