Nosotros, responsables

La pregunta es si cada uno de nosotros,en nuestro interior, cree tener futuro.Los efectos emocionales de la pandemia, las pérdidas que nos ha dejadoy la violencia nos planteanun “sí” poco claro.

El mundo cristiano se envuelve en una de sus dos festividades espirituales más importantes y, por ello, conviene la interrogación: ¿tendremos los mexicanos un luminoso futuro? La respuesta necesariamente debe responderse en dos sentidos, el individual y el colectivo.

Originalmente, el tema central a reflexionar en este texto era la ola destructora del lopezobradorismo contra los pilares de nuestra democracia, como lo son el INE y la Suprema Corte, y el imperativo de defenderlos, si algo nos importa esta complejidad llamada México.

Sin embargo, son días de una profunda reflexión individual y colectiva para la cristiandad, en los que se busca alejarse de las controversias políticas.

Me he referido a una festividad espiritual, para dejar fuera el contexto “religioso” que es distinto. No es mi interés excluir peyorativamente otras grandes creencias como el judaísmo, hinduismo, budismo, islamismo, etcétera, que tienen una necesaria presencia.

Cuando estemos en el momento más intenso e íntimo de la festividad se agolparán los recuerdos de aquellos que regresaron a la gran casa espiritual, de donde originalmente provenimos y donde habremos de reunirnos, especialmente si se concibe la reencarnación como una opción divina.

Gratitud es lo que debemos a aquellos que convivieron con nosotros en esta experiencia física y el reconocimiento de que cada uno cumplió con su propia meta de darnos lo mejor.

La pregunta es si cada uno de nosotros, en nuestro interior, cree tener futuro. Los efectos emocionales de la pandemia, las pérdidas que nos ha dejado y la violencia nos plantean un “sí” poco claro.

Nuestra sabiduría interior nos dice que la solidaridad y fraternidad a los demás conducen a mejores estados de paz, lo cual sólo es posible si entendemos nuestras diferencias como parte del crecimiento de los otros y optamos por la tolerancia.

También es cierto que hay mucho odio en el interior y, al mismo tiempo, una sensación de desamparo exterior. A veces, el menor estímulo hace saltar en rabia contra el otro por sus creencias, por sus preferencias sexuales e incluso mundanas como la política.

La vida sirve justo para ello, como el cristianismo primitivo lo subraya, de acuerdo con sus escrituras, para “edificar el espíritu en la temporalidad del cuerpo”.

La segunda respuesta, lo colectivo. La expresión de la sociedad es reflejo del conjunto de individualidades, lo que lo vuelve más preocupante.

Como personas y ciudadanos, renunciamos históricamente a la conducción de una parte de nuestro destino colectivo. Solemos rendirnos y entregarlo a la voluntad de los gobernantes sin indagar qué tienen en la cabeza y, sobre todo, en el alma. Nos desentendemos de nuestra responsabilidad de controlarlos, lo que nos hace responsables de sus excesos.

En la historia, los propios pueblos han nombrado a quienes se convierten en sus tragedias, explotando como recurso las diferencias; polarizan, promueven el odio con el único interés de obtener el poder, sin importar los desastres que causen en las comunidades, en las familias, en las libertades.

Será así hasta que los pueblos se responsabilicen de lo que quieren y a quien quieren en la conducción de un país, que no es cualquier cosa. Francisco I. Madero, el apóstol espírita de la democracia, dijo que la política debe manejarse con estricta responsabilidad, tolerancia, honestidad y amor a los gobernados.

Advirtió que el gobernante expresa lo peor de sí cuando llega al poder, porque es lo que hay en su interior.

Si vamos a permitir que nuestra democracia sucumba, hagámonos responsables. Pero, ¿cómo lo explicaremos a quienes heredaremos esto que se llama México?

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