Los países necesitan más bebés… La respuesta podría estar en el deseo

Jimena Acevedo Freijo

Jimena Acevedo Freijo

Entre libros y partituras

Anne Carson, escritora canadiense que ganó el Nobel de Literatura hace unos días, explora en su obra el tema del deseo. Esta columna no es sobre Carson, sino sobre la caída drástica de la natalidad. Entonces, ¿qué tiene que ver con ella? Explico.  

El mes pasado, el Inegi dio a conocer la tasa global de fecundidad (TGF) en México, que de 2019 a 2024 pasó de 1.9 a 1.2 hijos por mujer en edad fértil, muy por debajo del 2.1 de reemplazo generacional. Para el gobierno, una población que envejece es un problema serio. La Presidenta intuyó las causas obvias: las mujeres tienen más autonomía, más estudios, empiezan a considerar más tarde (si acaso) la maternidad… Aun así, pidió investigar las razones.

Para ello habrá que recurrir a Claudia Goldin (Premio Nobel de Economía 2023), quien ha dedicado su carrera a estudiar la brecha salarial entre hombres y mujeres, la “brecha por maternidad” y la caída de la TGF en todo el mundo. Propone mejores prestaciones: sistemas de guarderías, licencias reales de maternidad y paternidad, rediseñar la estructura de los empleos y los roles del hogar... Todo esto es indispensable, aunque la experiencia de otros países nos muestra que no necesariamente revierte la baja natalidad. También están los costos de vivienda, educación y salud. Y los factores sociológicos: para muchos, tener descendencia hoy es irresponsable. Reinan la ecoansiedad y el pesimismo. 

Hay un último factor, que quizá parezca tonto, pero podría sorprendernos como el más rotundo: los celulares. Este verano, los economistas Caitlin Myers y Ezekiel Hooper publicaron en EU el artículo científico “¿Es el iPhone un anticonceptivo? Evidencia causal del monopolio de AT&T (2007-2011)”. Demuestran cómo en las regiones de EU donde se utilizó por primera vez el smartphone en ese lapso, la natalidad cayó bastante, comparadas con aquellas donde no había red AT&T (y no funcionaba el iPhone). Las gráficas son impresionantes. El uso de smartphones hizo que disminuyera el tiempo de convivencia entre personas hasta en 69%, la actividad sexual cayó drásticamente y creció el consumo de pornografía, un posible sustituto para el sexo en pareja. 

Las personas jóvenes pasan más tiempo solas, celular en mano, haciéndose ideas falsas sobre la vida de otros y obteniendo satisfacción al scrollear. La neurociencia nos explica que estos picos de dopamina son insólitos para el cerebro humano y alteran los mecanismos del deseo. “El aparatito ése” —como dijo una vez mi abuela con desdén— vino a cambiarlo todo… Fuente simultánea de dicha y desdicha, quién diría.

Ahora sí volvamos a Anne Carson, flamante premio Nobel, poeta, ensayista y traductora especializada en letras clásicas. Para ella, el deseo reside en la distancia, la anticipación, la imposibilidad: “Si deja de haber espacio entre amante y amado, el deseo desaparece”, nos dice. El espacio entre tú y yo, ese salto de la imaginación, es el espacio del deseo. Pero en un mundo de scrolls infinitos saturado de pornografía, el deseo aparece y se sacia en un instante, anulando esa distancia. La única constante es la novedad. 

En el sexo real, en cambio, la novedad es limitada y el ritmo más lento. Se requiere presencia, interacción humana y paciencia… cosas aburridísimas para un cerebro sobreestimulado por las pantallas. Y, claro, si el sexo es sólo el principio, la paternidad —no recomendable para frágiles— resultará tediosa a morir. Nada en ella se resuelve con dos clics. Es un proceso a largo plazo que implica sacrificios, trabajo en equipo, mirar a los ojos a los fantasmas de la enfermedad y la muerte… y también la belleza. Un todo amargo y dulce, como el deseo que describe Carson.

¿Estamos ante una crisis del deseo? ¿Vivimos la paradoja del rey Midas, presas de un deseo infinito que se complace al instante y, por tanto, se anula a sí mismo? Más allá del envejecimiento poblacional, este tema afecta toda la experiencia humana. Ojalá no pase desapercibido, pues, como nos recuerda Carson: “Una ciudad sin deseo es, en suma, una ciudad sin imaginación”.