La incredulidad y la incredibilidad
No se cree en las telefónicas ni en los tribunales. En las financieras ni en las procuradurías. En los profesionistas ni en los diputados. No se cree en los malos porque nos parecen tartufos y satánicos. Pero tampoco se cree en los buenos porque nos parecen hipócritas y santurrones.
Hace unos días, el presidente Enrique Peña Nieto le dijo a una periodista extranjera que había incredulidad en México. Me gustó la declaración presidencial porque es sensata y hasta valiente. No omito decir que me deja la preocupación de que, además de incredulidad, haya incredibilidad.
En su sentido idiomático, las dos palabras son casi sinónimas. Pero, en el sentido de lo político, son muy diferentes aunque no antónimas. La primera se refiere a los sujetos del mensaje. La segunda, al objeto del mensaje. Hay incredulidad cuando yo no te creo porque yo soy desconfiado o porque tú no eres confiable o por ambas causas. Hay incredibilidad cuando el mensaje está reñido con la naturaleza, con la lógica o con la realidad. Es decir, cuando es increíble por sí mismo, aunque yo confíe mucho en el emisor.
Es incredulidad cuando me dicen que la selección de futbol va mejorando. Es incredibilidad cuando me dicen que ganará el campeonato mundial, aunque me lo digan mis hijos.
Hay incredulidad, de manera muy generalizada y no exclusiva en contra del gobierno. En realidad, no se cree en las telefónicas ni en los tribunales. En las financieras ni en las procuradurías. En los profesionistas ni en los diputados. En los mecánicos ni en los gendarmes. No se cree en los malos porque nos parecen tartufos y satánicos. Pero tampoco se cree en los buenos porque nos parecen hipócritas y santurrones.
Hay incredibilidad cuando, por ejemplo, pensamos en los propuestos sistemas anticorrupción. Yo soy de los que creen que no funcionarán. Pero no porque desconfíe de los gobernantes ni de sus intenciones ni de sus inteligencias. No creo, simplemente, porque me parece increíble algo que entra en colisión con la naturaleza, con la lógica y con la realidad.
Lo primero porque choca con la naturaleza, ya que la corrupción no está en las leyes, sino en los hombres. Nada más veamos que las leyes contra el narcotráfico son muy severas en todo el mundo occidental y, sin embargo, no han logrado, en ningún lugar, privar al mercado de su abasto de droga.
Segundo, porque topa con la lógica, ya que la corrupción es un tema de la moralidad, no de la legalidad. Quienes no delinquimos no lo hacemos por mandato de la ley sino de la ética. Mis abuelas nunca leyeron el Código Penal y, sin embargo, nunca mataron, nunca robaron y nunca defraudaron.
Tercero, porque se estrella con la realidad. No creo que todos los mexicanos quieren que ya no sean corruptos los agentes de la autoridad que tienen que ver con narcotraficantes, armeros, piratas, evasores, depredadores, robachicos, vendeórganos, polleros, hambreadores, contrabandistas, secuestradores, matones, violadores, rateros, extorsionadores, invasores, bloqueadores, lenones, defraudadores, contratistas inmorales y que son el verdadero y firme sostén clandestino de la corrupción, deseando que sobreviva así para confort de ellos.
Yo no estoy seguro que así lo quieran todos. Éste es un país donde no se respeta ni el reglamento de tránsito. Pero lo peor es que, a la autoridad vial honesta, le tiene sin cuidado su cumplimiento y sólo vigila su infracción la autoridad vial ratera.
Prevengámonos de fantasías en el diseño de nuestros sistemas. La corrupción está sostenida por fuerzas recias y recelosas. La fuerza que sostiene al avión y al astro no la vemos, pero existe. No es cierto que esos objetos se sustentan en el vacío, sino que están sostenidos merced a una potencia muy real y muy concreta, aunque no la veamos. En la política, como en la física, nada se sustenta sin explicación.
José Ortega y Gasset decía que “el pensamiento político debe ser física y no magia”. Pone, como ejemplo, la suspensión etérea. Para la física no existe la levitación porque esta ciencia no reconoce ninguna fuerza que no sea la real. Para la magia, la levitación es una fuerza que existe en la mente, en la voluntad o en la invocación.
Hoy, en la vida común y cotidiana, la física está muy legitimada y la magia está muy desprestigiada. Sin embargo, en la vida política la magia está muy bien posicionada. Sólo así se entiende que muchas personas crean que el Estado y sus instituciones básicas pueden mantenerse en pie y funcionar sin nada que los sostenga. Que lo mismo pueden sustentarse en firme que flotar en el vacío. Que pueden sobrevivir sin alguno o ninguno de los seis factores que forman el estado puro de poder o estado de craticidad.
Y es que existe una oscura zona intermedia entre la física y la magia. Se le llama “truco” y se basa en la premisa fundamental de que no veamos la realidad y, por ello, imaginemos que una fuerza sobrenatural es la que actúa para la obtención del resultado. El ilusionismo y la prestidigitación que pueden llevarnos a vivir en medio de una política truquera, fullera y charlatana que promete la bella ensoñación de un sistema de gobierno y de vida que no se tuerce, que no se cansa, que no se asusta, que no se equivoca, que no se arrodilla y que no se vende.
*Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A.C.
Twitter: @jeromeroapis
