Las renovaciones en el INE pasaron de las formas de un ménage à trois de “cuotas y cuates” a las de un club cerrado, también de “cuates y cuotas”, pero con la misma lógica de alineación a la disputa por el poder. El Congreso afianzó el control de Morena y aliados con los mecanismos de captura que antes sirvieron a la partidocracia y ahora a la coalición gobernante. La nueva mayoría en el árbitro electoral es correlato del cambio en la correlación de fuerzas políticas del sistema; en la que la oposición ve el fin de su profesionalismo y credibilidad, y el último clavo de la democracia. Pero su autonomía, al menos en la ley, es igual a la que tenía, aunque en el pacto anterior había más rejuego en el ojo público para su independencia que ahora con la concentración de poder en Morena y su control rígido intramuros; aunque, aun así, no pudo cambiar las reglas del juego con su reforma electoral.
El nombramiento de tres nuevos consejeros proyecta las actuales condiciones políticas de su hegemonía y las tensiones electorales del nuevo arreglo político al interior de su coalición, en a contrario sensu del esquema anterior de reparto de poder compartido entre el extinto PRD, PAN y PRI; estos últimos por primera vez fueron marginados de estas designaciones sin consenso con la oposición. Ésa es otra diferencia en la nueva mayoría en el INE. El consenso extramuros de la partidocracia se ha reducido al acuerdo dentro de los colores de la alianza oficialista. Las decisiones, en efecto, estuvieron atoradas hasta que el Verde y el PT aceptaron los nombres de los relevos con su llave de la mayoría calificada. Sus minorías son la mayor oposición que ha encontrado Morena, pese a formar parte de la coalición gobernante.
Sus fuertes críticas contra su hegemonía en la reforma electoral se acallaron con el derecho de veto que ejercieron sobre algunos candidatos, aunque todos los finalistas eran cercanos a Morena. Pero eso no impidió que avalaran piezas clave del gobierno con la llegada de figuras de la mayor confianza de Claudia Sheinbaum, el director de Talleres Gráficos de México, Arturo Manuel Chávez López; antiguo compañero de luchas estudiantiles en la UNAM por aquellos años 90, cuando surgió el modelo de poder compartido que ahora ellos desplazan. Así como su exigencia de conservar la paridad de género con otras dos mujeres cercanas, Frida Gómez Puga, exconsejera electoral y titular del Órgano Interno de Control en Tamaulipas, nombrada por Morena en el Congreso estatal, y a Blanca Yassahara Cruz García, expresidenta del de Puebla, en cargos que se extenderán hasta 2035.
Con estos movimientos, Sheinbaum avanza en el armado de cartas hacia la elección de 2027, que será clave para su mando fuerte en la segunda mitad del sexenio y, luego, en la sucesión presidencial. Los comicios intermedios serán la primera gran prueba de Morena para retener las posiciones que ha ganado en los estados y refrendar su mayoría calificada, en un contexto mucho más adverso que el que marcó su rápido ascenso desde 2018 (23 gobiernos estatales) por el débil crecimiento económico e inversión, presiones inflacionarias y el neoproteccionismo de Trump que se le vino encima a la economía nacional.
Los fracasos en iniciativas electorales y la apuesta por el INE dejan entrever la pregunta obligada de cualquier gobierno sobre sus condiciones para consolidar su proyecto o ampliar su margen de poder para hacerlo. La Presidenta no parece querer arriesgar ni un ápice la rentabilidad electoral o, en palabras de la oposición, consolidar un modelo de autoritarismo electoral como sustento de la 4T si, además, no puede anclarlo en mejores resultados económicos y sociales.
A esta lógica obedecen también los enroques de su gobierno con la llegada a Morena de Citlalli Hernández desde la Secretaría de la Mujer para resolver la crisis de su dirección y la salida de Luisa María Alcalde; y el refuerzo de otra secretaria, la de Bienestar, Ariadna Montiel, nada menos que responsable de organizar la red de programas sociales estrella de su administración.
Nunca los cambios de actores y reglas del juego electorales son sólo modificaciones técnicas, sino respuesta a las condiciones de lucha por el poder. Un terreno en el que la Presidenta se mueve con soltura, como prueba prescindir de dos piezas clave de su gobierno en momentos en que se avecinan tiempos difíciles del exterior y, al interior, se acumulan los problemas.
