Para que una mujer pueda crear —sentenció Virginia Woolf en Una habitación propia— necesita espacio, privacidad y autonomía económica. El arte no sólo depende del talento puro, sino de las condiciones que lo hacen posible.
Antes de empezar la universidad, yo necesitaba trabajo y empecé a dar clases de piano. Para romper la rutina y hablar de los compositores más notables del repertorio con mis alumnas —que por azares del destino eran todas niñas—, diseñé una especie de Maratón musical. Cuando terminé de escribir las tarjetas, me di cuenta de que todos los personajes eran hombres —nada raro, considerando que el mundo de la música académica fue desde el inicio profundamente patriarcal—. Mi papá, hombre práctico y siempre dispuesto a ayudar (a fin de cuentas, dentista), ofreció una solución exprés: “Mete a Clara Schumann. No sólo era pianista. También componía”. La añadí rápido, metí las tarjetas a la mochila y me fui con Clara salvando el día. Una de mis alumnas, que amaba dibujar, hizo retratos en las tarjetas. A Clara la puso sonriente, tocando el piano en un auditorio a reventar. Entre el público dibujó a siete bebés con chupón: los hijos que tuvo con Robert Schumann. A él lo pintó desquiciado, ese día en que trató de suicidarse tirándose al río Rin, pero unos pescadores lo rescataron.
Clara Wieck (1819-1896) fue una niña alemana prodigio del piano, concertista desde los nueve años y compositora desde los diez. A los 21 se casó con Schumann desafiando la voluntad de su padre. Era decidida y entrona: daba conciertos embarazada, en una época donde las mujeres casi se escondían durante nueve meses. Tuvo un gran éxito profesional: llenó salas de conciertos por toda Europa; recibió medallas y honores; tocó ante reinas, zares y emperadores, incluyendo la reina Victoria.
Suena idílico, ¿no?, pero también se las vio negras. El dinero fue un problema. En 15 años de matrimonio parió ocho criaturas (uno murió al año de edad). Aunque Robert fue un papá entusiasta y ambos se querían y admiraban, él siembre batalló con su salud mental. Empeoró: tenía alucinaciones auditivas y episodios psicóticos. Cuando esperaban a su último hijo, intentó suicidarse y pidió ser internado en un sanatorio, donde murió dos años después.
A los 36 años Clara se quedó viuda con siete bocas que alimentar. Siguió dando conciertos. Fue su propia agente. Se impuso una agenda extenuante. Para lograrlo, a los hijos más pequeños los dejó en casa, a cargo de las dos hijas mayores (el consabido paquetón heredado). A los de en medio los acomodó en internados y con profesores de música, lo cual era común en esa época. Si leemos sus cartas y diarios —o biografías, como la de Nancy Reich— vemos a una mujer desesperada, para quien la música fue refugio y también escapatoria. Su complicada vida familiar tuvo un gran peso en su carrera… y viceversa. Nunca volvió a componer música. Sus hijos sufrieron. Aunque mantenían con ella una correspondencia cariñosa y la admiraban, la realidad es que la veían muy poco. Ella no pudo estar en sus confirmaciones, ni cuando se enfermaban. No estuvo cuando murió Emil de un año. Varios tuvieron problemas de salud mental, como su padre.
Las cosas han cambiado en el mundo de la música académica, desde luego, pero la transformación ha sido más lenta que en otras áreas y falta mucho por hacer. La famosa Filarmónica de Viena no contrató mujeres formalmente ¡sino hasta 1997! Las “audiciones ciegas” han ayudado a que entren más mujeres a las orquestas y hoy el número de músicas (sí, está bien dicho) es de entre 20 y 50%. Pero las orquestas dirigidas por mujeres son menos de 15%. Lo mismo sucede con las compositoras: entre 20 y 35% de quienes estudian composición son mujeres. Otras cosas han cambiado en el mundo: las tasas de fecundidad han disminuido. Hoy en México tenemos 1.2 hijos/as por mujer en edad fértil (una cifra insólita y preocupante), y a nivel global, 2.2.
Mientras termino esta columna escucho el único concierto para piano y orquesta de Clara. Lo empezó a escribir a los 13 años y lo estrenó a los 15 con la sinfónica de Leipzig y Mendelssohn a la batuta. Me conmueve pensar que si compuso esto siendo apenas una niña, qué no habría creado después de haber tenido, como diría Woolf, algo parecido a una habitación propia.
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