La muerte “romántica”

Jimena Acevedo Freijo

Jimena Acevedo Freijo

Entre libros y partituras

Solemos pensar en la tuberculosis (o tisis) como una enfermedad del siglo XIX. Pero la bacteria que la provoca nos ha acompañado desde siempre. El fósil de un cráneo de Homo erectus encontrado en Turquía (de 500 mil años), tiene marcas de tuberculosis en el cerebro. En cuanto a nosotros (Homo sapiens), se han visto rastros de la bacteria entre las momias egipcias (5,400 años) y se le menciona en registros de Mesopotamia, India y Egipto.  

No obstante, fue en el siglo XIX y principios del XX cuando más vidas cobró la “Peste Blanca”: se estima que unos 200 millones. El pico de contagio se dio a finales del siglo XIX en Europa y Norteamérica. La razón es sencilla: la Revolución Industrial provocó un éxodo masivo del campo a las ciudades, donde la gente pasaba el día hacinada en fábricas mal ventiladas y sin luz solar, para después irse a dormir en sitios húmedos y fríos. 

Las heroínas de varias óperas compuestas en esa época cantan sus últimas notas mientras mueren con los pulmones necrosados en calles y buhardillas gélidas de París. Tal es el caso de Violetta, la protagonista de La Traviata de Verdi, basada en la novela La dama de las camelias, de Dumas. El mismo trágico fin tiene Mimí, en La Bohème de Puccini. Desesperado, su amante Rodolfo grita su nombre al darse cuenta de que ha muerto. Mi abuela —gran entusiasta de la ópera— escuchaba los duetos de Mimí y Rodolfo en su tocadiscos a un volumen poco respetuoso para los vecinos, y todo ese drama le parecía muy romántico. Yo, una niña asqueada con los fluidos corporales, no veía nada romántico en toser sangre en un pañuelo para después besar gente en la boca y contagiarla. Pero supongo que mi abuela lo miraba desde un ángulo cultural distinto.

 Antes de que la infectología y los rayos X le quitaran el misterio, la tisis era vista como un mal que “refinaba la sensibilidad” y le daba a los artistas una “pasión ardiente” por su cercanía con la muerte (como explica Susan Sontag en su interesante ensayo La enfermedad y sus metáforas). En La montaña mágica de Thomas Mann (1924), estos prejuicios empiezan apenas a cambiar.

Algunos escritores que padecieron la enfermedad la describen en sus cartas y diarios. John Keats, el poeta británico, escribió sus famosas Odas en un arranque prolífico en 1819 (dos años después ya estaba muerto, con apenas 25 años). Antón Chéjov, el magnífico cuentista ruso —quien también era médico—, habló bastante en sus cartas de la tisis que padecía (murió a los 44, en 1904). Katherine Mansfield —cuentista neozelandesa que me encanta por su agudeza— menciona que escribía frenéticamente por miedo a morir antes de enviar su historia (se fue a los 34, en 1923). 

Quizá sintiendo que se les acababa el tiempo, estos artistas publicaron obras cortas. Otro ejemplo es Frédéric Chopin, cuya mayor riqueza compositiva está en sus 24 preludios, algunos de los cuales duran menos de un minuto (murió de tisis a los 39, en 1849). Kafka tampoco escribió largas novelas (La metamorfosis no pasa de 60 páginas, puede leerse en una tarde). La excepción a esta regla quizá fue Charlotte Brontë, quien tiene varias novelas de más de 500 páginas (entre ellas Jane Eyre). Sus cuatro hermanos también murieron de tisis, incluida Emily (Cumbres borrascosas fue la única novela que pudo publicar antes de morir a los 30). Muchos otros artistas padecieron la enfermedad: Bécquer, Modigliani, D. H. Lawrence, Orwell

Hoy, la tuberculosis no está erradicada y, a pesar de ser tratable con antibióticos, cada año mueren 1.2 millones de personas en el mundo por esta causa (OMS). Estas muertes son prevenibles, pero el diagnóstico y el tratamiento suelen llegar tarde en los sistemas de salud más precarios. 

He vuelto a mirar La Bohème en video y creo entender mejor a mi encantadora abuela melómana. La música y sus silencios van haciendo posible lo que sucede en el escenario... De pronto sentimos el frío invernal de París y recordamos que moriremos (aunque nos empeñemos en ignorarlo). Peor aún, vemos morir a quien más amamos, frente a nuestros ojos, sin que podamos hacer nada al respecto.