Abogacía de entreguerras
Todavía existen muchos millones de mexicanos que no son federalistas y que proponen legislaciones uniformes, autoridades únicas y que los gobiernos federados se convirtieranen delegaciones federales
Antes de entrar en materia, quiero externar mi personal gratitud al Poder Judicial mexiquense, que dignamente preside Ricardo Sodi, por haberme conferido la Presea al Mérito en Derecho Penal, la cual me fue entregada por el gobernador Alfredo del Mazo. Desde siempre, la vida me ha compensado la pobreza de mis méritos con la grandeza de mis amigos y me ha convencido de que es mejor tener amigos que tener méritos.
Me gustó que un tribunal de justicia dedicara una ceremonia en honor de los abogados. Lo de siempre es que los abogados rindan homenajes a los tribunales. Pero esta ocasión es digna de honor para el propio tribunal. Que proclame públicamente que, fuera de sus filas, también hay alteza, honor y sabiduría. En realidad, al rendirles tributo dejan constancia de que ellos mismos atesoran los valores humanos y profesionales.
Los abogados mexicanos han vivido etapas muy difíciles, por lo menos en los más recientes cien años. Han tenido que trabajar como se hace en entreguerras. Han estado en las reconstrucciones de lo que destruimos y, al mismo tiempo, edificando las que hemos aspirado y no hemos satisfecho. Además, se han enfrentado a tres factores que complican la ecuación: el espejismo, el escapismo y el malabarismo.
A través de los tiempos hemos ido ganando las guerras del federalismo, de la democracia, del liberalismo, del constitucionalismo, de la soberanía, de la justicia y de la equidad. Pero eso es un espejismo, un escapismo y un malabarismo porque todavía existen muchos millones de mexicanos que no son federalistas y que proponen legislaciones uniformes, autoridades únicas y que los gobiernos federados se convirtieran en delegaciones federales.
Que se dicen demócratas pero que reniegan del pluralismo ideológico, del pluripartidismo electoral, de la convivencia pacífica y del contrapeso congresional.
Que no son liberales y que no aceptan el respeto del gobernante hacia el gobernado, ni la libertad de pensamiento ni la de creencias ni la de expresión. Que no son constitucionalistas y que prometen derruir las instituciones, comenzando por las garantías constitucionales, incluyendo las de la libertad, las de la propiedad o las de la vida. Existen millones de mexicanos que se fingen devotos de la soberanía, de la justicia y de la igualdad, pero que realmente no creen en ellas ni las desean.
Pongo un ejemplo con el federalismo. El artículo 116 constitucional no encuentra una fácil explicación dentro de una constitución que se ostenta de federalista. Pero resulta una contradicción muy fuerte lo dispuesto por el artículo 40 cuando establece, de manera terminante, una república federal compuesta por estados libres y soberanos en todo lo que concierne a su régimen interior versus este artículo 116 destinado, precisamente, a establecer la regulación básica del régimen interior de esos estados ni tan libres ni tan soberanos. El artículo 40 dedica un solo renglón a proclamar el federalismo y el artículo 116 dedica 18 párrafos a desmantelarlo.
Es una vergüenza que urge corregir. Si asistiéramos a una convención internacional de federalistas, ese artículo 116 mexicano nos apenaría mostrarlo a los federalistas estadunidenses, a los brasileños, a los argentinos y a los alemanes. ¡Vamos! Yo me avergonzaría de mostrárselo hasta a los federalistas rusos. Ninguna de sus constituciones tiene algo tan abominable. Aclaro que el tribunal mexiquense ha alzado su voz en este sentido, pero ellos no pueden reformar nuestra Constitución.
No es fácil entender un país que discute durante meses una reforma electoral y que tiene muy pocos demócratas. Es muy duro decirlo y es más duro aceptarlo, pero nuestros gobiernos y nuestras clases políticas habrán tenido sus méritos, pero no han sido demócratas. O lo aceptamos o nos seguiremos engañando.
Es mucho lo logrado, pero todavía no llegamos a una victoria final. Muchos se nos oponen y son reacios y recios. Sus voces, en ocasiones, se esconden atrás de un membrete, de una campaña, de un cartel, de un muro o de un seudónimo.
