Cuando el circo es lo más serio

La seriedad es la única alta política. La seriedad es indispensable en todo político profesional y en toda política de gobierno. Que sean de-a-de-veras y no de-a-mentiras. Que su palabra tenga un valor de escritura notarial y no de papel de baño.

No quisiera decir que la política mexicana no es seria, pero muchos afirman que no lo es y no se encuentran razones suficientes para desmentirlos. No hay seriedad en la política interior ni en la exterior ni en la educativa ni en la de salud ni en la de justicia ni en la del empleo ni en la del desarrollo ni en la de libertades ni en la de equilibrios.

No hay seriedad en el Congreso de la Unión, ni en la Suprema Corte, ni en el instituto electoral, ni en Sinaloa, ni en 15 o 20 gobiernos estatales. No hay seriedad en los drenajes, ni en el agua, ni en los ferrocarriles del Estado, ni en las refinerías, ni en la infraestructura. No hay seriedad en las reformas constitucionales.  

Es cierto que en todos nuestros gobiernos han existido imperdonables frivolidades circenses. Pero en cada uno de ellos, sin excepción, también hemos encontrado 20 logros que ingresaron a nuestra historia. Sin embargo, en los últimos regímenes no se encuentran esos 20 logros ni 15, ni 10. ¡Vamos, ni siquiera cinco! Tan sólo encuentro uno solo, pero tan emporcado por ellos mismos que lo malograron.  

Lo diré muy claro con un solo dato. En México, el crimen ha medrado porque es una organización seria mientras que la ley ha fracasado porque no ha sido seria. En el lado de los gángsters, el que no cumple se muere o desaparece. En el lado de la ley, el que no cumple se ríe o asciende.

En el circo, cuando no son serios, se mueren el domador, el trapecista y el pirómano. Entonces, los payasos entran de inmediato para distraer a los niños. En el circo, son serios desde la bailarina sobre el caballo, hasta el mozo que cierra las jaulas. En el circo, los payasos son muy serios. En la política, los payasos son muy repugnantes.    

Aclaro que soy de la juventud del 68 y, por eso, me gustan la libertad, la tolerancia y la paz. Por las libertades luchamos hasta contra los presidentes. Pero, por ser de esa generación, me gusta la seriedad. Aprendí, muy bruscamente y muy dolorosamente, que la política es una bebida muy fuerte y que es algo demasiado serio. Vi cómo los que perdieron, se murieron y vi cómo los que ganaron, se destruyeron.

La seriedad es el continente donde se resguardan los contenidos más valiosos del quehacer político, representados por los sentidos del honor, de la realidad, de la prudencia, de la paciencia, del tiempo, de la amistad, de la sinceridad, de la discreción, del desinterés, de la generosidad, de la gratitud, de la lealtad, de la humildad, de la responsabilidad, del deber, de la respetabilidad y de la autoridad.

Por los sentidos de la seguridad, de la sobrevivencia, de la dignidad, del ridículo, de la sensibilidad, de la identidad, de la personalidad y de la pertenencia. Por último, sólo me quedaría mencionar dos que me resultan básicos. El sentido de la verdad y el sentido de la vida.

Sin seriedad puede surgir el falso líder. El que se dice o se cree líder pero que no lo es. Estos falsos líderes pueden identificarse por sus costumbres. El líder cobarde usa escondite. El líder ratero usa antifaz. El líder traidor usa máscara. El líder tarugo usa babero. El líder perverso usa puñal. El líder servil usa trapeador. Y el líder cínico usa aplausos.

Los líderes sin seriedad son los que destruyen instituciones, los que atrofian sistemas y los que postergan generaciones. Los que ceden espacios irrecuperables a la pobreza, a la inseguridad, a la injusticia, al desempleo, a la enfermedad, a la desesperación y a la desesperanza.

En fin, la seriedad es un reino muy importante. Pero tiene muchas fronteras que lo asedian, muchos conspiradores que lo amagan y muchas exigencias que lo agobian. El respeto es su arma más potente y su más fuerte escudo.