El genoma de la corrupción

Los recientes escándalos me han hecho recordar que hace 35 años, cuando llegué a trabajar en la PGR, escuché a varios especialistas decir que el crimen y la corrupción tenían generaciones evolutivas. Ante ello, mi primera reacción fue de incredulidad y desconfianza. Pensé que esos sabios estaban seducidos por las novelas y las películas.

Pero, para mi bien, pronto me convencí de que el sistema corruptivo muta con mayor velocidad que los rotavirus y que se inmuniza casi con automaticidad. El entenderlo me ha permitido verlo con referentes de realidad y de actualidad.

En palabras muy simples la primera generación corrupcional es la tradicional primitiva. La segunda, el escalamiento. La tercera, la diseminación. La cuarta es la titanización. La quinta, la cartelización. La sexta, la tecnificación. La séptima, la especialización. La octava, la insolencia. La novena, la aristocratización. La décima es la entronización.

En aquel entonces, estábamos al fin de la segunda e inicios de la tercera. Hoy estamos comenzando la décima. Hemos recorrido siete generaciones evolutivas de corrupción en menos de 6 sexenios. Algunas instituciones aún se encuentra en la tercera y otras ya van en la novena. Lo grave no es el promedio sino la punta.

En un itinerario histórico, la corrupción tradicional fue de baja estofa. La mordida para el gendarme o el aduanero. Los ruleteros y las fayuqueras eran los principales consumidores.

Pero, conforme la trama corrupcional se volvió más sofisticada, surgió una segunda etapa de corrupción sistémica. Ya no consistió en pasar la maleta que se traía en el avión sino en pasar el avión completo. La corrupción escaló pisos y pasó de la ventanilla de inspección a la oficina de jefatura.

Más tarde se diseminó como una epidemia y ya fueron muchos. En 1984 se hizo una reforma que enriqueció a los erarios municipales. Yo fui de los que la aplaudieron. No sé si arrepentirme de ello. Los alcaldes miserables se volvieron millonarios. Hoy, 100 o 200 alcaldes mexicanos pueden robarse 300 millones anuales del presupuesto. Antes de eso, no tenían ni dónde meter la mano.

Vino, entonces, un crecimiento exponencial. Las ladronerías pasaron de aquellas para “completar” las colegiaturas a aquellas para comprar las joyas. El dinero perdió su valor y las cifras de la ratería aumentaron sus números de manera, en ocasiones, increíble. Después se cartelizó con estructura directiva, cuadros operativos, acervo tecnológico, ciclos de financiamiento, relación con otras corporaciones corruptivas, programas de expansión, jefaturas de proyecto, entrenamiento y desarrollo de personal. La sexta etapa se dio cuando hubo necesidad de tecnificar al corrupto. Cuando se requirió que fuera de los más expertos en su ramo para operar con eficiencia, con comodidad y con rapidez.

De allí se pasó a una especialización corporativa. Cada dependencia empezó a tener sus correspondientes agentes dentro de la sociedad civil. Surgieron grupos privados bien integrados por medreros especializados. Con capacidad organizativa. Con recursos financieros. Y con una penetración, en las esferas del poder y del dinero, hasta ahora incomparable.

Más adelante se volvió un fenómeno más cercano a la sicología que a la sociología. Hasta hace 60 años, no todos, pero muchos políticos eran una sociedad aldeana, ingenua, cursi, acomplejada, presumida, conspicua y ridícula. Empezaban a cambiar el ron por el whisky, las tortas por los sándwiches y las vacaciones en San José Purúa por el entonces internacional y exótico Acapulco, con su Quebrada, con su Caleta y con su Club de Skies.

Después, vino una asombrosa y rápida metamorfosis. No todos, pero muchos políticos siguieron siendo cursis, presumidos, conspicuos y ridículos pero ya no aldeanos sino cosmopolitas, ya no acomplejados sino soberbios y ya no ingenuos sino astutos.

En tan sólo un poco más de dos décadas sus gustos y sus costumbres se habían llenado de una sofisticación y de una extravagancia astronómica. Los cuartitos dobles en el Casino de la Selva se trocaron en las suites neoyorquinas y parisienses. Los vuelos en los avioncitos de Aeronaves de México se convirtieron en las travesías a bordo de los jets privados. La práctica del esquí en el club acapulqueño se canjeó por los yates fondeados en las marinas de Palm Beach, de Mónaco y de Marbella. Esta es la novena etapa, la aristocratización de la corrupción.

Tengamos cuidado con la décima etapa. Un importante estudio encargado a la organización profesional para la que trabajo, recién clasificó 33 “virus” corrupcionales mexicanos sólidamente cimentados, gravemente arraigados y peligrosamente inmunizados. Esa etapa es la rectoría nacional de la guarida. Tendremos que tantear la medicina para atender lo que ya se contaminó y tendremos que ensayar la vacuna para que no se nos repita la pudrición.

Twitter: @jeromeroapis

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