Copo de nieve

Se han anunciado programas para reducir los índices de violencia desde hace más de diez años, sin que existan resultados.

¿Es posible combatir la violencia con cultura? Habrá quien afirme que sí y que lo pregone como una realidad en proceso. Sin embargo, desde hace más de una década se han anunciado numerosos programas con frases pegajosas –Cultura para la armonía, Cultura por la paz, Semilleros de paz, Cultura comunitaria o música sin hacer apología de la violencia– para “restablecer el tejido social”, “reducir los índices de violencia” o, al menos, alejar a niñas, niños y adolescentes del crimen organizado, sin que hasta el momento se aprecien resultados a gran escala.

Supongamos que mañana se anunciara otra iniciativa de este tipo en Uruapan (Michoacán). De inmediato resonarían los aplausos, porque nadie sensato se opondría en llevar cultura a una comunidad sumergida en la violencia. Pero al día siguiente se necesitaría esa misma dosis en Coyuca de Catalán (Guerrero), en Huitzilac (Morelos), en Huajicori (Nayarit), en Salvatierra (Guanajuato) o en Culiacán (Sinaloa).

Bajo estas circunstancias sería posible afirmar que la cultura es usada como un placebo para reducir la presión mediática, porque la realidad es simple: pese a discursos y esfuerzos fragmentados, no existe un presupuesto que garantice que todos los niños de México puedan acceder a las artes.

Claro que se podrían crear cientos de agrupaciones comunitarias con cientos de niñas y niños, trazar magnos circuitos culturales con miles de creadores dedicados a música, danza y teatro para elaborar programaciones artísticas, pero es otro placebo más.

Y aunque es posible que tanto esfuerzo salve a un puñado de infantes de aquella atmósfera delincuencial, sólo faltaría que ese trabajo se mantuviera el resto del sexenio y que se entienda que aún faltarían 31 estados por atender. De lo contrario, tanto esfuerzo será apenas un copo de nieve en el desierto.

En enero de 2014, Rafael Tovar (1954-2016) anunció que Enrique Peña le había encomendado “estructurar un movimiento nacional de agrupaciones musicales que contribuyera a generar un México de paz, tranquilidad y oportunidades”. Entonces, creó el programa Cultura para la Armonía, que atendería a comunidades en polígonos del Programa Nacional para la Prevención de la Violencia y la Delincuencia. Tres meses después aquel proyecto recibió 470 millones de pesos en ese año y lo dirigió… Alejandra Frausto, entonces directora de Culturas Populares y ahora titular de Turismo de la Ciudad de México. ¿Qué fue de aquel gran esfuerzo? Nada. Otro copo de nieve.

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LA PEOR ESTAMPA

Esta semana se cumplieron cinco meses desde que la secretaria de Cultura, Claudia Curiel, prometió a Excélsior una entrevista para abordar algunos temas que no ha atendido en su primer año de gestión. Pensemos en la Bodega Nacional y en el Centro SCOP, por mencionar un par. En todo ese tiempo, su vocera, Itzuri Cabrera, sólo ha respondido con evasivas, vía WhatsApp, mientras que la funcionaria evita ser abordada al final de las conferencias.

Podría pensarse que es una situación aislada, pero, a un año de su nombramiento, no ha convocado a una sola rueda de prensa en la que sea posible hablar de los temas que están fuera de su agenda, tal como sí lo hizo su antecesora, Alejandra Frausto. ¿No es obligación de cualquier funcionario atender las dudas que genera su trabajo? Yo pensaría que sí.

La peor estampa se dio esta semana, cuando un periodista, cuyo nombre me reservo, se acercó a la titular al final de la ceremonia del Premio Internacional Carlos Fuentes 2025, entregado a Gioconda Belli, en Bellas Artes. Ella, al no reconocerlo, se acercó y lo saludó efusivamente, pero al escuchar que quería una entrevista, lo dejó hablando solo. Esa imagen simple resume bastante bien la actitud de una funcionaria que carece de la vocación de servicio que obliga el puesto que ocupa.

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