La justicia y la tormenta
Ha sido una constante que los sistemas de justicia se vean acosados en todo el mundo. Los aprieta el presupuesto, los limita la legislación, los domina el Ejecutivo, los denuesta la opinión pública, los critica la academia, los presiona la sociedad y los amenaza la contraloría
Asistí al informe de Ricardo Sodi como presidente del Tribunal de Justicia del Estado de México. Mientras escuchaba su reseña de logros muy meritorios, me invadieron muchos pensamientos. Algunos, como recuerdos. Otros, como presentimientos. Quizá, también, como desasosiegos. Por fortuna, nunca me abandona la esperanza.
Su mandato comenzó al tiempo de una pandemia y todo lo que hubo que hacer. Y termina al momento de una reforma y todo lo que habrá de perecer. En aquello, lograron no suspender el servicio. En esto, tendrán que lograr no suspender la encomienda. No fueron ni serán tiempos fáciles, pero tampoco fueron ni son gobernantes frágiles.
Sodi no se esforzó por la estadística, sino por la justicia. Porque, en el fondo de cada expediente, no hay cifras, sino vidas. Por eso, su obra fue exitosa. Yo soy mexiquense y debo confesar que mucho presumo ante mis colegas de otras entidades. Y no es para menos. No sólo por lo realizado sino, además, por lo legado. Dejan, para el futuro, una buena riqueza de leyes y de enseñanzas que están a disposición de todos los estados. Tan sólo menciono un modelo de Código Penal que es para imitar en México y hasta para exportar a los países amigos.
Ha sido una constante que los sistemas de justicia se vean acosados en todo el mundo. Los aprieta el presupuesto, los limita la legislación, los domina el Ejecutivo, los denuesta la opinión pública, los critica la academia, los presiona la sociedad y los amenaza la contraloría.
Por si fuera poco, los juzgadores están mal remunerados y, casi siempre, quedan esterilizados para la vida litigiosa o para la carrera política. Por regla general, al juez sólo le esperan tres caminos: proseguir el tribunal, asilarse en la universidad o refugiarse en el retiro. Nunca reciben ni aplausos ni condecoraciones ni homenajes. Nunca los invita a trabajar ni el alto gobernante ni el alto magnate.
Les tengo mucho respeto y mucho aprecio. Soy hijo y padre de jueces. Muchísimos de mis amigos más queridos también lo son o lo han sido. Yo nunca lo fui. Cuando pude, no quise y, cuando quise, no pude. Pero la mitad de mi vida profesional he sido acusador y la otra mitad he sido defensor. Casi siempre he tenido mucho éxito y se lo debo a jueces honestos, sabios y valientes. Nunca al poder político de mis jefes ni al dinero dadivoso de mis clientes.
Fuera de lo penal, en juicios de control constitucional muchas veces fui abogado del Presidente de México y muchas otras fui su contrario. Pero siempre vencí y siempre se lo debí a la justicia mexicana, de la que estoy muy orgulloso. Porque vale decir que, aunque muchos lo duden, también los abogados podemos ser conocedores, honestos y valientes.
Todo esto lo relato tan sólo para dar fe de mi reconocimiento a la labor del presidente de la justicia mexiquense. Soy tigre de muchos años y siempre vividos en la misma selva. Conozco todos los sonidos y reconozco todas las sombras. Hablo de lo que me consta porque no soy “testigo de oídas” ni habitante de bibliotecas ni merolico de dicentes.
Las instituciones mexicanas han podido resistir todas las crisis sucesivas a las que se les ha sometido, pero nada nos asegura que pudieran resistir todas esas crisis de manera simultánea. La historia nos ha mostrado a gobiernos y a gobernantes que funcionan muy bien en las crisis. Otros gobiernos y gobernantes que funcionan muy bien en las lisis. Y gobiernos y gobernantes que no funcionan bien ni en las crisis ni en las lisis.
Ricardo Sodi ha dejado en claro que hoy, más que nunca, la justicia requiere acompañarse de fortaleza, de prudencia y de templanza porque se pervierte cuando se hace cómplice con los falsos símiles de aquéllas. Ni con la simple fuerza, que aparenta ser auténtica fortaleza, pero no lo es. Ni con el puro temor que pretende disfrazarse de genuina prudencia, pero no lo es. Ni con la mera abstención, que se engalana como si fuera templanza verdadera, pero no lo es.
