Equidad de género vs. cuota de género

La equidad de género es un principio de justicia real. La cuota de género es un truco de justicia simulada. Como liberal, no acepto la injusticia de género. Como hombre, no acepto la simulación de justicia. La equidad privilegia al mérito sin importar el género. La cuota privilegia al género sin importar el mérito.

Mucho me complace que la mujer, en muchos países y en el mío, se haya incorporado al mando en casi todas las especialidades. Lo que no siempre me agrada son los motivos determinantes que impulsan su incorporación.

Ello me recuerda algo que había olvidado. A partir de la década de los 60, en Estados Unidos se inició un proceso que se llamó integración racial, como un peldaño superior a la no discriminación. Entre otras medidas laborales, se estableció la obligación de designar una fracción de afroamericanos en los cargos directivos y gerenciales.

En muchos casos el resultado fue de lo más humillante. Se designaron gerentes y directores que no desempeñaban otra tarea que la de estar presentes para que los inspectores laborales tomaran nota del acatamiento legal. Pero nada de participar realmente en el mando de la empresa. Escuché la cruel expresión racista de que su trabajo tan sólo consistía “en ser negros”. Era una limosna más que un encargo. Era una cuota, no una equidad.

Por eso, hoy me parece inaceptable que a la mujer se le asigne una cuota de instalación en las oportunidades tan sólo por ser mujer y no por sus merecimientos, que pudieran ser muchos. Eso sería como decir que su único trabajo es ser mujeres. Eso sería como colocarlas en una jaula de exhibición circense para que el público espectador pudiera pasar a mirarlas y asombrarse con ello. Porque, además, muchos humanos todavía se sorprenden de que la mujer pueda escalar en la jerarquía de mando.

¡Vengan a ver a una mujer que dirige una institución! ¡No se pierdan a una mujer que es jefa de una empresa! No acepto el machista criterio de pensar que las aptitudes entre los seres humanos se reparten por virtud de sus órganos reproductivos o por el largo de su pelo o por la altura de sus tacones. Pero tampoco acepto que a algún ser humano, hombre o mujer, se le relegue por razones aritméticas y no por razones éticas.

Por eso me parece injusto y humillante que a una mujer se le coloque en sitios tan sólo para que se le vea. Para que no digan que las discriminan.

Aclaro que siempre he sido un partidario y un promotor de las causas de la igualdad de género no sólo en lo laboral sino, además, en los espacios de la política, de la economía, de la justicia, de la educación y de la familia.

He defendido y protegido a mujeres como abogado, como político, como orador y como periodista. El artículo mío que ha sido más bien recibido por mis lectores, durante mis ya 20 años en Excélsior, fue en materia de protección y dignificación de la mujer. Se llamó “Patricia” y fue publicado el 5 de marzo de 2007. Movió consciencias, movió posicionamientos y movió leyes. Sirvió para alertar a las mujeres y hasta para suprimir una propaganda mentirosa de alguna muy importante institución del Estado mexicano.

La vida ha sido generosa conmigo. He estado rodeado de mujeres valiosas, valientes y valoradas, tanto en el matrimonio, en la familia, en la abogacía, en la política y en la amistad. He sido compañero, colaborador, jefe y socio de mujeres. Nunca me han defraudado. Tengo hija e hijo, ambos abogados. Cada uno con sus aptitudes específicas y con sus cualidades distintivas. No se compiten. Se complementan. A los dos los admiro. Su género no los califica, sino sus méritos.

Cierto día, cuando integraba mi equipo de trabajo en una dependencia de gobierno, alguien me dijo que me mandaría dos mujeres “para que tuviera completa mi fotografía de equipo”. De sus aptitudes sólo me dijo que tenían buena apariencia y buen apellido. Me enojó escucharlo con tanto desprecio hacia la mujer. Pero también me enojó el pensar que a mi hija o a la hija de otros las contratarán para una foto, no como una abogada sino como una vedette. O que a mi hijo o al hijo de otros les cerrarán las puertas porque hay que satisfacer una cuota femenil.

La desigualdad de género es tan vergonzosa como la cuota de género. Es la consideración de que algunos humanos, por su género, no son humanos sino cosas y que se pueden utilizar, disponer o desechar sin otra consideración que la hipocresía, la propaganda o la conveniencia.

Nunca debiera relegarse a una mujer por el solo hecho de serlo, como tampoco debiera promoverse a una mujer por el solo hecho de serlo. La mujer está llena de dignidades, de aptitudes y de merecimientos. No es justo negárselos con la apariencia de un favorecimiento. Ya Platón decía que lo único peor que la injusticia es la justicia simulada.

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