Política ficción y realpolitik

Desde hace tiempo afirmé que muchos mexicanos están soñando con lo que no existe. Por eso me preocupa que, al despertar, se vayan a encabritar en contra del gobierno. Todos los pueblos sueñan. Por eso, sus gobiernos requieren administrar una “política nacional de sueños”. Esto no es una ingenuidad ilusa, sino la crudeza y el cinismo de la realpolitik, la única en la que creo.

La realidad recomendaría al futuro gobierno sólo dos métodos para con los mexicanos. Uno, despertarlos ya, para que no sueñen. Otro, sedarlos prolongadamente para que despierten hasta el próximo sexenio. Para lo primero se requiere mucha valentía. Para lo segundo se necesita mucha inteligencia.

Si yo tuviera que mostrar ejemplos diría que Ernesto Zedillo, Miguel de la Madrid, Gustavo Díaz Ordaz y Adolfo Ruiz Cortines nos despertaron bruscamente y que Carlos Salinas, José López Portillo, Luis Echeverría, Adolfo López Mateos y Miguel Alemán nos adormecieron largamente. Pero todos, como políticos realistas, asumieron y aplicaron su propia política nacional de sueños.

Trataré de explicarme. Existen algunas naciones, como Inglaterra e Italia, que guardan su ideal nacional en lo que fueron. Se regocijan más con su pasado que con su presente o con su futuro. De manera ineludible casi siempre piensan en el Imperio Romano y en el Victoriano. No pueden olvidar que le dieron al mundo occidental desde su lengua hasta su visión de la vida.

Hay otras que, por el contrario, tienen un mayor disfrute con un ideal del porvenir que con lo que son o lo que han sido. La plenitud la encuentran en una grandeza nacional que todavía no llega. Entre ellas, me refiero a Francia y a Alemania.

Por último, hay algunas cuyo ideal se encuentra en lo que son en el presente, más allá de lo que sueñen para el porvenir o de lo que recuerden de su devenir. Aquí anoto a España y a Estados Unidos, muy complacidos con su ser actual y no tan sólo con lo que recuerdan ni con lo que esperan. Su supremo ideal consiste en lo que ya son y no en lo que fueron ni en lo que serán.

Por otra parte, creo que entre los latinoamericanos se presenta un mapa de ideales muy similar al que he reseñado de los europeos y norteamericanos. Se me ocurre que Chile es, en este sentido, como Francia y Alemania. Sueña más con un ideal futuro que con el pasado o con el presente. Me parece que Argentina sigue ensoñada con un pasado que ya se fue y que, quizá, nunca retornará. Un poco así les sucede a Inglaterra y a Italia. Por último, pienso que Brasil encuentra un enorme placer en su presente más que en otras coordenadas temporales. En esto se asemeja a los estadunidenses y a los españoles.

Esto nos presenta advertencias reales que, a su vez, nos obliga a prevenciones reales. No hay la menor duda de que son varios los millones de mexicanos que, por una parte, sueñan con un futuro nacional grande, ineludible e infalible, tal como lo hacen los chilenos, los franceses y los alemanes. No digo que son ingenuos ni ilusos. Son mexicanos esperanzados y optimistas que creen en una futura salvación nacional donde todo será mejor.

Pero, por otra parte, existen otros varios millones de mexicanos que sienten que nuestro pasado nacional fue lo mejor que pudimos tener y que éste es irrepetible, aunque inolvidable. No digo que sean mexicanos amargados ni catastrofistas. Yo diría que son mexicanos orgullosos y melancólicos que piensan, como los argentinos, los italianos y los ingleses, que nuestra mayor gloria ya pasó.

Pero, por debajo de esta formulación intelectual contrapuesta, aparece una realidad terrible y, por añadidura inevitable cuyo simple enunciado es de la mayor severidad política y debiera ser la principal preocupación de nuestros gobernantes. Esos millones de mexicanos que sueñan unos con el futuro y otros con el pasado constituyen una abrumadora mayoría que concuerda en una coincidencia terrorífica. A casi todos los mexicanos no les gusta nuestro presente, no les gusta nuestra pobreza, no les gusta nuestra inseguridad, no les gusta nuestra justicia, no les gusta nuestra diplomacia, no les gusta nuestra política y, por último o por principio, no les gustan nuestros gobiernos.

Mientras puedan se refugiarán unos en el pasado, otros en el futuro, algunos más en otro país, quizá algunos en otra dimensión. Pero, cuando ya no puedan encontrar algún refugio, ¿hacia dónde y contra quién se volverán? Para ese entonces, ¿quiénes son los que habrán de refugiarse de su desesperanza, de su desesperación o de su rabia?

Ésta es una advertencia que nos hace la política real. La que no se engaña con estadísticas. La que no se ensueña con discursos. La que no se estafa con ceremonias. La que sabe distinguir la realidad de la ficción.

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