Las economías de México y Estados Unidos nunca han estado tan integradas y, al mismo tiempo, quizá nunca habían sido tan frecuentes y públicas sus diferencias políticas y el intercambio de reproches.
Las dos administraciones mantienen un discurso simultáneo de cooperación en materias como comercio, energía, seguridad y tráfico de armas. En este último tema, el gobierno mexicano ha señalado que alrededor de 80% de las armas de fuego aseguradas en México proviene de Estados Unidos. Los principales puntos de tensión son la soberanía, el narcotráfico y la migración.
En lo inmediato, ambos países atraviesan una etapa político-electoral en la que, tanto el gobierno de la doctora Claudia Sheinbaum como el del señor Donald Trump deben administrar los equilibrios de su política interna y, al mismo tiempo, la relación bilateral, particularmente la revisión del tratado comercial.
En México acaba de comenzar formalmente el proceso electoral de 2027. En Estados Unidos, dentro de 26 días se celebrarán las elecciones legislativas de medio mandato. Los republicanos llegan a ellas con mayorías muy estrechas en ambas cámaras: 53 senadores frente a 47 que forman el bloque demócrata —incluidos los independientes que votan con ellos— y una ventaja igualmente reducida en la Cámara de Representantes. Las encuestas recientes muestran un escenario competitivo y algunas mediciones nacionales han registrado ventaja demócrata. Reuters/Ipsos reportó en septiembre una diferencia de ocho puntos en la preferencia para el Congreso, aunque las encuestas nacionales no permiten anticipar por sí solas la composición final de las cámaras.
En ese contexto deben leerse también las recientes expresiones de Trump sobre México. En su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas volvió a colocar el narcotráfico y los cárteles en el centro de sus críticas y defendió una política más agresiva contra esas organizaciones. La presidenta Sheinbaum, por su parte, ha sostenido como principio de la relación bilateral la cooperación, pero sin subordinación.
México está diversificando su canasta exportadora. Ya no es solamente una plataforma de producción automotriz: se ha convertido también en un componente importante de la cadena norteamericana de cómputo. Las exportaciones mexicanas de máquinas para procesamiento automático de datos —incluidos servidores, tarjetas madre y componentes para centros de datos— superaron los 79 mil millones de dólares en los 12 meses terminados en noviembre de 2025.
Las elecciones del 3 de noviembre serán el primer gran examen electoral de Trump y podrían modificar los equilibrios de poder en Washington. El resultado podría dejar incluso un Congreso dividido, con una Cámara bajo control demócrata y otra republicano. Más allá de quién controle cada cámara, la pregunta para México es qué significará el nuevo equilibrio político estadunidense para la relación bilateral, para la revisión del tratado comercial y para asuntos tan sensibles como migración, seguridad, comercio y soberanía.
¿SOCIOS INDISPENSABLES, VECINOS INCÓMODOS?
México tiene en Estados Unidos una población, entre emigrantes y nacidos allá, equivalente a aproximadamente una tercera parte de la que vive dentro de su territorio. Esa dimensión ayuda a entender que la relación bilateral ya no puede verse solamente como un asunto de diplomacia: tiene también una dimensión económica, social y política dentro de Estados Unidos. Por eso, quizá la paradoja de la relación bilateral sea precisamente ésta: mientras más difícil resulta separar las economías, más difícil parece separar sus diferencias políticas. México y Estados Unidos pueden discrepar, presionarse y reprocharse, pero la realidad económica los obliga a seguir negociando. Son vecinos que pueden tomar distancia en el discurso, pero que cada día están más cerca en sus intereses.
NATURALEZA, EL BIEN MÁS PRECIADO DE CHIAPAS
El trabajo de restauración y saneamiento de microcuencas que inició el gobernador Eduardo Ramírez está dando resultados positivos. En 2024, los incendios forestales afectaron 187,264 hectáreas; en 2025 —con el nuevo gobierno estatal—, la superficie se redujo a 39,581, y a septiembre de 2026, después de los meses de mayor sequía, alcanza 40,345 hectáreas. No son sólo cifras. Lo más importante es que la población del campo está realizando un mejor manejo del territorio e incorporando prácticas de conservación mediante su participación en el Programa de Restauración y Saneamiento de Microcuencas.
Eduardo Ramírez está convencido de que proteger el territorio no es solamente evitar que se pierdan hectáreas de bosque: es preservar el agua, la tierra, los bosques, las selvas y el futuro de Chiapas.
