2026 como 1990: nuevo orden mundial
No se trata de Groenlandia, sino de la redefinición de las relaciones globales.

Jorge Fernández Menéndez
Razones
Dicen que la ambigüedad es el mayor enemigo de la eficiencia. Y en México, en un momento de transformación, de ruptura del orden geopolítico internacional, en medio de un proceso que nos afecta en forma directa, navegamos en un mar de ambigüedades.
La reunión del Foro Económico en Davos de este año se ha convertido en el espacio en donde se están planteando los principios que redefinen el mundo global, la geopolítica del presente y del futuro.
Todos los grandes países del mundo han enviado representantes a Davos, muchos de ellos encabezados por sus propios mandatarios. Ayer, el discurso de Donald Trump fue seguido con enorme expectativa, lo mismo que las intervenciones de mandatarios europeos y del canadiense Mark Cartney el día anterior. No se trata de Groenlandia, sino de la redefinición de las relaciones globales.
Estamos ante un parteaguas histórico similar al que se vivió en 1989 con la caída del Muro de Berlín. Es una hora de tomar definiciones, porque el mundo cambió, no es una transición, es una ruptura. En México no lo entendemos así: a Davos no fue la presidenta Claudia Sheinbaum ni el canciller De la Fuente, tampoco el secretario de Economía, Marcelo Ebrard. El gobierno envió a Altagracia Gómez, que en realidad no tiene un cargo oficial, y a la secretaria del Medio Ambiente, Alicia Bárcena, alejadísimas, ambas, de la agenda del Foro. Nuestra capacidad de relación e interlocución se exhibe, así, cada día más disminuida.
Hay que tomar enseñanzas del pasado. Este Davos de 2026 es lo más parecido al de 1990, inmediatamente después de la caída del Muro de Berlín.
Un pequeño grupo de reporteros estábamos en Ginebra aquel febrero de 1989, mientras el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari, con una nutrida comitiva en la que participaban, entre otros, el jefe de la Oficina de la Presidencia, José Córdoba Montoya (tan cercano entonces al padre de Altagracia) y Jaime Serra Puche, secretario de Comercio, se trasladaban a Davos, donde el mandatario iba por primera vez al Foro Económico Mundial que se realizaba en esa estación de esquí suiza.
Salinas de Gortari iba a promocionar los cambios que estaba realizando México con el objeto de recibir inversiones internacionales en un mundo que se abría a la globalización. Unos meses atrás, en noviembre de 1989, había caído el Muro de Berlín y estábamos en plena desarticulación del bloque socialista encabezado por la Unión Soviética.
Pero, a muy poco de llegar a Davos, y después de algunas reuniones bilaterales, Salinas descubrió que las inversiones no irían a México, sino a esos países de Europa del Este que dejaban el socialismo y donde todo estaba por hacer. Luego de una noche de plática con su equipo en Ginebra, se nos dijo off the record a ese pequeño grupo de reporteros que en un vuelo privado a Washington había partido una comitiva encabezada por Córdoba Montoya para reunirse con el equipo del entonces presidente George Bush, para retomar una propuesta que en septiembre del año anterior había sido discutida, pero dejada de lado: firmar un Tratado de Libre Comercio entre México, Estados Unidos y Canadá.
El TLC se convirtió en realidad cuatro años después, el primero de enero de 1994 (los acuerdos habían concluido mucho antes, pero la sorpresiva derrota de Bush a manos de Bill Clinton obligaron a un año más de negociaciones), y la globalización era ya un hecho para entonces. La economía mundial (y la nuestra) en estos 36 años se transformó como nunca antes en la historia de la humanidad, y surgió, junto con EU, una nueva potencia económica mundial, China, y varias otras emergentes, desde Corea del Sur hasta Singapur. Todo el escenario económico mundial se modificó.
Con el paso de los años y entre otras razones porque los resultados de la globalización no fueron del tamaño de las expectativas generadas, por lo menos para los sectores sociales menos favorecidos, los nacionalismos volvieron a emerger de las manos de líderes populistas de derecha o de izquierda. En América Latina el nacionalismo creció de la mano de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, de Daniel Ortega y de Evo Morales, de Cristina Fernández y de Andrés Manuel López Obrador. Hoy, todos ellos están fuera del escenario político internacional, y en Estados Unidos Donald Trump ocupa, nos guste o no, una posición hegemónica y está imponiendo un nuevo orden mundial.
México debe actuar como se hizo en 1990. Sacar adelante el TLC fue una tarea titánica que tuvo que superar enormes presiones internas y externas. Los mayores opositores en el país fueron las fuerzas del PRD y muchos, incluyendo López Obrador y la presidenta Sheinbaum, que ahora encabezan Morena (y en ese proceso de negociación también participaron muchos que ahora están en el gobierno). Pero 36 años después nadie, incluyendo los gobiernos de Morena, discuten o niegan la importancia crucial del Tratado de Libre Comercio, y su renegociación durante este año es un objetivo central para el futuro de la administración Sheinbaum.
Hoy se debe dejar de lado la ambigüedad y se tienen que tomar decisiones: la única opción realista que tiene México es fortalecer la relación con Estados Unidos en América del Norte, asumiendo la nueva política hemisférica de la Unión Americana, que trascenderá la administración Trump. Hay que huir del doble discurso que sólo le genera costos al país y al gobierno: por una parte, de estrecha colaboración con Estados Unidos, por la otra, de un nacionalismo old fashion para defender lo que ya no se puede defender: a cómplices y colaboradores del crimen organizado en el sexenio pasado.