Una parábola sobre la sabiduría política

Hace muchos años, un joven antillano aprendiz de jockey le decía a mi padre, para entonces ya un sabio abogado, político y caballista, que algún día querría ganar el gran derby de este país y olvidarse de las estrecheces que había sufrido en el suyo. Además, le hizo la obligada pregunta de qué hacer para lograrlo.

Mi padre le contestó que sólo se requerían dos cosas muy sencillas. La primera, ir a bordo del mejor caballo. La segunda, lograr que ningún otro cruzara la meta antes que él. El joven caribeño guardó silencio sin acertar si lo que le habían surtido era una broma. Entonces, su patrón le hizo una muy comedida aclaración.

Para comenzar, le dijo que le había preguntado el qué y eso le había contestado. Pero, quizá, quiso preguntar el cómo y eso se lo contestaría ya centrado en el primer factor. Para que lo designaran en la monta de un caballo estelar, los caballistas propietarios tendrían que convencerse de su pericia, de su valentía, de su honestidad, de su lealtad y de su responsabilidad. Que lo observarían en la pista y fuera de ella. Su comportamiento en la monta, en el hogar, en la cantina, en el gimnasio y hasta en el banco. Lo que comía, bebía y gastaba. Sus amistades y sus aficiones.

Sólo así le confiarían sus mejores ejemplares. Aquellos que valen mucho y quieren mucho. Sólo a alguien que sabe de las estrategias de sus contendientes y que sabe si a estos los inscribieron para ganar, para estorbar o nada más para presumir. Que a él no debiera vencerlo nunca ni la fatiga de una farra previa ni el apetito de un jugoso soborno ni el temor de una lesión fatal.

Todo ello, segunda recomendación, le serviría para saber el momento de bajar o retener el fuete, de soltar o recortar la rienda, de presionar o rebasar. Para saber que una curva que debe correrse a 60 kilómetros por hora, no se corra a 61, porque su caballo podría cansarse, despistarse o fracturarse. Pero tampoco a 59 porque perdería la carrera.

Al cabo de algunas temporadas, este jinete ganó la anhelada competencia. Mi padre le había entregado su mejor caballo y, dos minutos después, él se lo había regresado ya campeón. Con otras cuadras también tuvo éxito, hasta que los caballistas norteamericanos se lo llevaron para las pistas mayores. Allá triunfó hasta que su apetito de trofeos se convirtió en hambre de billetes y su ansia de victoria se trocó en sed de alcohol. Terminó echado fuera del deporte hípico.

Este suceso lo he recordado muchas veces en mi vida política y lo vuelvo a recordar ahora que se desbocan las ansiedades por conquistar la Presidencia de la República.

Para triunfar en la política tan sólo requerimos que nos encomienden la alta responsabilidad que deseamos y desempeñarla bien. El verdadero político tiene que conducirse con pericia, con valentía, con lealtad, con honestidad y, sobre todo, con un alto sentido de responsabilidad. Es una vida más llena de sacrificios que de placeres. Todo ello le servirá, si tiene suerte, para que lo designen o para que lo elijan, según se trate de un cargo conferido por un electorado ilusionado o por un patrón esperanzado.

El encargo oficial es el equivalente de mi ejemplo a la monta anhelada. La que tanto esfuerzo le cuesta lograr al político de carrera. Porque en la real política, la única en la que creo, es muy difícil llegar y todos aquellos que lo logran por la vía fácil, suelen terminar pronto y mal. 

El verdadero dueño del caballo encomendado es el pueblo que lo ha elegido o el jefe que lo ha designado. Él fue quien le confió la secretaría, la gubernatura o la Presidencia, según sea el caso. A él tendrá que devolvérsela en mejores condiciones que como la recibió. Pero también el responsable tendrá que concluir mejor que como se inició. Con mayor respeto que al principio. Sin perderse en los extravíos ni caer en los desbarrancos, como el jinete de mi crónica.

Si se es del gobierno no se debe ser inexperto e improvisado. No prescindir de aquellas memorias buenas o malas que se llaman experiencia. No olvidar los manuales, de aquellos no escritos, que le dan al gobernante la guía de solución para cada trance. Sin eso sólo se cosecha el reproche y la desilusión. A ello, luego se contesta con el enojo y la desconfianza.

Si se es de la oposición se debe aprender a denunciar con acoso y con constancia. Ser elegante en la insistencia. Formular la propuesta concisa y atrayente. Entender que lo sencillo no es lo ligero. Preferir la alianza con los otros opositores que con el gobierno.

No es fácil lograr asumir. No es sencillo triunfar en la encomienda. No es elemental preservarse en la cumbre. Ello es el privilegio de los muy pocos que son los verdaderos escogidos y no solamente los designados.  Porque no es lo mismo ser elegido que ser electo.

Twitter: @jeromeroapis 

Temas: