A 25 años del 11 de septiembre de 2001

Ha pasado un cuarto de siglo desde que el mundo se cimbró con los magnos atentados ejecutados por Al Qaeda contra Estados Unidos. Se ha vuelto un lugar común decir que el planeta entero cambió en muchos sentidos a partir de ellos y en efecto, así ha sido. Pero hay algo que aún sigue siendo motivo de especulaciones ¿a qué se debió una explosión de furia tan brutal como para haber ejecutado un operativo suicida así de maligno? Una de las hipótesis más recurridas se ha referido a “la ira del islam” tal como lo planteó en esos momentos el historiador Bernard Lewis. De ser así, ¿qué factores históricos o de otra índole pueden explicar el origen de dicha ira?

Surgen en primera instancia dos nombres: Hassan al-Banna y Sayyid Qutb, ambos egipcios. El primero fundó en 1928 la organización denominada Hermandad Musulmana, y Qutb ejerció el papel del pensador que articuló los principios fundamentales que sustentaron la idea del panislamismo como eje alrededor del cual habría que restaurar las glorias pasadas de los imperios musulmanes. En esa época, la aparición del nazismo con su ideología perversa constituyó también uno de los ingredientes que fue agregado al esquema ideológico peculiar de ese islam radical. Su visión totalitaria y su obsesión por señalar a los judíos como el máximo peligro para la humanidad entera, se incrustaron el pensamiento de Qutb y al-Banna.

¿Cuáles fueron sus postulados básicos? Al partir de la premisa de que el islam encarnaba la legítima y única verdad revelada y a Mahoma su máximo profeta, veían como una aberración el que sus gloriosos imperios que gobernaron a lo largo y ancho de inmensos territorios desde el siglo VIII en adelante, hubieran empezado a decaer a partir del siglo XVI para quedar rezagados ante la expansión de potencias cristianas cuyas empresas colonizadoras y avances tecnológicos y culturales revolucionaron al mundo. Para Qutb y al-Banna, y quienes se convertirían en sus discípulos, era inconcebible e inaceptable tal desventaja, más todavía cuando como producto de la Primera Guerra Mundial se desmoronó el Imperio Otomano, último vestigio de un mundo de poder y gloria en manos de la Umma (comunidad de los creyentes). 

Había que encontrar, pues, qué ocurrió, qué falló y á quién responsabilizar de la decadencia. La respuesta se encontró en el alejamiento de los miembros de la Umma de los principios religiosos originales dictados por el Profeta, sumado al efecto corruptor del Occidente de matriz cristiana y de los judíos. Las soluciones para recuperar el brillo y el poder ancestral radicaban así por un lado, en el regreso a una práctica religiosa tan rigurosa y estricta como la que imaginaban rigió en el pasado marcado por conquistas y éxitos islámicos, y por el otro, en combatir a capa y espada la cultura y valores occidentales plagados de perversión. El fundamentalismo religioso debía ser ahora la nueva norma obligatoria, junto con la conversión de cristianos y judíos en subordinados permanentes en el mejor de los casos, o en el peor, en sujetos a los que habría que eliminar.  

Dentro de esa línea de pensamiento, la corrupción e ineficiencia de las élites gobernantes en el mundo árabe de aquellos tiempos debían a haber sucumbido a los modelos y principios propios de Occidente y haber dejado de lado la única normatividad aceptable, la establecida en la Sharía o ley islámica, código de conducta de origen divino, y por tanto superior a las legislaciones de factura humana.

Puede afirmarse que con matices y diferencias ese fue el pensamiento que inspiró a los terroristas del 11 de septiembre de 2001, lo mismo que al movimiento talibán, hoy de nuevo en el poder en Afganistán, al wahabismo de Arabia Saudita, al régimen de los ayatolas en Irán, y a sus fuerzas satélites como Hezbolá y Hamás. Su meta final es volver a ese pasado idílico que imaginan prevalecía hace siglos, un pasado donde el islam era absolutamente hegemónico y todo lo ajeno a él le estaba subordinado.

Es interesante, sin duda, que la célula terrorista que tramó y ejecutó los atentados de 2001, haya operado originalmente desde Fráncfort, y que varios de sus miembros hayan vivido en EU por temporadas. Como se comprobó mediante investigaciones posteriores, las prédicas en mezquitas, tanto en Europa como en el continente americano, les habían inoculado la misión jihadista como parte del proyecto de recuperar la condición dominante del islam a nivel universal.