Señoras y señores, el América-Chivas y el Atlético de Madrid-Real Madrid dejaron un fin de semana de clásicos en el que quedó claro que estos partidos se juegan con orgullo, memoria, presión y, sobre todo, con la capacidad de responder cuando el partido parece perdido.
En México, América y Chivas volvieron a encontrarse en el Clásico Nacional. En España, Atlético de Madrid y Real Madrid se midieron en un derbi madrileño que terminó con victoria rojiblanca. Dos rivalidades históricas, dos escenarios de máxima presión y dos encuentros muy difíciles y distintos. El América-Chivas terminó 2-2. El Atlético-Real Madrid, 2-1.
En el Estadio Azteca, Chivas tuvo durante el primer tiempo la ventaja, el control y la sensación de que el partido se ganaría fácilmente. El Guadalajara se fue al descanso con dos goles. En el segundo tiempo, el América reaccionó gracias a dos goles del colombiano Miguel Borja.
Guadalajara no perdió el partido, perdió el control del partido. Por mucho tiempo fue más efectivo, generó cinco ocasiones de gol frente a tres del América y llegó al descanso con ventaja. Sin embargo, después de las anotaciones de Borja, Chivas comenzó a defenderse y América, con más confianza, empezó a jugar para ganar.
El futbol es cruel: el equipo que va ganando empieza a pensar en el resultado y a confiarse. El que va perdiendo juega con mayor libertad porque ya no tiene nada que proteger ni que perder. Eso fue lo que ocurrió.
Para América, el empate tuvo sabor a victoria. Para Chivas, el 2-2 tuvo sabor agridulce.
Tras el empate, las Chivas se mantienen arriba con 18 puntos y América con 17. Toluca es el líder con 19.
Y mientras en México el partido se escapó en cuestión de minutos, en Madrid ocurrió algo diferente: en el primer tiempo el juego fue cerrado, intenso y difícil. Pero el derbi cambió en una sola jugada: al inicio del segundo tiempo, Dean Huijsen derribó a Giuliano Simeone dentro del área. Huijsen fue expulsado y el Atlético recibió un penalti con el que se pusieron adelante. La expulsión fue el punto de quiebre. Antes de ese momento era un partido, después fue otro completamente distinto.
El Real Madrid quedó con diez jugadores y tuvo que adelantar líneas dejando varios espacios. El Atlético aprovechó y amplió la ventaja con Jonathan David.
Aquí está la diferencia con el clásico mexicano: América encontró una solución cuando estaba contra las cuerdas; el Real Madrid se encontró con un problema que terminó rompiendo el partido.
El equipo de José Mourinho no se cruzó de brazos, Rüdiger marcó al minuto 89. El tiempo no alcanzó para el empate. El Atlético resistió y terminó ganando el derbi.
El partido también dejó un debate arbitral que probablemente continuará durante los próximos días. Hubo varias acciones revisadas y discutidas. El propio Comité Técnico de Árbitros reconoció que existieron decisiones polémicas, entre ellas la jugada de Kang-in Lee que consideró merecedora de expulsión. En la conferencia de prensa Mourinho sacó dos fotografías de jugadas del primer tiempo y dijo que no necesitaba explicar nada porque “la historia del partido está aquí”.
Esto es lo que conecta ambos clásicos: En el América-Chivas, el partido cambió con dos goles de Borja en tres minutos. En Madrid, cambió con una expulsión y un penalti. En ambos casos, 90 minutos de futbol terminaron condicionados por unos cuantos minutos.
Ésa es la verdadera esencia de los clásicos. No necesariamente gana quien domina más tiempo. Gana quien entiende y aprovecha los momentos que rompen el partido.
Dos clásicos. Dos remontadas incompletas. Dos equipos locales que terminaron mostrando carácter para no perder.
En los grandes partidos, el futbol puede cambiar en un instante, pero las consecuencias duran mucho más.
Hoy se hablará de los goles, de la chilena de Borja, de Rüdiger, de Huijsen, del VAR y de los árbitros. Pero lo que realmente quedará de este fin de semana será la diferencia entre tener un partido controlado y saber cerrarlo. Y en un clásico, esa diferencia puede ser exactamente la que separa una victoria de un empate, o una noche para celebrar de otra para lamentar lo que pudo haber sido.
