La pesada herencia
Si el relevo proviene de la oposición, deberá también mostrar acciones reales para unir a los extremos, saldar las deudas históricas con los pobres, que Morena no logró disminuir, sino aumentar, y la clase empresarial deberá, sí, asumir un esquema más solidario, como ocurre en otras democracias modernas.
La polarización que enfrenta México no es algo que termine cuando se vaya el actual Presidente, pero, sin duda, dejará en ruinas relaciones sociales y familiares, causará disrupciones en los negocios, la economía, las instituciones democráticas y será un acicate para la violencia.
Esta polarización ha sido a tal grado incentivada por el Presidente que, quien haya de ocupar su lugar al término de su mandato, sin importar el partido, tendrá que invertir mucho tiempo de su periodo en gestionar la pacificación y disminución de las beligerancias políticas y sociales para poder gobernar.
El primer riesgo, si ese relevo es de Morena, es que se acuse de traidor al lopezobradorismo, al no mantener la furia y el discurso conspiracionista. El mismo expresidente no lo dejará gobernar, a menos que lo exilie políticamente, simbólicamente. Lula da Silva salió del país por un tiempo.
Si el relevo proviene de la oposición, deberá también mostrar acciones reales para unir a los extremos, saldar las deudas históricas con los pobres, que Morena no logró disminuir, sino aumentar, y la clase empresarial deberá, sí, asumir un esquema más solidario, como ocurre en otras democracias modernas.
Tal vez Thomas Piketty tenga razón en plantear la opción de un socialismo colaborativo y de igual manera derriba el mito de que la concentración de la propiedad, históricamente, se haya incrementado, sino, por el contrario, disminuyó bruscamente en el siglo XX, como lo documenta en su libro Viva el socialismo.
Pero también hay que decir que la polarización no empezó con López Obrador, sino que ésta era la expresión de los desacuerdos cada vez más evidentes entre los sectores económicos, políticos y, sobre todo, sociales. Se agudizó en los procesos electorales, cuando el tabasqueño pretendía alcanzar la Presidencia. Vino de uno y otro lados.
Ciertamente, el Presidente ha hecho de ella un recurso cotidiano para destruir cualquier puente de diálogo. Cuando no hay eficiencia en las políticas públicas, hay ideología, y cuando hay quejas de quienes debieran jurar lealtad, entonces hay traición.
Desde esa posición no hay manera de construir un debate serio sobre los grandes temas que requiere nuestra democracia. En un interesante índice sobre la polarización en Estados Unidos, realizado entre el 2020 y el 2021, por la Universidad del Sur de California y varias consultoras especializadas, se subraya que resolver problemas simples se torna imposible porque cada tema se ve desde visiones distorsionadas, desde sus propios micropoderes y sus propios hechos o datos.
Señala que la polarización no proviene del hecho de que las derechas y las izquierdas tengan informaciones diferentes, sino cómo se les manipula.
A reserva de dedicar mayor espacio a este tema, el estudio indica que, cuando determinados sectores de la sociedad se sienten frustrados con sus gobiernos, suelen buscar respuesta en todos lados, lo que abre un campo de oportunidades a los CEO de las compañías para compartir sus valores y mostrar disposición a hablar de los temas que les importan.
Estoy convencido de que las empresas tienen una gran oportunidad en esta desestructuración que vivimos. Me explico. Con la limitación presupuestal, el Estado se estará retirando de áreas estratégicas, que tendrá un impacto en la atención social: promoción de derechos humanos, grupos vulnerables, sustentabilidad en comunidades, proyectos productivos. Y las pocas las redirigirá a aquellos que le traigan votos.
Las empresas pueden materializar internamente transformaciones sociales, como la diversidad e inclusión, sustentabilidad, equidad salarial y romper los techos de cristal. Incluso promover la tolerancia y la paz entre sus consumidores, que son ciudadanos.
