México, sentado ante la ONU por consentir crímenes de lesa humanidad

Jorge Camargo

Jorge Camargo

Editorial

La activación del artículo 34 de la Convención Internacional contra la Desaparición Forzada por la ONU marca un punto de no retorno para México. Este mecanismo de urgencia extrema expone una verdad devastadora: el Estado enfrenta indicios sólidos de que las desapariciones se practican de forma generalizada y sistemática. Llevar este expediente ante la Asamblea General de las Naciones Unidas representa la constatación de que la crisis humanitaria ha rebasado por completo las capacidades institucionales nacionales.

La gravedad de la desaparición forzada radica en su naturaleza como herramienta de terror, cuyo origen histórico buscaba borrar identidades y eludir la justicia al ocultar el cuerpo del delito. Es un crimen continuado y permanente: se sigue cometiendo cada segundo en que la víctima permanece ausente.

En el contexto mexicano contemporáneo, las investigaciones independientes y los informes internacionales demuestran que no es un hecho aislado, sino el resultado directo de la colusión y los vínculos de autoridades de distintos niveles con el crimen organizado, sumado a una omisión sistemática del Estado para buscar a las víctimas e investigar a los culpables.

Al volverse generalizados, el derecho internacional califica estos actos como crímenes de lesa humanidad y es clara consecuencia del gobierno de Morena que encabezó y heredó López Obrador. La omisión se torna consentimiento.

Evadiendo la realidad, la narrativa oficial ha recurrido a la victimización soberanista, descalificando el informe bajo el argumento de que forma parte de una “ola de ultraderecha” coordinada desde el extranjero. El discurso gubernamental sostiene la tesis de una supuesta conspiración orquestada por Estados Unidos para minar los proyectos progresistas y forzar un viraje político de cara a los procesos electorales locales, proyectando este asedio desde los comicios intermedios de 2027 y hasta la contienda presidencial.

Este argumento de persecución ideológica cae por su propio peso al revisar la historia reciente. El escrutinio transnacional por violaciones graves a los derechos humanos no distingue banderas políticas ni responde a complots de derecha.

Así ocurre con las izquierdas —autoproclamadas—, como el régimen de Daniel Ortega en Nicaragua —nacido del sandinismo— y el de Nicolás Maduro (quien gobernó de facto hasta la intervención militar a inicios de 2026), ambos señalados por la ONU por crímenes de Estado, detenciones arbitrarias y persecución.

Lo verdaderamente inédito de la decisión del Comité contra la Desaparición Forzada (CED) de la ONU radica en que es la primera vez en la historia que se activa el artículo 34 de la Convención. Este protocolo de emergencia extrema se reserva exclusivamente para escenarios donde la transgresión es masiva. El proceso alcanzará su punto crítico en octubre de 2026, cuando el pleno de la Asamblea General de la ONU inicie la discusión formal del caso. En ese foro internacional de carácter multilateral no se juzgará penalmente a individuos, sino que se expondrá al Estado mexicano ante la diplomacia global.

A nivel institucional, el impacto será profundo. El debate derivará en resoluciones que obligarán al rediseño de las fiscalías locales, la imposición de auditorías externas a las comisiones de búsqueda y la adopción de misiones internacionales de asistencia técnica, peritajes externos vinculantes y mecanismos de supervisión internacional directa en el territorio.

La intervención de la ONU no obedece a conspiraciones electorales, sino al principio de justicia subsidiaria cuando las instituciones locales abdican de su obligación más elemental: proteger la vida y la integridad de sus ciudadanos. O cuando se desmantela al Poder Judicial para entregarlo a las redes criminales.

Indignante y provocador para la comunidad internacional que se reciba a un animal que a las madres buscadoras que cargan el dolor de una nación fracturada.