Juegos, juguetes y jugadores
No se debe jugar con los maximatos, como lo hizo Plutarco Elías Calles. Condenó a todos los futuros presidentes mexicanos. Ninguno se ha salvado en el pasado y yo creo que ninguno se salvará en el futuro. Le costó el exilio.
Hace unos días, un inteligente político amigo mío me invitó a repetir que mi padre decía que los presidentes podían jugar con todo, menos con tres cosas. No se juega con la Constitución Política. No se juega con el Ejército Mexicano. Y no se juega con el Banco de México.
Con el tiempo, pude escuchar, pude leer o pude ver lo que le pasó a Victoriano Huerta por jugar con la Constitución. Su culpa provocó nuestra peor guerra civil, con un millón de muertos y tres presidentes asesinados. Para restaurarnos tuvimos que pelear, que morir, que reconciliar y hasta hubo que expedir otra Constitución. Hubo que pagar el juego.
Lo que le pasó a Gustavo Díaz Ordaz por jugar con el Ejército lo comprometió en un conflicto que no era militar ni requería de la fuerza armada. Tlatelolco no se olvida. Las heridas ya no sangran, pero las cicatrices no se han borrado. Hubo que pagar el juego.
Y lo que le pasó a Luis Echeverría por jugar con el Banco de México. Eso de que las finanzas públicas se manejan desde Los Pinos. Eso de que nuestra moneda se sostiene en el petróleo. Eso de que vale más la palabra presidencial que la reserva monetaria. Eso de que los estadunidenses nos necesitan más a nosotros que nosotros a ellos. El pueblo tuvo que pagar el juego con 20 años de estrechez y de pobreza.
La historia todavía no termina de cobrárselos y todavía les faltan 100 años para que su pueblo se olvide de sus juegos. Ellos se fueron a su exilio, a su soledad o a su tormento. Pero los mexicanos nos quedamos restaurando lo que rompieron y lo que descompusieron.
Con la más sana intención aclaro que las palabras de mi padre no fueron hechas para charla familiar con el niño que era yo, sino de alta política para tres presidentes que gustaban de escucharlo, sobre todo en los momentos difíciles. No tengo la pedantería tan odiosa para decir que los convencía, pero sí la información tan suficiente para decir que coincidían.
A esos tres presidentes les fue muy bien en su mandato y les fue muy bien en la historia. Los tres respetaron la supremacía de la Constitución, la institucionalidad del Ejército y la independencia de Banxico. Los tres entregaron un buen Estado de derecho, una buena solidez política y una buena estabilidad económica.
Pero, además, la vida me ha permitido ver, leer o escuchar que hay muchos otros juguetes presidenciales prohibidos. No se debe jugar con la reelección, como lo hizo Álvaro Obregón. Es cierto que lo asesinó un cristero, pero también es cierto que ya había malestar entre los suyos. Le costó muy caro.
No se debe jugar con los maximatos, como lo hizo Plutarco Elías Calles. Condenó a todos los futuros presidentes mexicanos. Ninguno se ha salvado en el pasado y yo creo que ninguno se salvará en el futuro. Le costó el exilio.
Tampoco se debe jugar con Estados Unidos, como lo hizo Santa Anna. Menospreciando el asunto de Texas, ninguneando a Moses Austin y cometiendo el más grande error de la historia mexicana. Le costó la mitad de México.
Estados Unidos y Europa nos enseñan que no se juega con la mafia, como algunos dicen que lo hizo John F. Kennedy. Hay alguna teoría que liga lo de Sam Giancana, lo de Judith Campbell y lo de Dallas. Le costó la vida. No se juega con la opinión pública, mintiéndole como lo hizo Richard Nixon. Watergate, The Washington Post y grabaciones secretas. Le costó la Casa Blanca.
No se juega con las consultas populares, como lo hizo Charles de Gaulle. Le costó la presidencia. No se juega con Rusia, como lo hizo Adolfo Hitler, cometiendo el más grande error de la historia alemana. Le costó la derrota y la humillación.
No se juega con la UNAM ni con el IMSS ni con la Suprema Corte. No se debe jugar ni con los pobres, como lo hizo Fulgencio Batista, ni con los ricos, como lo hizo Salvador Allende, porque tanto los primeros como los segundos pueden ser muy peligrosos, cada uno a su propia manera y con sus propios métodos.
En la política hay juegos indebidos, hay jugadores impedidos y hay juguetes prohibidos.
