Colisión de poderes o choque de trenes

Desde joven, he creído que los poderes equilibrados fortalecen el sistema político, siempre y cuando ese equilibrio sea real y no ficticio. La calidad de los sistemas políticos no reside en su ideología, sino en su veracidad

La soberanía, la democracia, la libertad y la justicia son buenas cuando son verdaderas y son pésimas cuando son de-a-mentiras. Por eso, en muchas ocasiones ha sido mejor la dictadura verdadera que la libertad mentirosa.

El nazismo del Tercer Reich me resulta repugnante, pero tengo que reconocer que fue verdadero, no como el fascismo del Duce. El capitalismo estadunidense no resulta aceptable para muchos, pero debemos admitir que es verdadero, no como el de Perón. El comunismo chino no lo quisiera para mi país, pero debo aceptar que ha sido verdadero, no como el de Idi Amín. Quizá por eso, Platón dijo que lo único peor que la injusticia es la justicia simulada.

Así sucede con la dictadura. Cuando es falsaria es más repugnante e inaceptable que cuando es real. El dictadorzuelo que se disfraza de hombre fuerte, que engola la voz y que promete el reinado del orden o el imperio de la ley, pero que no puede ni con las manifestaciones callejeras.

Lo ideal es tener buen gobierno y buena oposición. Lo catastrófico es que ambos sean pésimos. Lo intermedio es que sólo sirva uno de ellos. Si el gobierno es muy eficiente, no es tan grave la impotencia de la oposición. Pero si el impotente es el gobierno, la única salvación reside en la oposición.

La oposición es, incluso, de lo mejor que puede tener un gobierno. Ella lo impulsa ante sus negligencias, lo contiene ante sus excesos y lo guía ante sus extravíos. Es el mejor motor, el mejor freno y la mejor contraloría del gobernante. Le da lo que, muchas veces, no le surten ni los leales ni los serviles. Le informa de lo que él no advierte o de lo que no previene. Es el vigía de mástil que le avisa si viene la tormenta, el iceberg o el enemigo.

Pero este binomio tiene cuatro amenazas que lo ponen en riesgo. Una es que el gobierno quiera aliar a la oposición, convirtiéndola en colaboradora, privándola de ser opositora. La otra es que la oposición no sea recia o inteligente. Ése es el peligro que al mal gobierno se sume la mala oposición.

La tercera es que el gobierno sea inexperto e improvisado. Que no cuente con aquellas memorias, buenas o malas, que se llaman experiencia. De esa manera llega a cosechar el reproche y la desilusión y a contestar con el enojo y la desconfianza.

La cuarta es que la oposición, a su vez, también tenga mucho de inhábil y desmañada. Que no haya aprendido a denunciar con acoso y constancia. Que le parezca poco elegante el ser insistente. Que no formule la propuesta concisa y atrayente. Que lo sencillo le parezca ligero. Que prefiera la alianza con el gobierno que con los otros opositores.

El poder absoluto termina volviéndose frágil y pierde su fortaleza. Mientras más absoluto, más expuesto queda a la fragilidad. Lo que más fortalece a un poder grande es la oposición. Pero donde ésta ha sido borrada, reprimida o extinguida, el poder fuerte queda sin contrapeso y sin defensa. Por eso, todas las dictaduras absolutas han terminado por sucumbir ante sí mismas. La porfirista, la zarista, la soviética y muchas más. Recurro a un ejemplo que me parece infalible: la Revolución Francesa.

Ésta comenzó inspirada por ideales de igualdad y de libertad. Las ideas de los enciclopedistas fueron la inspiración de los Estados generales, sistema incluyente y equilibrador de las fuerzas dominantes en ese momento. Pero una de esas fuerzas, los jacobinos, terminó por imponerse a las demás, no sólo desmedidamente, sino hasta despiadadamente. El terror y la ejecución aniquiladora de todos sus opositores desbarató y desarmó a la revolución.

Ésta pronto dejaría de ser igualitaria y liberal, y hasta dejó de ser jacobina. Esa revolución idealista y envidiable fue sustituida por una represión intolerante y tiránica, por un directorio guango y bofo, por un consulado impositivo y faccioso para, por último, dar paso a un imperio impetuoso y vanidoso.

El resultado político fue una catástrofe para Francia. Las prerrogativas de la Revolución se cancelaron y demoraron 100 largos años para establecerse en Francia, mientras ya habían alumbrado a muchos países, principalmente a nosotros, los americanos.

¡Qué historia tan triste y tan absurda! ¡Qué fiasco y qué fracaso! Pero nadie aprende en cabeza ajena. A pesar de esa advertencia de la historia, habrían de entronizarse múltiples dictaduras en todos los continentes. Son muy pocos los pueblos que, en los recientes 150 años, se han salvado de contraer la enfermedad de la tiranía.

Y hoy, que la humanidad creía estar muy cerca de la libertad y de la igualdad, resulta que muchos países en encuentran muy cerca de la dictadura o ya no cerca, sino dentro de la tiranía.

Presidente de la Academia Nacional de México

Twitter: @jeromeroapis

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