El péndulo de los tiempos
La política, la historia y la vida no tienen palabra de honor. A todas las generaciones les prometen mucho y no siempre les cumplen. Así lo pienso tan sólo con ver los tiempos electorales del país vecino y que esos que hoy contienden son los mejores hombres que tienen a la mano. Todos los pueblos, sin excepción, hemos pasado por la humillación de tener boletas electorales llenas de degradación y de vergüenza.
Hay tiempos en los que corremos el riesgo de llegar a considerar que la medianía o la mediocridad son la escala constante y permanente de la humanidad. Pero hay otros que nos convencen de lo contrario, porque son épocas de ventura que nos regalan la oportunidad de caminar entre titanes.
Mi generación tuvo esa fortuna. Por ejemplo, durante mi infancia, pude observar a John F. Kennedy, lleno de polémicas, pero todas ellas acusando grandeza. También, en otras latitudes, todavía en esa mi adolescencia acontecía algo similar. El líder británico se llamaba Harold Macmillan y todavía Winston Churchill dictaba conferencias y situaba proclamas. El alemán era, ni más ni menos, Konrad Adenauer. Y los jóvenes podíamos leer en los periódicos o ver en los noticiarios lo que ese día hizo o dijo el presidente francés Charles De Gaulle.
Apenas contaba con mis primeros siete años de edad cuando el rais Gamal Abdel Nasser nacionalizó en el Canal de Suez y doce años cuando Nikita Kruschev arremetía, zapato en mano, desde la tribuna de la ONU. Pero además, en ese mismo tiempo, China estaba cogobernada por Mao Tse Tung y Chou En Lai; la India era conducida por Jawaharlal Nehru; y la América Latina contaba con hombres de la talla de Adolfo López Mateos.
Ese fue el tamaño de los hombres que la vida me acostumbró a ver y a analizar. Durante mi niñez pude saber quién era realmente John Foster Dulles, antes de descubrir quién era realmente Santa Claus. En la casa paterna fui un niño que saludó, más de una vez, a Fidel Castro. Y allí también, en varias ocasiones, ese niño que era yo jugó a las adivinanzas y a los acertijos con un joven médico argentino que, muy poco tiempo después, todo el mundo lo conocería como el comandante Che Guevara.
Ya en mi vida de estudiante de abogacía, tendría el privilegio de observar al presidente Richard Nixon. Verlo desligando al dólar del patrón oro y, con ello, hincando a todas las potencias. Resistiendo el embargo petrolero y ver la humillación de los demás. Realineando a China, concluyendo Vietnam y venciendo a sus compatriotas, cuando todos ellos creían que lo habían vencido.
Es por eso que, a muchos hombres y mujeres de mi generación, casi nadie nos puede asombrar ni nos puede deslumbrar. Hemos visto lo transitorio del poder político. Hemos conocido lo relativo del poder económico. Hemos sabido de la impostura de los poderosos o de los potentados o de los prepotentes cuando no son grandiosos sino cuando, simplemente, son grandotes. Y es allí de donde mis temores se han convertido en terrores. Porque no quisiera que los jóvenes de ningún pueblo de la Tierra, pero mucho menos que ninguno de los jóvenes de mi país se acostumbraran a la medianía de su cotidianidad. Ésa es la verdadera alternancia del poder. Que en ocasiones se deposita y se enaltece en las manos de los enormes, mientras que, en otras, se refugia y se asila en las manitas de los menores.
Cuando veo que, en este 2016, el pueblo vecino tendrá que elegir entre Trump, Sanders, Cruz y Clinton, pienso en cuando, en 1960, se enfrentaron Richard Nixon y John Kennedy en el primer debate electoral y los estadunidenses tuvieron que afrontar la dificultad de elegir entre dos hombres de gran formato. Pero, no veinte, sino tan sólo cuatro años después, ese noble pueblo tuvo que soportar el dolor de tener que elegir entre Lyndon Johnson y Barry Goldwater y sufrir la humillación de la vergüenza, porque si esos eran sus candidatos fue en virtud de que el verdadero fondo del drama es que, en ese oscuro momento de su historia, esos eran sus mejores hombres.
Así es la inconstancia de la historia y así es la veleidosidad del destino, el cual en ocasiones se nos brinda con generosidad y a manos llenas, mientras que, en otras, nos regatea sus favores y se nos vuelve miserable. Porque todos los pueblos, sin excepción alguna, han transitado por ambos pasajes. El de la luz y el esplendor, así como el de la sombra y la tiniebla.
Hace ya 10 años que escribí Perfiles de Grandeza, libro dedicado a la magnitud de nuestra especie y donde afirmé que las generaciones privilegiadas tenemos una ineludible obligación. La de mostrar que los seres humanos somos enormes y no pigmeos. Y donde sostuve que, gracias a la costumbre de convivir junto al gran formato, los hombres comunes podemos sobrellevar nuestra propia insignificancia sin el peligro de llegar a ser aplastados por aquellos de una talla simplemente mediana.
Twitter: @jeromeroapis
