El voto “anti...”

Los cerrojos de la precampaña parecieron dedicados a promocionar el voto “antiPRI”, o el de inconformes “antisistema”, que podrían aglutinarse en los dos partidos que han ocupado las últimas presidencias; o “antistatu quo” contra la tecnocracia en el ...

Los cerrojos de la precampaña parecieron dedicados a promocionar el voto “anti-PRI”, o el de inconformes “anti-sistema”, que podrían aglutinarse en los dos partidos que han ocupado las últimas presidencias; o “anti-statu quo” contra la tecnocracia en el poder desde hace décadas, y el voto “anti-AMLO” por expresiones de intolerancia y reactividad a la crítica. Las descalificaciones y dichos memorables del cierre del primer tiempo de la campaña hacia Los Pinos abonan al hartazgo hacia la clase política y refuerzan la polarización en la opinión pública entre el rechazo al actual modelo del sistema político y el juego defensivo de la continuidad a toda costa.

El llamado más sonoro al voto “anti” llegó gracias a expresiones del presidente del PRI, Enrique Ochoa, con que pretendía descalificar a sus correligionarios que saltan del barco para subir a Morena. Su crítica a tránsfugas como esos “prietos, que ya no aprietan” es un revés para su candidato en un país en que prácticamente no hay familia sin integrantes de piel morena y que refuerza la idea de la existencia del racismo y clasismo entre las élites. El comentario es no sólo censurable por la adjetivación “discriminatoria y racista” que ampliamente le cuestionaron en redes, también porque es otra armella para el descrédito y la desafección política. Otra vuelta a la manija a esa percepción que hay en amplios sectores inconformes de que la clase política es una lacra que en poco valora a sus representados; que ven en esas verbalizaciones desdén, ineptitud y poco respeto a los derechos ciudadanos y que explican también la corrupción. ¿Favorece el voto “anti-PRI”, “anti-sistema”, “anti-statu quo”? Nada de esto beneficia a su candidato, sino al avance opositor.

Los yerros en campaña mueven al electorado y particularmente a los indecisos que hoy superen la intención de voto de los precandidatos. Eso lo sabe AMLO desde aquel “cállate, chachalaca” que propinó al presidente Fox en 2006 y marcó su descenso electoral. Ahora otra vez descalifica a sus críticos, aunque el desliz no parece del calibre de otros gafes o autoboicots, posiblemente por la moderación de su discurso respecto al estilo confrontativo.

Al revés, Ochoa se ha distinguido por un discurso polarizador que, por un lado, reedita el voto de miedo contra AMLO y, por el otro, insiste en una campaña contra Anaya por corrupción patrimonial que no ha hecho más que alzarlo en los sondeos. Ambos lideran la carrera como opciones que se sitúan en el voto “anti-PRI”, en el caso del primero, y “anti-sistema” o “anti-statu quo” del segundo. Si, en efecto, hubiese desmovilización de las estructuras partidistas por falta de oficio político de su presidente o rebelión por las candidaturas, el mayor daño de Ochoa a su candidato es la falta de enfoque y errático discurso que delinea una “continuidad” cargada con casi todos los negativos “anti” hacia la clase política, gobierno y tecnocracia que inoculan la credibilidad de sus propuestas.

El flanco para la candidatura priista no está sólo en sus adversarios tradicionales, también en los que llegarán a la boleta como “salida” para el voto contra la “continuidad” de la situación de bajo crecimiento, corrupción y violencia, pero, sobre todo, enojada con el mundo político. Lo más grave de la declaración de Ochoa para el discurso de su candidato es que refuerza las razones del “voto anti” por hablar de exclusión, desigualdad y descrédito de los gobernantes, de lo que se alimenta la oposición.

El próximo 18, cuando se declare formalmente candidato, Meade tendrá una de sus últimas oportunidades de relanzarse y el recurso será el discurso: el “golpe” de las declaraciones de Ochoa le debía recordar que las posiciones excluyentes, privilegios, inseguridad y desigualdad provocan una cada vez mayor polarización de la opinión pública entre quienes se aprestan a votar contra el “sistema” y los que defienden su continuidad al precio que sea. Y, según los sondeos, el impulso que predomina es el de los primeros.

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