La presidenta Sheinbaum sigue resistiendo la acre presión de Trump en seguridad como una forma de normalidad de lo inaceptable, ante las señales más evidentes de peligro y tensión bilateral. Sus argumentos para desestimar una intervención o tolerancia a sus ataques parecen afirmar, sin decirlo, lo que podríamos permitir que suceda.
Pero el envite y empujones de EU para realizar operaciones militares contra los cárteles y el fentanilo en México simplemente no son aceptables. Son apuestas por encima de lo ordinario y de la legalidad internacional, que el gobierno soporta con la indulgencia estoica de la filosofía de Kalimán: serenidad y paciencia. Pero lejos de aplacar el apetito injerencista parecen conducir a una negación incondicional y a la creencia visceral de que son poco factibles. ¿De veras?
La amenaza, sin embargo, toma formas más violentas con el precedente de Venezuela, que todo lo cambió. En una acción elocuente de que no todo lo que dice un Trump envalentonado son alardes mediáticos, sino la actuación de un poder sin control e impaciente por recuperar peso electoral con la promesa de “limpiar” la frontera con México como principal baza para mantener a flote su gobierno en la elección legislativa de este año.
En cambio, el discurso de Sheinbaum no ha variado desde el primer amago con la designación de los cárteles como terroristas y la declaración del fentanilo como arma de destrucción masiva, que representa un cambio drástico en la estrategia contra el narcotráfico por elevar un problema de salud pública a una amenaza de seguridad nacional. El guion repetido hasta la llamada de 15 minutos con Trump esta semana y la misma fórmula kalimanesca para frenar sus afanes intervencionistas, que le había permitido construir una narrativa de resistencia eficaz dentro y fuera del país.
Su argumento central es que una operación militar es poco factible porque la cooperación está funcionando y sus resultados pueden medirse en decomisos explosivos de 320 toneladas de fentanilo en un año, desmantelamiento de 1,500 laboratorios y envío de los narcos más buscados a EU. Los cocientes de una estrategia de seguridad con que restar presión y ofrecer a Trump frutos para vender en su canasta electoral, aunque el tributo es cada vez más insuficiente. No parece alcanzarle cuando su aprobación está bajo mínimos y podría perder el control del Congreso.
El test de la cooperación y disposición a redoblarla son limitadas ante la exigencia de golpes contundentes contra las redes del narco y alimentan amenazas cada vez más explícitas de intervención directa. Y envueltas en un lenguaje casi obsceno que va más allá de lo admisible entre dos Estados que, como pide Sheinbaum, colaboran con respeto a la soberanía. Pero la permisividad al discurso de Trump vuelve normal lo inadmisible y cede el juicio de lo que es o no inaceptable a la calificación de EU sobre los esfuerzos de México en seguridad; no quiere progresos graduales y precisa acciones “tangibles” contra los cárteles y el fentanilo, que corresponderá juzgar al Departamento de Estado.
La amenaza viaja no sólo en la calificación y el tono del discurso, sino en medidas que escalan la tensión bilateral con la emisión de alertas precautorias para aerolíneas en el Pacífico y golfo de California por operaciones militares e interferencias de GPS de aquí al 17 de marzo. El mensaje es claro: es aceptable la fuerza hasta llegar a compromisos bilaterales en seguridad que satisfagan la exigencia de desmantelamiento las redes “narcoterroristas”. Lo que, en su caso, deja a Sheinbaum en la disyuntiva de aceptarlas como operaciones conjuntas o denunciar injerencia extranjera.
El canciller De la Fuente y el secretario Rubio, tras dos llamadas esta semana, acordaron una reunión ministerial de seguridad en Washington en febrero. En un calendario con fecha límite para el amago de intervenir militarmente en el occidente del país, mientras empuja al gobierno mexicano –según el NYT– a autorizar operaciones conjuntas con militares estadunidenses; lo que motivó a Sheinbaum a elevar el tono para reclamar corresponsabilidad y respeto a EU.
Así, normalizar la amenaza y el acoso conduce ineluctablemente a “exigencias insostenibles”, ya no sólo de operaciones terrestres, sino también contra políticos mexicanos vinculados al crimen, de que advierte el WSJ. Y la conclusión es que cuando la violencia cobra la intensidad de una obsesión y los líderes razonables se esfuerzan por negarlo es el momento de pensar en las razones y consecuencias de ceder a lo inaceptable.
