Sueño de una noche de Año Nuevo

Cierta noche soñé o creí soñar que me encontraba en una fiesta de fin de año. La muy clásica de nuestras costumbres. Lo único extraño es que nuestro anfitrión era, ni más ni menos, que el Presidente de México

¿Será que hemos vivido un año de surrealismo tan dramático que el ensueño es una de nuestras pocas realidades? Es el caso que cierta noche soñé o creí soñar que me encontraba en una fiesta de fin de año. La muy clásica de nuestras costumbres.

Lo único extraño es que nuestro anfitrión era, ni más ni menos, que el Presidente de México. Pero no el actual presidente Andrés Manuel López Obrador ni algún presidente del pasado, bien fuera Enrique Peña, Felipe Calderón, Vicente Fox, Carlos Salinas o Miguel Alemán. Era una extraña combinación de muchos de ellos. Una bien lograda mezcla de las cualidades que han tenido o deseado tener.

Porque todos han tenido virtudes, así como todos han tenido defectos, aunque no siempre oportunas.

Desde hace tiempo ya no pedimos mucho. Salud, bienestar, vida, amor y paz. Para nuestros compatriotas pediríamos empleo, ingreso, esperanza, alegría y confianza. De nuestros gobernantes requeriríamos comprensión, respeto, cumplimiento, seriedad y majestad.

Pero, regreso a mi fiesta onírica y recuerdo que lo más extraño fue que, al momento del cambio de año, con el sonido de las doce campanadas, el presidente-anfitrión devoraba cada uva mientras que los invitados le deseábamos un parabién.

Casi olvido decir que en mi sueño había una especie de magia, pues esos buenos deseos, para la buena fortuna de la nación, siempre se cumplían. Venturoso sortilegio de mi ensoñación feliz.

Así, para comenzar, todos le desearon al presidente-anfitrión que tuviera el carisma y la aceptación que convirtió en leyenda a John Kennedy. Eso ya fue un buen comienzo. Segundo, que fuera tan obedecido, con el agrado de su pueblo, como los chinos obedecieron a Zhou Enlai. Tercero, que en todo momento difícil se le brindara la comprensión que le tuvieron a Gandhi. Cuarto, que alcanzara el respeto de su pueblo como lo hizo Nehru. Quinto, que los mexicanos lo quieran tanto como quisieron a López Mateos. Sexto, que lograra el éxito que casi siempre tuvo Nikita Krushchev.

Cuando llegamos a la media docena de regalos ya aquel hombre parecía un semidios, pero no por adulación, sino por equipamiento real. Carismático, obedecido, comprendido, respetado, amado y exitoso. Nada mal para un principio de año. Pero vino el segundo episodio, el cual prometía beneficios mayores.

Séptimo, que la victoria lo acompañara como a Álvaro Obregón, ese Aquiles mexicano que nunca fue derrotado. Octavo, que ejerciera el liderazgo que supo desplegar Franklin Roosevelt. Noveno, que tuviera la vista de Richard Nixon, para no perder detalle alguno. Décimo, que lo protegiera la visión de Winston Churchill para ver lo que viene, pero que todavía no llega. Undécimo, que tuviera la videncia de Plutarco Elías Calles para ver lo que los demás no pueden ver. Duodécimo, que alcanzara la gloria de Charles De Gaulle, ese mesías francés, para llevarnos hasta donde no podríamos llegar solos.

Ahora, el anfitrión ya era, además, invencible, caudillo, visionario, vidente y glorioso.

Por eso, cuando enmudeció el reloj, se vació el uvero y se silenciaron los deseantes, el presidente ya era un verdadero dios. Oro, incienso y mirra hubieran sido poco regalo para tal majestad. Pero, entonces, vino un encore. Tanta felicidad tenía una sola condición. El destino regalaría los doce bienes solicitados, pero sólo uno de ellos en cada mes. El gobernante quedaba obligado a aplicar toda su inteligencia, toda su serenidad y toda su paciencia para escoger el preciso momento de aprovechar cada uno de ellos.

No gastar la gloria cuando lo que se requiriera fuera un simple éxito. No utilizar la videncia en un asunto de mera vista. No confundir la obediencia con el liderazgo ni el afecto con el carisma. No enmarañar el respeto con la victoria.

Cuando desperté comprendí que el gobernante de mi sueño había sido un elegido para gozar de los grandes privilegios de los dioses. Tan sólo estaría obligado a aportar las pequeñas virtudes de los hombres. Muchas veces dilapidamos nuestras fortunas, nuestros poderes y nuestras posiciones por no saber para lo que sirven o el momento para utilizarlos.

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