Sólo aquel que toma las decisiones sabe la razón detrás de ellas, pero bajo ninguna circunstancia puede permitirse parecer perdido, indeciso o mal gobernante. A lo largo de las muchas crisis que ha enfrentado la actual administración federal, no se ha visto capacidad de gestionar los momentos más álgidos, confirmando precisamente falta de norte y sensibilidad para reaccionar o anticipar las situaciones más críticas.
Tras la denuncia formal presentada por el fiscal federal del Distrito Sur de Nueva York, en la que se señalan presuntos vínculos con el crimen organizado, particularmente con el Cártel de Sinaloa, en contra del gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya, así como nueve funcionarios más, el episodio volvió a exhibir un preocupante vacío de liderazgo y nula capacidad de control. En Palacio Nacional están visiblemente rebasados por la presión constante y el reducido margen de maniobra entre dos poderosas y sofocantes tenazas: Washington y Palenque.
La respuesta fue lenta e imprecisa, ante la que seguramente sea la crisis más grave a la que se han enfrentado hasta ahora. Dejaron correr el tiempo mientras que salía el acusado a manifestarse como víctima, inocente y sin temores. Después vino lo previsible: el despliegue de la maquinaria partidista, oficial y mediática, para encuadrar el asunto como una persecución política y enarbolar las banderas de la ausencia de pruebas, y la soberanía… la favorita.
La Presidenta trató de estirar la liga hasta límites riesgosos, pero se encontró con una realidad amarga de digerir: era insostenible. En ese contexto, la gira al sur, visitando Palenque, albergue del expresidente López Obrador, ayudó a disipar las dudas (si las había): la imagen una vez más no fue de autonomía, sino la de un poder que sigue orbitando a un caudillo.
Dicen que la historia quizás no se repite, pero muchas veces rima: hace muchos años el expresidente Peña Nieto tuvo que decidir entre permitir el procesamiento de exgobernadores de su partido, con el consecuente costo político, o proteger al PRI y cerrar filas. Su decisión ya es historia, se encarceló a muchos actores políticos, asumiendo el desgaste.
Así, hoy la doctora Sheinbaum se enfrenta a un dilema mayúsculo: o se alinea con su partido y protege a Rocha, o decide dar un golpe de timón y actuar firmemente en contra de la corrupción y de la participación de políticos con el crimen organizado.
Esto no es un asunto de dignidad, como dice la Presidenta. Es un tema de seguridad, de combate a la corrupción, de credibilidad y coherencia, o, por el contrario, de confirmación de encubrimiento, de alianzas delincuenciales entre Estado y narco. Porque cuando el poder duda, no sólo se debilita, sino que se exhibe. Y, cuando esto ocurre, el precio no lo paga sólo el gobierno: lo hace el país.
