En México, ser mujer implica un riesgo permanente. Las cifras no sólo alarman, estremecen: 70% de las mujeres de 15 años o más ha sufrido al menos un acto de violencia en su vida, ya sea psicológica, física o sexual. Cada media hora una mujer es violada. Cada minuto y medio, los servicios de emergencia reciben una llamada por violencia contra una mujer. Seis mujeres son asesinadas al día, dos de ellas por el mero hecho de ser mujeres. 30 mujeres son violentadas por su pareja, cada hora. Seis de cada diez adolescentes entre 15 y 17 años han sido agredidas. La tragedia no es excepcional: es cotidiana.
Frente a esta realidad, el gobierno federal creó, al inicio del sexenio, la Secretaría de las Mujeres. En el papel, la decisión parecía correcta: dar institucionalidad a una agenda que debiera ser prioritaria. Pero en la práctica, la dependencia nació más con carga simbólica que con capacidad o interés de tomar acción: hay más palabras que resultados.
Lo que pudo ser una política pública eficiente terminó siendo una concesión política; un acto para cumplir una cuota, responder a la presión social, repartir posiciones. Porque crear una secretaría no salva vidas. Sin estrategia ni voluntad, es más un simbolismo que una necesidad materializada en propuestas concretas de solución.
La salida de quien encabezaba esta dependencia, tras poco más de un año y medio en el cargo, confirma esa lógica y retrata de cuerpo completo al partido en el poder. No sólo deja inconclusa una tarea que pudo ser histórica, sino que exhibe una forma de ejercer el poder donde los cargos son plataformas políticas y no espacios de servicio. La agenda de las mujeres queda, otra vez, subordinada a las circunstancias electorales.
Si bien la ahora exsecretaria está en plena libertad de ejercer sus derechos políticos donde ella considere pertinente, que abandone la oportunidad de encabezar una secretaría dedicada a las mujeres, para incorporarse a la operación partidista, envía un mensaje claro: para ellos, la política pesa más que las causas.
El movimiento, además, revela una disputa interna. Es difícil pensar que alguien dejaría una secretaría de Estado sin tener como destino algo mayor. Todo apunta a un reacomodo en el partido: asumir el liderazgo, hacer contrapeso a otros actores y recomponer alianzas visiblemente fracturadas, aun cuando dentro del propio partido haya quienes se han atrincherado frente a la Presidenta.
Así, lo urgente vuelve a quedar en segundo plano. Mientras la violencia no cede y las cifras siguen creciendo, la prioridad parece otra. Y ése es el fondo del problema en México: incluso frente a la tragedia, la política sigue llegando primero.
