El imperio del terror (2)

El poder para infundir miedo, para exhibir fuerza, para doblegar individuos, comunidades y naciones.

El terror como forma de gobierno no es nuevo en la historia de los imperios en decadencia. Lo que resulta inquietante en el caso de la administración de Donald Trump es la normalización de la crueldad como espectáculo político y del miedo como herramienta sistemática de control social. Desde su regreso al poder, el presidente estadunidense ha consolidado un modelo autoritario donde la persecución, la intimidación y la violencia institucional no son excesos aislados, sino rasgos estructurales de su proyecto político.

La política migratoria se ha convertido en el núcleo de este ejercicio del terror. Bajo el pretexto de la seguridad nacional y la lucha contra el crimen, la corporación del ICE —creada tras los atentados del 11 de septiembre para combatir el terrorismo— ha sido transformada en un instrumento de persecución masiva contra migrantes y grupos vulnerables. Redadas indiscriminadas, detenciones arbitrarias, violaciones a domicilios, centros de trabajo y espacios protegidos por los acuerdos internacionales de derechos humanos, se han vuelto prácticas cotidianas. La cuarta Enmienda Constitucional que prohíbe el allanamiento sin orden judicial ha sido ignorada de facto, mientras comunidades enteras viven bajo un estado permanente de terror.

Las consecuencias no han sido menores. En ciudades como Minneapolis y varias de Europa, consecuencia de los recientes asesinatos detonaron protestas multitudinarias, millones de personas han salido a las calles para rechazar lo que ya se percibe como una política de terror institucionalizado. No se persigue al delincuente: se criminaliza a los pobres por existir, por caminar, por trabajar, por manifestarse. El mensaje es claro: ensañarse con los vulnerables como si fuesen enemigos.

Este clima de intimidación no se limita a las calles. La administración de Trump ha extendido su lógica represiva al ámbito académico, atacando frontalmente a universidades prestigiadas, particularmente aquellas con tradición liberal y pensamiento crítico. El retiro de subsidios federales y apoyos económicos busca disciplinar a las instituciones que defienden la libertad de cátedra, el pluralismo y la autonomía intelectual. Se castiga la idea, se persigue el pensamiento, se sospecha de la educación libre como si fuese una amenaza al poder.

En el fondo, todas estas acciones responden a una misma lógica: el poder entendido como dominación absoluta. El poder para infundir miedo, para exhibir fuerza, para doblegar individuos, comunidades y naciones. Un poder que se ejerce como espectáculo de crueldad, que entretiene a una base política alimentada por la supremacía blanca, la misoginia, la xenofobia y la transfobia. La pobreza se criminaliza, la protesta se reprime, las mujeres son sometidas, las comunidades vulnerables son borradas por decreto, y la violencia se normaliza como práctica cotidiana del Estado.

En el plano internacional, el desprecio de Trump por el derecho internacional completa el cuadro. Amenazas de invasión, apropiación de recursos ajenos, secuestros de líderes políticos, imposición unilateral de decisiones y abandono de conflictos estratégicos —como Ucrania— revelan a un gobierno que actúa al margen de cualquier norma global. Gaza, Venezuela, Groenlandia: todos aparecen como escenarios donde el poder se impone sin mediación legal ni ética.

Sin embargo, el terror no es invencible. La respuesta ciudadana comienza a mostrar grietas en este proyecto autoritario. La movilización social, la resistencia comunitaria y la presión interna han obligado al gobierno a replegar fuerzas en algunas ciudades. Las acciones de la segunda gestión de Donald Trump son calificadas como reprobatorias, controversiales o polémicas por organizaciones internacionales de derechos humanos, gobiernos extranjeros y críticos políticos. La casa de su imperio comienza a incendiársele, ¿o no estimado lector?