Algo está pasando en nuestro país con el acceso a la tecnología en menores de edad y, en algunos casos, no precisamente es positivo. En México, cada vez hay más acceso a la tecnología, pero habilidades esenciales como la lectura siguen sin avanzar.
Por un lado, niñas, niños y adolescentes están cada vez más conectados: distintos datos nacionales muestran que más de 80% de los menores usan internet y que el acceso se da principalmente a través de teléfonos inteligentes en el hogar. Por otro, organismos internacionales advierten que esta expansión tecnológica no se ha traducido en mejoras en el aprendizaje. ¿Será que la tecnología está desplazando prácticas esenciales para el desarrollo cognitivo, como la lectura profunda?
Y es que, de acuerdo con el Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo, de la UNESCO, nuestro país no ha mostrado avances significativos en comprensión lectora. El reporte estima que los estudiantes de segundo y tercero de primaria retrocedieron de 67 a 63% en competencia mínima en lectura, y de 43 a 42% al finalizar la educación primaria.
Otras evaluaciones internacionales, como PISA, coordinadas por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), han expuesto que alrededor de la mitad de los estudiantes mexicanos no alcanza el nivel mínimo de competencia en lectura, lo que implica que una proporción considerable de jóvenes tiene dificultades para comprender, analizar e interpretar textos, con consecuencias como limitaciones en su desempeño escolar y en su capacidad para desenvolverse en la vida cotidiana. Y es que leer no se trata únicamente de decodificar palabras, es la base para desarrollar habilidades como la concentración, el pensamiento crítico y la capacidad de procesar información compleja.
En paralelo, el entorno digital ha transformado profundamente los hábitos de consumo de información, sin exentar a las generaciones menores. A diferencia de la lectura tradicional, que exige continuidad y esfuerzo cognitivo sostenido, los contenidos digitales suelen presentarse en formatos breves, fragmentados y altamente estimulantes, lo cual, al ser más atractivo, puede influir modificando la manera en que las nuevas generaciones procesan el conocimiento.
La OCDE, a través de PISA, y estudios en revistas como Educational Psychology Review, entre otros, señalan que el uso intensivo de dispositivos digitales puede tener efectos en la capacidad de concentración y en la comprensión lectora. En este sentido, la tecnología no sólo compite con la lectura por el tiempo disponible, también puede alterar las habilidades cognitivas necesarias para practicarla.
En el caso particular de nuestro país, la situación resulta incluso paradójica, pues mientras que muchas escuelas aún enfrentan rezagos en conectividad, tal como lo señala el reporte de la UNESCO, muchos hogares sí han logrado integrar la tecnología en la vida cotidiana, donde el uso de dispositivos ocurre más en contextos de entretenimiento que de aprendizaje. Así, la tecnología está presente, pero no necesariamente orientada al desarrollo de habilidades académicas.
En este contexto, resulta necesario centrar la discusión en entender los efectos del uso de la tecnología en los menores y establecer un equilibrio. Es preciso encontrar la forma de aprovechar las bondades que ofrece para motivar el desarrollo intelectual de los menores en lugar de limitarlo. El reto no es reducir el acceso, sino orientar su uso hacia el fortalecimiento de habilidades fundamentales, como la lectura.
En lo particular, coincido en que, tal como lo ha señalado la UNESCO, la tecnología, por sí sola, no mejora el aprendizaje. Su impacto depende del contexto, del acompañamiento pedagógico y del uso que se le dé. Es preciso que su acceso crezca tan rápidamente como las políticas públicas para su integración educativa.
