Cooperación policial

El narcotráfico, la trata de personas, la explotación sexual infantil, los fraudes cibernéticos, el lavado de dinero y otras formas de violencia provienen de redes criminales capaces de mover recursos, información y personas de un país a otro en cuestión de segundos. Frente a ellas, la colaboración policial dejó de ser una alternativa para convertirse en una necesidad global.

El 7 de septiembre, Día Internacional de la Cooperación Policial, es una oportunidad para dimensionar este desafío. La Declaración de Kioto y diversas resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas llaman a los Estados a utilizar las tecnologías de la información y la inteligencia artificial mediante sistemas seguros, confiables y respetuosos del derecho internacional y de los derechos humanos.

No debemos olvidar que la seguridad pública tiene como destinatarias a las personas: niñas, niños, mujeres y hombres que merecen vivir sin miedo. Por ello, no se trata únicamente de perseguir delincuentes, sino también de construir confianza pública. La ciudadanía es el sustento de toda política de seguridad y necesita instituciones creíbles, eficaces y cercanas.

La tecnología es una herramienta, pero también un desafío. Las comunicaciones cifradas, los sistemas de anonimización, la inteligencia artificial, las criptomonedas y los espacios de la llamada dark web son utilizados por organizaciones criminales para cometer delitos y dificultar su rastreo.

Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de México, ha subrayado la importancia de la rapidez y la fluidez en el intercambio de información. Ganarle el ritmo al crimen organizado exige inteligencia, coordinación y oportunidad. Si los delincuentes operan en tiempo real, las instituciones no pueden responder con procedimientos e inercias de otra época.

De ahí la relevancia de organismos como Europol, Ameripol e Interpol. Compartir inteligencia de manera segura y fiable, localizar prófugos, identificar movimientos financieros, coordinar operaciones y fortalecer capacidades tecnológicas confiables que permite enfrentar a delincuentes individuales, y las estructuras transnacionales que los respaldan.

La cooperación es responsabilidad de gobiernos y policías, debiendo sumar a organismos internacionales y regionales, el sector privado, la sociedad en todos sus segmentos, las universidades, las comunidades científicas y técnicas. La seguridad del siglo XXI requiere policías y fiscales, pero también especialistas en análisis de datos, inteligencia artificial, telecomunicaciones, finanzas y ciberseguridad.

México tiene mucho que aportar y también mucho que recibir de esta colaboración. Durante la reciente Conferencia Internacional para el Control de Drogas, celebrada en Buenos Aires, García Harfuch defendió una cooperación sustentada en la responsabilidad compartida, la reciprocidad, la confianza y el respeto a la soberanía.

Ahí presentó resultados de los dos años de gobierno de la presidenta Claudia Sheimbaun: alrededor de 63,500 personas detenidas por delitos de alto impacto; 32,800 armas de fuego aseguradas; 518 toneladas de droga decomisadas, entre ellas más de dos toneladas y cinco millones de pastillas de fentanilo, y más de 2,700 laboratorios clandestinos y áreas de producción de drogas sintéticas inhabilitados.

El promedio diario de homicidios dolosos pasó de 86, en septiembre de 2024, a 42, en julio de 2026, lo que representa una disminución de 51 por ciento. Las cifras son relevantes, pero deben traducirse en mayor tranquilidad para las familias y en una recuperación sostenida de la confianza ciudadana, consecuencia de acciones coordinadas, inteligentes y veloces.

Ir un paso adelante significa compartir información útil y oportuna para prevenir delitos, proteger a la población y fortalecer la credibilidad de las instituciones. Todo ello en el marco de la ley, con respeto absoluto a los derechos humanos y colocando siempre en el centro a las personas. ¿O no, estimado lector?