La victoria no tiene sustituto
Sólo los insensatos se aferran a la fantasía de sus victorias ficticias. En la reciente elección mexiquense, creo que todos los contendientes ganaron algo o hasta mucho, bien sea que haya sido una contienda de candidatos, de estructuras, de grupos o de fuerzas, como cada quién lo ha interpretado.
Si se trató de una batalla de candidatos, vemos que Alfredo del Mazo ganó una gubernatura, lo cual es mucho. Pero, además, la obtuvo con casi 2 millones de votos (mdv), la segunda votación más alta en la historia mexiquense. 9% más votos que Enrique Peña y 42% más votos que Arturo Montiel. En cualquier democracia, 2 mdv lo hacen políticamente muy respetable en su partido, en su entidad y en su país.
Delfina Gómez, por su parte, logró 1.8 mdv, la cuarta votación más alta y la mejor segunda fuerza en la historia mexiquense. Al igual que su vencedor, eso la hace muy respetable políticamente, ante todos. No podrá ser “ninguneada” por alguien. Será decisiva en las muy próximas elecciones locales de alcaldes y diputados. Su pase al Senado está asegurado.
Juan Zepeda por ahí va. Más de un millón de votos es un récord perredista en el Estado de México. Gana respeto y consideración, así como su pase automático al Congreso de la Unión. Quizá, Josefina Vázquez Mota también ganó algo, aunque no esté a la vista, por el momento.
Todos ellos lograron casi 6 mdv, cifra récord en la historia local. 52% del padrón ciudadano acudió a las urnas. Eso asegura la legitimidad y facilita la gobernabilidad. Contra lo que algunos creen, la pequeña diferencia de 3 puntos entre los finalistas no es factor adverso. En una democracia, lo más adverso es que los electores no voten. Valen más 3 puntos en una votación copiosa del 52% de los electores que 10 puntos cuando sólo votó el 20% de ellos.
Ahora bien, si la contienda fue de estructuras, tanto el PRI como Morena demostraron que están firmes en el futuro electoral mexicano. Como lo dijimos aquí hace unas semanas, son dos fuerzas muy superiores en el universo partidario. A su vez, el PRD demostró que no está muerto como lo han querido sepultar algunos. Que el Partido de la Revolución Democrática y el Partido Acción Nacional, como terceras fuerzas, pueden decidir quién habrá de ser la definitiva primera fuerza.
Si la contienda fue de grupos y quienes contendieron fueron EPN vs. AMLO, veremos que los dos ganaron algo. Peña Nieto demostró que es una ficción que él ande por los 12 puntos de aceptación mientras que López Obrador ande por los 58. La reciente elección diría que Peña anda en 33 y López Obrador en 30 puntos. Que ellos dos son los mexicanos que más tendrán que decir y decidir en la contienda del 2018.
Sobre esto, abro un paréntesis. Lo anterior es válido, siempre y cuando Peña Nieto decida contender. Eso no lo sé y tampoco estoy muy seguro. No sé si quiera colaborar con su partido en el diseño de estrategias y en la selección de candidato o, por el contrario, opte por dejarlos jugar con una “navaja libre”. Cada quien acomode su pronóstico.
No lo podemos predecir porque, después de 74 años seguidos en que los presidentes mexicanos se comprometieron en su sucesión, los últimos tres presidentes no han contendido. Por diversas razones, Zedillo, Fox y Calderón dejaron que “se hiciera la voluntad de Dios”. Creo que Peña Nieto hoy está contento y nos diría que si va. Pero no lo sé para el día de su decisión.
Si, por cualquier causa, Peña Nieto decide que el 2018 no es su asunto y que en ello no le va su pase histórico, entonces López Obrador ya puede mandar a confeccionar su banda presidencial. Se la puede probar todas las noches frente a un espejo mientras dice discursos y escucha, a todo volumen, la más famosa melodía de Bocanegra y Nunó.
Por último, regreso a la actualidad mexiquense y, si la contienda fue de fuerzas entre continuidad o cambio, vemos que la voluntad popular está muy dividida y que nada está escrito para el futuro inmediato ni en uno ni en otro sentido.
En fin, creo que todos demostraron algo que vale considerar. Algo ganaron Del Mazo, Delfina, Zepeda, Josefina, el PRI, Morena, el PRD, el PAN, Peña Nieto y López Obrador. Sólo los ciudadanos tendremos que esperar algún tiempo para saber lo que ganamos. Confío en que sea mucho.
La victoria no tiene sustituto. Nos da felicidad y esperanza, pero nos puede dar soberbia y engaño. La derrota nos da tristeza y decepción, pero nos puede dar enseñanza y fortaleza.
Todo buen político sabe tratar a la victoria y a la derrota como a dos impostoras de paso. Sabe que ni una ni la otra son para siempre. Que simulan constancia, pero que se alejan muy pronto. La miel del éxito y el acíbar del fracaso deben beberse muy de prisa. Deben tragarse en no más de tres días. Algunas risas o algunos suspiros, según sea el caso, y a despedirse de ellas. En lo político, la victoria y la derrota son mujeres públicas. Son de todos y son de nadie.
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