Caja de sorpresas
Por razón aristotélica o por sortilegio milagroso, cualquiera podría ganar la banda presidencial. A unos los apoya el gobierno y sus partidarios. A otros, los apoya el antigobierno y los opositores. Yo diría que están muy parejos. Todos tienen posibilidades. La historia y el futuro están llenos de maravillas políticas.
En memoria de Porfirio Muñoz Ledo.
La vida electoral parece una caja de sorpresas, pero no lo es. Por eso no debe sorprendernos que se hayan apuntado Silvano Aureoles, Santiago Creel, Marcelo Ebrard, Xóchitl Gálvez, Adán Augusto López, Enrique de la Madrid, Ricardo Monreal, Beatriz Paredes, Claudia Sheinbaum y otros 10, en alfabeto.
Por razón aristotélica o por sortilegio milagroso, cualquiera podría ganar la banda presidencial. A unos los apoya el gobierno y sus partidarios. A otros, los apoya el antigobierno y los opositores. Yo diría que están muy parejos. Todos tienen posibilidades. La historia y el futuro están llenos de maravillas políticas.
Un breve ejercicio de memoria histórica nos sería muy útil. Tres días antes de su postulación, Ernesto Zedillo tan sólo aspiraba a ser el secretario de Hacienda de Luis Donaldo Colosio. Pero pasó lo que pasó y se convirtió en lo que no buscaba y ni siquiera soñaba, sin pronósticos y sin encuestas. Pero lo mismo sucedió con Adolfo López Mateos. Tres horas antes de que se anunciara su invencible candidatura, ni él mismo se consideraba con posibilidad alguna ni la ciudadanía lo conocía.
México no es el único país con maravillas electorales. Recordemos un poco del país vecino. En 1960 era una locura pensar en las posibilidades presidenciales de John F. Kennedy. Pero los demócratas más fuertes no quisieron ser candidatos ante la sólida suposición de que Richard Nixon sería el candidato invencible de los republicanos. Así pues, la candidatura demócrata estaba tirada en el suelo. Kennedy tan sólo la levantó y alzó su mano solitaria. Arthur Schlesinger y Theodore Sorensen se aplicaron a inventar la imagen y la leyenda. El resto es historia.
Más tarde, en 1968, Robert F. Kennedy era la única apuesta segura. El Partido Republicano estaba noqueado después del vergonzoso descalabro de 1964. Pensaban en competir tan sólo para una digna derrota, aunque no se soñaban ganadores. Repetir el 64 sería acercarse a la desaparición.
Por eso, el alto mando republicano decidió que el único candidato para la honrosa derrota podría ser Richard Nixon, quien se negó de mil maneras. Nelson Rockefeller lo obligó a aceptar. El resto es historia conocida. Un demente asesinó a Bobby y Nixon entró a la Casa Blanca caminando y sin despeinarse.
En otras latitudes, dos semanas antes de su alumbramiento, Winston Churchill y Charles de Gaulle vivían arrumbados en sus casas pueblerinas. Yo recuerdo que tuve a Ronald Reagan como un ameno vecino de vuelo, dos años antes de que él ya viajara en su avión presidencial.
Por eso se ha supuesto que existe la caja de sorpresas y el escapulario de milagros. Pero, si hablamos con seriedad, nadie puede decir que algún aspirante está fuera de combate. Entre los oficialistas, será candidato el que decida quien decide y entre los opositores será candidato el que decidan los aliancistas. No hay rain check, así que todos se alinean y se callan. Desde luego, los illuminati piensan mucho en los méritos. Yo tan sólo pienso mucho en los números.
Ya he dicho en diversas ocasiones que para ganar la Presidencia se requieren 25 millones de votos. Cualquiera de los mencionados los podría lograr. Ésa es la buena noticia para los contendientes. La mala noticia es que cualquiera de los otros también los podría lograr. Los electores no estamos escriturados de antemano. Tenemos un año para decidir a quién le colocaremos la corona de México.
Son nueve las voluntades que alinearán a los astros en favor del elegido. El gran-elector de los oficialistas, las cúpulas partidistas de los oposicionistas, las circunstancias de la época, el entusiasmo de los electores, la extensión de las campañas, los golpes para las colas largas, la resistencia de cada contendiente, la estrategia de sus managers y la suerte de sus amuletos.
Mientras tanto, recordemos que en la política no hay sorpresas, sino sorprendidos. No hay engaños, sino engañados. Y no hay confusiones, sino confundidos.
