El derrumbe de Orbán

El primer ministro Viktor Orbán tenía 16 años gobernando Hungría hasta que una ola masiva e impresionante de opositores lo derrumbaron en las recientes elecciones en ese país el domingo pasado. En todo este tiempo Orbán había instaurado un régimen autoritario, el cual acabó con la separación de poderes, característica de toda democracia liberal, de la cual se valió para fundar un sistema iliberal, ejemplo para los autoritarismos populistas extremos del mundo entero. Esta elección expresa un clamor supermayoritario de húngaros, compartido por muchos millones en el resto de Europa y el mundo. La coalición que llevó al conservador Peter Magyar y a su joven partido, Tisza, a la victoria está compuesta por una variedad heterogénea de población: izquierda, conservadores, liberales y exsimpatizantes de Fidesz, el partido de Orbán y al cual renunció Magyar tiempo atrás, y el mensaje es muy claro. Prometió un país en el que todos puedan vivir libremente, restablecer los contrapesos constitucionales y hacer que Hungría sea un socio sólido de la OTAN y la UE. Se trata del fin de un modelo de gobernanza antidemocrático que le hizo mucho daño a Europa y a los húngaros, toda vez que, a raíz de sus persistentes boicots a la Unión Europea (sobre todo en lo que se refiere al apoyo del bloque comunitario a Ucrania en su guerra contra el invasor ruso), debilitó su posición frente a Rusia y Vladimir Putin, a quien Orbán servía transmitiéndole información clasificada de la UE. Todo un espía prorruso al servicio de Moscú. Hoy en día el secretario de relaciones exteriores de Orbán es acusado de ejercer como punto de conexión en esta operación de espionaje. Al mismo tiempo que Orbán fungía como agente de Putin, también fue un aliado favorito de Donald Trump, quien admiraba el modelo político de Orbán y protegía a cada oportunidad. La última ocasión en que esto ocurrió fue cuando Trump envió a su vicepresidente, JD Vance, a apoyarlo abiertamente en el preámbulo de la elección. Ningún intento de apoyo de ambos fue suficiente para mantenerlo en el poder, habiendo quedado en total ridículo en ese empeño.

Así las cosas, el resultado electoral en Hungría representa un aire para Europa, con la que Orbán se confrontó durante todo este tiempo. Y es muy probable que pronto, una vez que Magyar tome el poder, Hungría pueda recuperar los 18 mil millones de euros de fondos de cohesión que la UE le había congelado debido a sus repetidas violaciones de las libertades políticas y la persecución indiscriminada de los migrantes en territorio húngaro, la manipulación de las circunscripciones, la compra descarada de votos, así como reprimir la libertad de prensa (Magyar acusa que la televisión y la radio estatales han sido órganos de “propaganda” de Orbán). Al mismo tiempo, sin Orbán, la ansiada autonomía estratégica europea va a ser más sencilla. Magyar ha prometido, en su discurso de victoria, reorientar las políticas europeas de Hungría. La victoria de Magyar lo convierte en un contramodelo, en una especie de paradigma de cómo derrotar a uno de los populistas más exitosos del mundo. Este resultado no hubiera sido posible sin el consenso social de los húngaros, quienes demostraron una unidad sorprendente si atendemos al hecho de que Orbán había secuestrado el carácter democrático de las elecciones, sembrando desánimo entre los electores húngaros en procesos electorales previos.

Si bien es cierto que el sistema puede transformarse y lograr un cambio de régimen (rendszerváltás); el apoyo popular es tan contundente que todo indica que sí podrá: Tisza obtuvo más de 53% del voto, ganó 95 de los 106 distritos y se quedó con 138 de los 199 escaños del Parlamento, además, la participación fue de casi 80%. Hungría fue uno de los primeros países en sacudirse la tutela de Moscú en 1989, pero también fue en 2010 el primero en caer en un populismo que socavó la democracia liberal, imponiendo un sistema iliberal antidemocrático. Está por verse si ahora Hungría puede salir airoso de esta situación y desmantelar el régimen opresivo que Orbán instaló y recuperar su lugar en el seno de la UE y poder, así, lograr un avance económico y político que honre la clara voluntad de cambio que ordenó la sociedad húngara a través de su voto, a la vez sentar un precedente para aquellos países que hoy sufren el autoritarismo de populismos nacionalistas de cualquier credo ideológico.